Falta de coherencia
Mario Lope Herrera (*)
A finales del siglo pasado hubo pensadores en todo el mundo que pregonaban el fin de las ideologías; otros, como fue el caso de Francis Fukuyama y Samuel Huntington, afirmaban que el posmodernismo era el preludio del fin de la historia. Tiempo después de la caída del Muro de Berlín en 1989, teóricos sociales como Anthony Giddens, Jürgen Habermas y Karl Popper teorizaban un mundo en el que proponían —como Karl Marx lo hizo en su tiempo— que la dialéctica social debía ser no solo observada sino transformada.
Surgieron corrientes liberales de las que se desprendieron la socialdemocracia y la Tercera Vía —llamada también la “revolución inocua”— cuyo propósito fue buscar comprender la posición y relación del hombre con su entorno social y, más allá de esto, el de la relación individuo-Estado.
Latinoamérica no escapó a la fiebre de los vientos de cambio. México, en el amanecer del siglo XXI, anunciaba al mundo que era capaz de transitar por la democracia y que la alternancia era posible en el poder aun cuando el partido hegemónico permanecía como una sombra autoritaria en ciertas regiones del país. En esa coyuntura surgió la duda si este cambio era posible ante un gobierno opositor de derecha y, además —al interior de ese partido—, una derecha más conservadora. Esta ideología permeó en dos aspectos relevantes: político y económico. México se estancó y el cambio esperado por millones nunca llegó, al grado de nombrar al sexenio de Vicente Fox el “estancamiento estabilizador”. Más que estancamiento se llegó a pensar en un retroceso histórico cuando las libertades fueron cuestionadas por el ultraderechista secretario de Gobernación, Carlos Abascal Carranza, al pretender prohibir ciertas lecturas —“Aura”, de Carlos Fuentes— en escuelas de prosapia católica y aspirar a que la educación pierda su laicidad con enseñanzas religiosas en las escuelas públicas.
La izquierda se fortaleció en el centro del país con una ideología populista. Esta izquierda, que surgió de diversas facciones del nacionalismo de Heberto Castillo y disidentes priistas durante el gobierno de Miguel de la Madrid, formaron el PRD. En aquellos lejanos ochentas del siglo pasado, las corrientes ideológicas estaban bien definidas y la alternancia comenzaba a ganar espacios, menores, aunque espacios.
Se apartó
La ideología del centro e izquierda tenían una vena que los emparentaba: el liberalismo. A partir del neoliberalismo y los tecnócratas en el poder (1988-2001), la izquierda se apartó del centro, emergiendo una desbandada más radical, aunque no reaccionaria, y próxima a la Tercera Vía propuesta por Anthony Giddens.
Sin embargo, estas ideologías fracasaron. El escritor y semiólogo Umberto Eco sostuvo que las ideologías sufrieron una caída y que el mundo del tercer milenio se debatía entre contradicciones políticas que —fiel a su análisis de formas literarias— nominó como oxímoros. El discurso político actual se contradice ante no solo la caída de las ideologías sino ante la falta de representatividad de la ciudadanía. Es decir, la política está sumida en una profunda crisis.
En nuestro México, y específicamente en las campañas electorales de estos días, se aprecia la precariedad o la ausencia de ideologías al notar que el candidato Ricardo Anaya, del PAN, encabeza la coalición con el PRD y MC, partidos esencialmente de izquierda y liberales. Esta coalición tiene como objetivo no darle guerra al PRI sino a otro partido de izquierda, Morena, quien a su vez se ha aliado con un partido de derecha que raya en el ultraconservadurismo como el PES. La falta de coherencia de estas coaliciones confirma el derrumbe de las ideologías.
El historiador Enrique Krauze ve con recelo el actuar del candidato de Morena, a quien llamó el “Mesías tropical”, por mezclar indiscriminadamente términos religiosos con la política y por cultivar una característica especial de los “redentores” de la América Latina: el culto a la personalidad. Y en efecto, pareciera que Andrés Manuel López Obrador “cita” los Evangelios con su actuar demagógico cuando deja entrever que, si no recoges con él, desparramas. Un liberal de izquierda envuelto en la ideología conservadora. Oxímoros, diría Umberto Eco. Conductas políticas no solo contradictorias sino disfuncionales, asimétricas.
Una de las características que se manifiestan en el discurso de izquierda que representa AMLO es la inclusión y el pluralismo de su movimiento —de ahí su justificación de aliarse con el PES—, ventana que le permite asimilarse en la opinión pública y votantes de que su proyecto está basado en la construcción de una ciudadanía que conoce de cerca las necesidades del país. Sin embargo, esta podría ser su estrategia para ganar la Presidencia. Es decir, pluralismo a priori; autoritarismo a posteriori, basado en el culto a su personalidad y amenazas de cancelar el Naicm, la reforma educativa, revisión de los contratos de Pemex y hasta la reunión entre iglesias y los capos del crimen organizado para devolverle la paz al país. Propuestas que no tienen nada de malo siempre y cuando sean conocidas las razones por la vía institucional, legal y jurídica.
Si esta estrategia es llevada a esos polos contradictorios y hasta fundamentalistas, entonces habrá cobrado sentido el aforismo de la escritora Mary Shelley, de que la política llevada al extremo debe ser producto de una profunda maldad. Una auténtica historia de terror.—Mérida, Yucatán.
mjlope77@gmail.com
Licenciado en Ciencias Antropológicas egresado de la Uady. Escritor
