El oficio de incordiar

José Rafael Ruz Villamil (*)

La tradición sinóptica es unánime al recordar que antes de empezar su predicación Jesús de Nazaret vive una experiencia de desierto asociada con el desafío del adversario en relación con la honestidad con la que habrá de llevar adelante la praxis del Reino de Dios. Si se acepta que la tentación se da en el ámbito de lo posible, entonces habrá que inferir que los relatos de la tentación en el desierto giran en torno a las posibilidades de que el Maestro hubo de contemplar como las adecuadas para trabajar su proyecto, incluyendo aquellas que por su naturaleza acabarían desvirtuando la comprensión —y la convicción— del propio Jesús de la voluntad de su Padre en cuanto a la manera de su presencia en el mundo.

Mientras los evangelios de Mateo y Lucas sintetizan la tentación en la inclusión del poder, del protagonismo y del dinero en la praxis del Reino, Marcos, en su capítulo 1, recuerda a Jesús en el desierto tentado por el adversario a lo largo de 40 días —esto es, un largo período de tiempo—, pero también y en mismo lapso, en la buena compañía de animales salvajes, en lo que vine a ser la referencia al inicio del tiempo definitivo y total de la presencia de Dios. Añádase una particular asistencia del mismo Dios a Jesús en el desierto y se tiene la memoria de un momento harto sugerente de la vida del Galileo.

Sugerente es, también, el escenario de la soledad y la tentación de Jesús tratándose del desierto de Judá, extensión situada en la Cisjordania y colindante con el Mar Muerto, y que, en unos 80 kilómetros de norte a sur y unos 30 kilómetros de ancho, reproduce de modo particularmente intenso las condiciones desérticas más acusadas al punto de ser considerado como una de las regiones más inhóspitas del planeta. Ahora bien, esta geografía viene a ser como la plataforma de un espacio religioso teñido como está de la memoria histórica del Antiguo Testamento en cuanto que el desierto es un lugar privilegiado donde Dios habla en la intimidad, a la vez que, paradójicamente, es el lugar de la desesperación y de la negación del Yahvé de Israel.

Pero la soledad del desierto es, también, lugar de refugio. Así Elías, entrañable profeta del judaísmo, habiendo desafiado y humillado el poder monárquico y por ende perseguido, huye al desierto en busca de refugio y cansado del camino, harto de conflictos, pide a su Dios la muerte; en lugar de su fin, encuentra una torta de pan y un jarro de agua que le proporcionan fuerzas para “caminar 40 días y 40 noches” hasta un monte donde experimenta la presencia de Yahvé:

“Entonces Yahvé pasó y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas ante Yahvé; pero en el huracán no estaba Yahvé. Después del huracán, un terremoto; pero en el terremoto no estaba Yahvé. Después del terremoto, fuego, pero en el fuego no estaba Yahvé. Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, enfundó su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva. Le llegó una voz que le dijo: ‘¿Qué haces aquí, Elías?’”.

Y es que siendo la soledad —de algún modo, el silencio del desierto— una parte natural de la condición humana, ya puede ser rechazada con aversión o, mejor, ya puede ser llenada religiosa, cultural y psicológicamente de contenido y hacer de ella un lugar válido para refugiarse de las tantas voces que no dicen nada, y convertirla en un lugar de encuentro consigo mismo y, desde la fe, con ese Dios que suele susurrar al oído las mejores intuiciones para una vida plena.

Tal es el contexto histórico y psicológico más próximo de la presencia de Jesús de Nazaret en el desierto, donde el Maestro, inconforme y enfrentado con el establishment sociorreligioso de su tiempo, muy probablemente experimentó la tentación ora de una vía inocua, complaciente y paralela a la honestidad en relación con el Dios de Israel, ora un camino de enfrentamiento directo y violento con los adversarios del orden nuevo de cosas que supone la causa del Reino. La decisión de Jesús en la soledad del desierto está conservada en los Evangelios: su praxis inédita rebasa tanto el aislamiento como la violencia en su propuesta —¡de total vigencia!— de igualdad radical como consecuencia de aceptar a Dios como Padre universal para crear la justicia y la fraternidad del Reino de Dios.— Mérida, Yucatán.

ruzvillamil@gmail.com

Presbítero católico

 

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