Amigos aficionados…
La semana pasada comentamos en este espacio detalles de los mejores toreros de la historia. Uno de los señalados era, sin sombra de duda, Morante de la Puebla. Sí, señor…
El sevillano tiene todos los argumentos para estar entre los más grandes de todos los tiempos. No hay duda. En los años más recientes, toreó como nadie. Dio la cara en las ferias más importantes, estuvo igual en Francia, trajo su arte a México.
Y su retiro repentino, en octubre pasado en Madrid, hizo que su aura creciera. Torero de época.
Tuvo que hacer un parón en su carrera en 2004 por problemas psíquicos, reapareciendo cuatro años después, y vivió otra retirada por lo mismo, y otro regreso, el tercero, el más importante porque fue el que le consolidó. Parecía vencer a sus fantasmas mentales.
Los toreros muchas veces se van, y suelen volver. Los aficionados generalmente se acostumbran a ello, agraciados de poder volver ver a sus diestros. Las historias que se han escrito se entienden. Es difícil irse de lo que amas y no querer volver.
Lo de Morante puede entenderse, claro. Así hemos vivido cuando se José Tomás se trata, hasta que el de Galapagar simple y sencillamente no quiso más y no se le ha vuelto a ver.
En lo personal, no me siento cómodo con este retorno que hará Morante (a él le importará poco, claro, lo que nosotros pensemos). Razones podemos dar muchas: tiempo escaso de su ida última; todo lo vivido en aquella apoteósica tarde; su compañero de cartel y amigo, Fernando Robleño. Más por Robleño, por los aficionados que se rindieron, que por otra cosa. Robleño, un torero de corridas duras valiente a más no poder, anunció muchos meses antes que se retiraba en Otoño en Las Ventas, entró al cartel Morante y se ensalzó la corrida. Acontecimiento único. Y resulta que luego Morante se quita la coleta y la despedida de un gran torero, es minimizada por el arrebato de otro. Y el reconocimiento de quienes incluso lloraron su partida, todavía más.
En fin. Así Morante.
Gaspar Silveira Malaver
