Amigos aficionados…

José Tomás es un torero que come en otro plato. En muchos aspectos.

Ayer, 10 de diciembre, se cumplieron 30 años de que el torero de Galapagar se convirtió en matador. Fue en la Plaza México, con Jorge Gutiérrez de padrino y Manolo Mejía de testigo, con el toro “Mariachi”, de Xajay. Originalmente estaba anunciado para cederle los trastos, porque así lo quería el joven diestro, David Silveti, pero una más de sus inoportunas lesiones le dejó fuera de circulación. Y el “Coloso de Tula” le apadrinó, diciéndole, palabras más, palabras menos, “que seas una figura del toreo, no solo de aquí, sino donde quieras serlo. Mucha suerte, que Dios te ayude”.

Y fue figura del toreo, marcando una época, convirtiéndose en un mito. También, porque Dios, como pidió Jorge, le ayudó.

Debo admitir que, ni torera ni profesionalmente, José Tomás Román Martín, fue santo de mi devoción. Pero cada tarde que supe que toreaba, era para que me robara el aliento, en México, en España, en Francia.

No ha habido otro como él por su forma de torear. Alebrestaba las pulsaciones cuando se paraba frente al toro, capote o muleta en manos. Escuchaba de un reel ayer que “la plaza dejó de ser plaza y se volvió respiración”, y otro más, “nos enseñó que el valor verdadero no es avanzar, es no moverse”. Uno más: “José Tomás no toreaba al toro, toreaba al miedo”. Así lo recitó en Facebook José Roberto.

Todo eso es la verdad de José Tomás. Un toro casi le mata en Aguascalientes, “Navegante”, de Garfias, y revivió gracias a la sangre de decenas de mexicanos, de aficionados de su legión tomasista, que hicieron cola para darle la suya.

A los aficionados leales no les gustaba, claro, que aparecía hoy, y luego se desaparecía de los ruedos. Que no se dejaba ver en los carteles de las ferias grandes. Dio recitales en Barcelona, ni se diga los de Las Ventas de Madrid, engrandeciendo su mayestática figura, con el terno manchado, a veces hecho trizas.

Nadie se pasaba el toro tan cerca como él. Nadie toreaba tan vertical.

Pero dejamos de verle. Y las figuras de esta época en que él mandó, no podían estar en los carteles acompañándole. Una vez toreó con “El Juli” en Ávila. Y ya.

Se anunciaba una, dos veces por año, y no volvía. Eso, quizá, fue lo que hizo que al que escribe, y a muchos más, les causaba desagrado. Pero cuando le vi en la México, lidiando a “Brigadista”, en la corrida guadalupana de 2017, en que yo volvía de mis milagros, como él tuvo el suyo con “Navegante”, pude morderme las uñas desde una barrera y ver que era verdad lo que se decía de él.

Todo eso hizo que su leyenda creciera. Me dijo José María Napoleón en una plática en Mérida: “Es un ángel de persona, un señor de la tauromaquia”.

Le hizo una canción y la primera estrofa desenmascara la vida del genio de Galapagar: “Donde te pones no se pone / Torero alguno, ni se pondrá/ No hay nadie como tú en el ruedo/ Ni tan honrado, ni tan verdad”.

Gaspar Silveira Malaver

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