Crónica completa para el Diario, escrita por Juan Brea, sobre la pelea del 15 de mayo de 1976 entre Miguel Canto y Susumu Hanagata, con el yucateco defendiendo su título mundial de peso mosca en el Parque Carta Clara de Mérida:

Miguel Canto hizo honor al Día del Maestro al actuar anoche una vez más como tal y vapulear a lo largo de quince asaltos al retador japonés Susumu Hanagata, en el principal evento del magno programa del Carta Clara, que registró una entrada imponente.

El artista del contragolpe no tuvo problemas para defender con éxito, por cuarta vez, el cetro mundial de los mínimos, versión del Consejo Mundial de Boxeo.

LO MÁS GRANDE.- Lo mejor del combate ocurrió en las dos últimas vueltas, cuando dos espectaculares heridas, que sangraban sin pausa, hicieron temer por la suerte del titular.

En efecto, después de que Miguelito vapuleó metódicamente al oriental durante los diez primeros episodios, un cabezazo del retador le produjo peligrosa lesión en la ceja derecha, lo que hizo concebir esperanzas al aspirante de darle la vuelta a la torta, aunque fuese a la malagueña. En el decimotercero, un codazo del asiático complicó las cosas, pues le abrió al local otra herida, en el pómulo izquierdo, con nueva efusión de líquido escarlata.

Naturalmente, Canto tomó sus precauciones y su ritmo de pelea perdió celeridad. Se cernía la amenaza de una detención del pleito, con imprevisibles resultados.

Mas el campeón exhibió su grandeza. Presionó en los dos últimos giros y con certeras izquierdas arriba y un recto derecho que había conservado escondido en un baúl hasta entonces pusieron al ojos de alcancía en la calle de la amargura. Miguel estaba incontenible, como un alza de precios. Sus descargas pusieron mal al visitante, le hicieron trastabillar y quedar al borde del costalazo. Los dos últimos asaltos fueron de alarido, con Miguel Canto hecho un jabato y convirtieron en pompa de jabón las ilusiones del japonés ante las heridas del maestrito de la Industrial.

SESION DE ENTRENAMIENTO.- Antes de que Hanagata empleara armas innobles, la sesión había sido un entrenamiento magníficamente retribuido para el monarca. Desde el primer asalto sacó a relucir su izquierda maravillosa y con certeras descargas de ambas manos di rostro de su enemigo puso a éste en inferioridad manifiesta. Eran inútiles los esfuerzos del retador por tocar al campeón. Abanicaba la brisa una y otra vez y cuando le llegaba a Miguel provocaba asombro entre el gentío.

Del uno al diez, Hanagata recibió un repaso y su cara, magullada, sanguinolenta, con el párpado del ojo izquierdo averiado y la nariz destilando sangre, reflejaba la tragedia de su fracaso. Entonces vino la inquietud de las cortadas de Canto y por ello éste tuvo que cambiar de estrategia, por el peligro que rondaba sobre la tarima. Los dos últimos asaltos, en que sacó de la alforja ese recto de la diestra y presionó con sus fulgurantes combinaciones, llevaron al campeón a la apoteosis.

El triunfo, amplísimo, se debió, pues, al principio, a la izquierda de Canto, precisa, dañina y veloz, y al final, al remate de una derecha con un tino del demonio. Hanagata reconoció su fracaso y comprendió que había quemado sus últimos cartuchos como pugilista de primera fila.

En resumen, el campeón no tuvo problemas para retener su corona, con una victoria aplastante, en la cual tuvo dos asaltos de antología, el sexto y el decimocuarto. Estuvo incontenible en ellos.

LOS VOTOS.- La decisión unánime fue fruto de los siguientes veredictos: el árbitro Ray Solís 148-140; el juez Dr. Gonzalo Romero Campos, 149-139, y su colega Guillermo Bauzá Romero, 150-137. Para nosotros, la tarja fue de 149-137, tocándole al nipón sólo el decimotercero, cuando el pequeño maestro sorteaba contratiempos por sus heridas.

UN TORO MIURA.- Causaron hilaridad las embestidas del japonés cuando sonaba la campana para iniciar cada asalto. Lo paró el árbitro cuando en el tercer acto quiso imitar a los karatecas.

COMPLEMENTARIAS.- El campeón, que pesó 50.400, subió con bata blanca con adornos y letras negras y trusa negra con festones blancos y zapatillas de nítida albura. El desafiante, con 50.700, bata, trusa y zapatillas rojas.— Juan Brea.

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán