Rafael Ramos Vázquez

Con las reglas no escritas y los criterios modernos que se aplican desde hace algunos años en las Grandes Ligas, el cerrador es un elemento ahora indispensable en el róster de los equipos.

Ya son pocos los abridores que transitan toda la ruta de nueve entradas, ahora es “norma” que después de cien lanzamientos el monticulista sea sustituido, aunque esté lanzando un juego espectacular. Según los “sabios” modernos, es para que no se lastime el brazo. Así, el manejador llama de la estufa a un relevista, que ahora llaman rimbombantemente “holder” o relevo largo, después traen al “preparador” y al final, en el episodio de apaga y vámonos, hace su aparición el cerrador. En pocas palabras, esa es la parafernalia que generalmente sigue un juego de béisbol en la actualidad. Eso ha impedido a los amantes del “Rey de los Deportes” ver, como en el pasado, verdaderos duelos de lanzadores, gemas que ahora solo existen en los libros y en la mente de los aficionados de antaño.

Esas hazañas, salvo casos excepcionales, ya no sucederán. Ahora bien, adaptándome a la “modernidad”, indicaré que los relevistas se han especializado en su labor y son tan importantes como los abridores; a eso se debe que la nómina de lanzadores esté dominada por los apagafuegos, ya que el número de abridores por equipo es generalmente cinco para toda la temporada, no así los “bomberos” que son más, tomando en cuenta que el róster activo autorizado de jugadores por conjunto es de 26, 13 serpentineros, de los cuales ochos son relevistas.

A los taponeros los han clasificado ahora en relevistas intermedios, ingresan entre las entradas 5 y 7, según el número de lanzamientos efectuados por el inicialista; preparadores lanzan la octava entrada y por último hace su aparición el cerrador, un especialista en salvar juegos; es decir, mantiene la ventaja y termina la novena entrada. Para llevar a puerto seguro un juego y que el cerrador se acredite el “salvamento”, se requiere: que no sea el pítcher ganador, que cuando entre su equipo lleve una ventaja no mayor a tres carreras, que ingrese al juego con la posible carrera en base o en la caja de bateo y que el equipo gane el partido.

El cerrador cuenta con un perfil muy estereotipado, no solo debe lanzar fuerte, también debe tener control, mentalidad y dominio de la situación; es decir, con nervios de acero, ya que entra a proteger un juego apretado en el marcador y seguramente con corredores en las bases. En cuanto a su repertorio, no necesita tener como el abridor un abanico de lanzamientos, pero sí requiere poseer uno o dos lanzamientos difíciles de batear, éstos pueden ser la bola rápida, la recta de cuatro costuras, la bola cortada o el sinker.

En la Gran Carpa, desde que se instituyó ese parámetro, ha habido excelentes cerradores, que cada día son más apreciados y requeridos por los conjuntos.

Para los amantes de las estadísticas, señalo a los cinco mejores cerradores de las Grandes Ligas de acuerdo con sus números, todos retirados: Mariano Rivera (652), Trevor Hoffman (601), Lee Smith (478), Francisco Rodríguez (437) y John Franco (424). Detrás de ellos hay una pléyade de jóvenes que desean alcanzarlos y superarlos. Será una tarea difícil, pero nada es imposible.— Mérida, Yucatán, México, 14 de septiembre de 2026

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