El oficio de incordiar

José Rafael Ruz Villamil (*)

A la pregunta densa y persistente de la realidad y la experiencia del mal, el pensamiento religioso de Israel en su monoteísmo radical —con toda su potencia aglutinante en cuanto que brinda un sustrato unitario y unificador al hombre tanto en términos personales como sociales— tiene como correlato necesario el considerar a Dios como la causa única de cuanto acontece en el devenir humano: “Yo soy Yahvé, no ningún otro; yo modelo la luz y creo la tiniebla, yo hago la dicha y creo la desgracia, yo soy Yahvé, el que hago todo esto”. Resulta posterior el antropomorfizar y —en mayor o menor grado— personalizar al mal, aunque siempre supeditado de algún modo al Dios uno y único de la fe judía. Vale subrayar que esta personalización del mal no va en merma del concepto de perfección del Yahvé de Israel y que consiste más en el amor absoluto traducido en una presencia incondicional: a esta idea de perfección se atiene Jesús de Nazaret cuando propone: “Pues yo les digo: Amen a sus enemigos y rueguen por los que los persigan, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos […] Ustedes, pues, sean perfectos como es perfecto su Padre celestial”.

Tal es, muy someramente, el contexto del encuentro en la sinagoga de Cafarnaún de Jesús de Nazaret con un espíritu impuro, según lo relata el capítulo 1 del evangelio de Marcos. Y es allí, en el contexto de la reflexión de la Escritura, donde el Maestro es desafiado por un espíritu inmundo, forma semita, por demás interesante, pera referirse a lo que el pensamiento griego llama demonio: y es que no deja de haber en esta manera de llamar al mal un cierto vestigio del propio monoteísmo radical: el espíritu, aliento que, proviniendo de Dios, da vida al hombre, puede, como en este caso, estar lleno de inmundicia, pero sin dejar del todo su origen.

Así, el espíritu inmundo de marras reta a Jesús intentado, primero, ahuyentar su presencia: el “qué tenemos nosotros contigo”, en efecto, es una fórmula común en el Antiguo Testamento que indica rechazo e indignación; y, luego, tratando de conjurar el poder de Dios presente en el Galileo con la mención de su nombre y de su realidad más profunda —Jesús de Nazaret, el Santo de Dios—, dichos como encantamiento para adquirir poder sobre el mismo Jesús. Vale, en este punto, traer la descripción que, en sus Antigüedades Judías, hace Flavio Josefo —historiador judío del siglo I—de un rito de exorcismo propio de la época: “Conocí a un tal Eleazar, compatriota nuestro, quien en presencia de Vespasiano, de sus hijos, de tribunos y también de gran parte del ejército, libraba de los demonios a los que estaban poseídos por ellos. El método de tratamiento de curación era del siguiente tenor: acercaba a la nariz del endemoniado el anillo que tenía debajo del sello una raíz del árbol que Salomón había indicado y luego, al olerla el enfermo, le extraía por las fosas nasales el demonio, y, nada más caer al suelo el poseso, Eleazar hacía jurar al demonio que ya no volvería a meterse en él, mencionando el nombre de Salomón y recitando los encantamientos que aquel había compuesto. Y Eleazar, en su interés de persuadir e infundir en los presentes el convencimiento de que él tenía ese poder ponía un poco antes un vaso o una pila llenos de agua y ordenaba al demonio en el momento de salir de la persona posesa que los volcara y permitiera reconocer a los espectadores que había dejado a la persona posesa”.

Pues bien, la respuesta de Jesús al desafío del espíritu inmundo, lejos de enredarse en las fórmulas complejas de exorcismo de entonces, viene plena de poder en forma de orden breve y taxativa: “Cállate y sal de él”, de donde puede inferirse que, si bien Jesús participa de la cultura y del pensamiento de su época, no se somete al antropomorfismo con el que sus contemporáneos han revestido la realidad del mal, sino que, sin negarla, la reduce a un ente manejable en cuanto que está supeditado a Dios que, ahora como Padre, se hace presente en el Maestro para liberar a los hombres no sólo de la esclavitud de cualquier fuerza negativa, sino también de las ideas del mal que, al ponerlo casi al nivel de Dios, inhiben al ser humano a callarlo y echarlo fuera.— Mérida, Yucatán.

ruzvillamil@gmail.com

Presbítero católico

 

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