Inglaterra no terminó con el sueño de México en el Mundial. Lo despertó.

Fueron 103 minutos los que bastaron para recordarnos que, por más distinta que parezca una generación, la historia del fútbol mexicano sigue teniendo el mismo final. El Tri cayó 3-2 en los octavos de final de la Copa del Mundo 2026 y volvió a estrellarse contra un muro que lleva cuatro décadas sin poder derribar. Cambian los entrenadores, cambian los futbolistas, cambian los rivales, cambian los discursos… pero los cuartos de final siguen siendo una promesa que nunca se cumple.

Y quizá ahí ha estado siempre nuestro mayor error.

Pensar que ese muro nos pertenece. Y quizá no.

México terminó este Mundial exactamente donde le corresponde estar. Ni un escalón arriba. Ni uno abajo.

Exactamente en el lugar que sus resultados han construido durante los últimos cuarenta años.

Suena duro. Pero más duro ha sido engañarnos durante cuatro décadas.

Cada Mundial repetimos el mismo ritual. Nos convencemos de que esta vez sí. Cambiamos de entrenador, de sistema, de generación, de uniforme y hasta de discurso. Lo único que no cambia es el sitio donde termina la aventura: octavos de final.

Ese ha sido el verdadero domicilio del fútbol mexicano. No porque exista una maldición. No porque la suerte juegue en contra. Sino porque, simplemente, ese ha sido nuestro nivel.

Nos gusta decir que el boleto “se nos niega”. La realidad es mucho más incómoda: todavía no nos lo hemos ganado.

Las grandes selecciones no llegan constantemente a los cuartos de final por casualidad. Llegan porque forman futbolistas de élite, exportan talento, fortalecen sus ligas, privilegian el desarrollo deportivo por encima del negocio y sostienen proyectos durante años.

México, en cambio, ha pretendido alcanzar resultados diferentes haciendo casi siempre las mismas cosas.

Por eso, deportivamente, esta eliminación tiene un solo nombre: fracaso.

No porque perder contra 10 ingleses sea vergonzoso. Lo es porque el objetivo era dejar de ser la selección del “ya merito”.

Y ese objetivo volvió a escaparse. La lista sigue creciendo:

Bulgaria en Estados Unidos 1994, Alemania en Francia 1998, Estados Unidos en Corea-Japón 2002, Argentina en Alemania 2006, Argentina en Sudáfrica 2010, Países Bajos en Brasil 2014, Brasil en Rusia 2018 y Qatar 2022 ni siquiera hubo octavos de final. E Inglaterra en 2026. Cambian los nombres. El destino permanece.

Sin embargo, reducir este Mundial únicamente a la eliminación sería injusto.

No todo es malo

Porque esta vez el resultado fue el mismo… pero el camino fue distinto.

Javier Aguirre llegó a una selección que pocos querían volver a ver. Después del desastre de Gerardo Martino en Qatar, del fugaz paso de Diego Cocca y de un proceso de Jaime Lozano que nunca terminó de consolidarse, la Selección había perdido mucho más que partidos. Había perdido a su gente. Nadie esperaba demasiado.

Nadie apostaba por este equipo. Y quizá por eso terminó sorprendiendo.

Aguirre no rompió el techo histórico. Pero sí consiguió una sana reconciliación con los aficionados.

México volvió a competir. Volvió a correr. Volvió a defender con personalidad. Volvió a plantarse de frente contra cualquier rival.

Raúl Jiménez recordó que todavía tenía mucho fútbol por ofrecer.

Julián Quiñones respondió con goles a quienes cuestionaban su lugar en esta camiseta.

César Montes y Johan Vásquez construyeron una defensa confiable.

Y mientras los veteranos sostenían al equipo, un muchacho de apenas 17 años cambió la conversación: Gilberto Mora.

Durante años criticamos que el fútbol mexicano cerraba las puertas a los jóvenes. Mora las derribó.

