El oficio de incordiar

José Rafael Ruz Villamil (*)

El templo de Jerusalén es, en el primer tercio del siglo I, uno de los edificios religiosos más relevantes de la cuenca del Mediterráneo. Construido por Herodes el Grande sobre el templo de Salomón, tiene justa fama de grandioso no sólo por sus dimensiones sino por la riqueza de los elementos arquitectónicos; una gran explanada rodea el edificio de lo que viene a ser propiamente el Templo: los atrios de la mujeres, de los judíos, de los sacerdotes, de los sacrificios y el así llamado Santo de los Santos, cubículo totalmente vacío, dividido por un velo y precedido del santuario en el que está el altar de los perfumes, la mesa de los panes de la proposición y el candelabro de siete brazos —menorah—. Bordeando la explanada, un pórtico de columnas brinda tanto un lugar de descanso a la sombra como un espacio cómodo para la enseñanza de los muchos escribas de Jerusalén. Y en la explanada —también llamada atrio de los gentiles— y como continuación del zoco que, fuera del templo, provee a los peregrinos cuanto hayan de necesitar tanto para su estancia en la Ciudad Santa como para algún sacrificio, están, algunos tenderetes de animales y otros tantos puestos de cambistas.

Es pues, según se lee en el capítulo 2 del evangelio de Juan, en el atrio de los gentiles donde tiene lugar el incidente de Jesús de Nazaret en el templo de Jerusalén, espacio que, durante las fiestas de la Pascua, habría de estar atiborrado de peregrinos venidos no sólo de Palestina sino de los muchos asentamientos judíos de la diáspora mediterránea.

Ahora bien, ¿cuál hubo de ser la intención del Maestro de atacar —de modo por demás violento se hace un látigo de cuerdas, desparrama las monedas, vuelca las mesas— a lo que tuvo que ser un pequeño grupo de comerciantes? Y es que, aún si se considera que los vendedores y cambistas que ahí trabajan han de entregar una parte de su ganancia al templo, ésta tendría que ser cosa de nada en comparación con el impuesto del templo que todos los judíos pagan, sin mencionar las ganancias de lo que se ha venido a encontrarse como una muy rentable actividad bancaria.

Hay que descartar cualquier intención de purificación en relación con el culto: por más corrupción que hubiese en la casta sacerdotal que administra el templo —¡y no cabe duda que la había, y mucha!— los animales son necesarios para el culto. Por otra parte, la oferta de la moneda oficial del templo —ya para el impuesto, ya para ofrendas en metálico, ya para la compra de animales— facilita el cumplimiento del deber religioso o de la devoción, aun se trate de un shekel de Tiro, elegido por su estabilidad cambiaria y por no tener efigies de reyes, aunque sí ¡la imagen de un dios pagano!

Habrá que entender, entonces, el incidente del templo como un gesto profético del Galileo. Hay, en efecto, en el profetismo de Israel toda una tradición que cuestiona no sólo el culto sino la existencia misma del templo de Jerusalén: “¿A mí qué, tanto sacrificio de ustedes? —dice Yahvé—. Harto estoy de holocaustos de carneros, de sebo de cebones; y sangre de novillos y machos cabríos no me agrada […] aprendan a hacer el bien, busquen lo justo, den sus derechos al oprimido, hagan justicia al huérfano, aboguen por la viuda…”.

Es así que, dentro de la tradición profética más crítica, Jesús de Nazaret viene a deslegitimar al templo que no tiene lugar ni sentido en el horizonte del Reino de Dios, como dijese a una mujer samaritana: “Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad”. Y es que en el templo de la religión judía —como en el de cualquier otra religión— sacrificios, ritos alambicados, ceremonias complejas y más, conllevan el riesgo de enajenar a quienes, finalmente, buscan paz e inspiración para su vida. Otro tanto hay que decir de lo que bien podría llamarse las religiones laicas —del espectáculo a la política— con, también, sus dioses, templos, cultos y ritos. No de balde el Maestro sustituyó la complejidad del culto del templo de Jerusalén con la sencillez de una comida de pan y vino con la calidad de memorial suyo para, encontrándolo en ella en calidad de discípulo, continuar la causa liberadora del Reino de Dios.— Mérida, Yucatán.

ruzvillamil@gmail.com

Presbítero católico

 

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