Los jugadores hicieron su parte. Ahora le toca al fútbol mexicano hacer la suya.

Porque ojalá que la emoción de este Mundial no maquille los viejos problemas de siempre: ahí siguen la multipropiedad, la ausencia del ascenso y descenso. Ahí siguen los intereses comerciales por encima de los deportivos, los partidos pensados más para llenar estadios que para elevar el nivel competitivo.

Ahí siguen las decisiones tomadas desde las oficinas antes que desde la cancha.

Sería imperdonable que el esfuerzo de esta generación terminara convertido en un pretexto para no cambiar.

Porque estos futbolistas demostraron que el problema nunca fue la falta de talento. Y sería una injusticia que quienes volvieron a reconciliar al país con su Selección terminaran pagando los mismos errores de siempre.

Porque también hay que decirlo: Gracias.

Gracias a todos los integrantes de esta Selección por conseguir algo que ninguna estadística puede medir: volver a enamorar a un país.

Durante tres semanas, México habló más de goles que de violencia. Más de alineaciones que de corrupción. Más de atajadas que de inseguridad.

Los noticieros cambiaron sus encabezados. Las familias volvieron a reunirse frente a una televisión. Las plazas se llenaron. Las calles se pintaron de verde.

El fútbol no resolvió ninguno de los problemas del país. Pero sí logró regalarnos un respiro. Y en el México de hoy, eso también vale.

Ahora el Mundial seguirá. Pero ya no aquí.

Para México, la Copa del Mundo terminó.

Las sedes mexicanas apagan sus luces. Las banderas regresan al clóset.

Y el país regresa a la realidad que durante unas semanas consiguió poner en pausa.

El balance seguirá dividiendo opiniones.

Habrá quienes digan que perder en octavos siempre será un fracaso. Tendrán mucha razón.

Habrá quienes sostengan que esta Selección recuperó el orgullo perdido. También tendrán la razón.

Porque ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.

México fracasó deportivamente. Pero ganó algo que también había perdido hacía mucho tiempo: la confianza de su gente.

Si ahora comienza una nueva etapa con Rafa Márquez al frente, recibirá algo que hace dos años parecía imposible: una base.

El verdadero trabajo empieza ahora.

Pleito de frases

Este Mundial también nos dejó una enseñanza sobre las palabras. Hace unas semanas México empezó a hacerse una pregunta que llevaba demasiado tiempo sin atreverse a formular: “¿Y si sí?”.

¿Y si sí era esta generación?

¿Y si sí era el Mundial en casa?

¿Y si sí podíamos dejar de ser la selección que siempre se queda en la orilla?

Qué bueno que nos lo preguntamos. Porque un país que deja de creer también deja de competir.

El “¿Y si sí?” no fue una mentira. Fue una necesidad. Fue el combustible que volvió a unir a millones de mexicanos alrededor de una misma ilusión. Pero la ilusión, por sí sola, nunca ha ganado un Mundial.

La realidad terminó imponiéndose y México llegó exactamente hasta donde hoy le corresponde llegar. Ni más. Ni menos.

Y quizá esa sea la mayor enseñanza que deja esta Copa del Mundo.

No necesitamos dejar de soñar. Necesitamos construir un fútbol que esté a la altura de nuestros sueños.

Porque mientras el “¿Y si sí?” siga siendo únicamente una pregunta y no el resultado de un proyecto serio, el final seguirá siendo el mismo. Sólo entonces podremos dejar de escribir la frase que ha perseguido al fútbol mexicano durante generaciones. Porque hoy, una vez más, el “¿Y si sí?” terminó chocando con la realidad. Y esa realidad volvió a decirnos, con la misma crueldad de siempre: “Jugamos como nunca… y perdimos como siempre”.

Ojalá que dentro de cuatro años ya no tengamos que elegir entre esas dos frases.

Ojalá que el “¿Y si sí?” deje de ser pregunta. Y por fin se convierta en respuesta. —Gonzalo Enrique Sandoval García

Periodista del Diario