Resonancias bíblicas
Víctor M. Arjona Barbosa (*)
En la Biblia leemos tanto en el segundo libro de los Reyes, como en el segundo libro de las Crónicas, la historia del reinado de uno de los personajes más oscuros y perversos: Atalía, reina de Judá, que gobernó del 842 al 836 A.C. en Jerusalén.
Atalía era hija de Ajab, rey de Israel y de la impía Jezabel; se casó con Joram, rey de Judá, y fue madre de Ocozías. Éste, al morir Joram, ascendió al trono y reinó solamente un año, pues fue muerto por Jehú en la violenta campaña para exterminar a los descendientes de la casa de Ajab, a la que se había aliado Ocozías.
Tanto durante el reinado de Joram como en el de Ocozías, Atalía tuvo una gran influencia, insistiendo en la difusión creciente del culto de Baal y en la persecución, prisión y muerte de los judíos fieles a su Dios, Yahvéh. ¿Cómo pudo llegar al poder una mujer y, sobre todo, alguien que no era descendiente de David?
Ya que, por un lado, no era costumbre hebrea que las mujeres reinaran y, por otro, estaba la promesa de Yahvéh al Rey David consistente en que el cetro de Judá pertenecería siempre a su descendencia.
El procedimiento que puso en acción Atalía distó mucho de la ortodoxia, porque sabía que no tenía derecho alguno al trono de Judá y, por lo tanto, se trataba de una usurpación del poder. Comenzó entonces, una ola de terror, una orgía de sangre y de horror; los seguidores de Atalía asesinaron a todos los de la estirpe real de Judá. Mientras daban muerte a los hijos de Ocozías, Josebá, hermana suya, pudo salvar al pequeño Joás y ponerlo a buen resguardo en el templo, donde su esposo, el sacerdote Joyadá, lo ocultó durante seis años, mientras Atalía reinaba sobre el país.
Al cabo de este lapso, Joyadá organizó la oposición y con un movimiento sorpresivo hizo proclamar rey de Judá a Joás y Atalía fue muerta en el palacio real. Con ello se pudo restablecer la dinastía davídica en la persona del Joás, legítimo sucesor del rey Ocozías.
El reinado de Atalía se caracterizó por la prepotencia, la arbitrariedad, el terrorismo, el despotismo y la violación de los derechos fundamentales de los habitantes del reino. Pero como muchos de los tiranos, también Atalía tuvo un fin violento. La que derramó la sangre de tantos, le tocó el turno de derramar la suya.
Los terribles aspectos de la sórdida historia de Atalía inspiraron al dramaturgo francés del Siglo XVII, Juan Bautista Racine, quien escribió su célebre tragedia “Atalía”. Una de las actrices que la han protagonizado ha sido la afamada Sara Bernhardt.
La resonancia de este suceso bíblico se ha dado repetidamente a lo largo de la historia, pues con frecuencia el poder se pervierte al desviarse de su causa final que es el bien común; el ejercicio del poder es para servir a la comunidad y no para que ésta sirva a los intereses de los poderosos, no para abusar, mentir, reprimir, imponerse con la sola razón de la fuerza ni sustraer del erario lo que pertenece a la comunidad, aunque se haga aparecer este robo como algo que contable y legalmente formal cubra el deshonesto proceder (maquillaje de las cifras).
Y en cuanto a cómo la gente de la política llega al poder o impide que otros lo hagan, muchísimos de ellos, de ayer y de hoy, conspiran, intrigan, difaman, hacen alianzas inmorales, falsifican documentos, fabrican personalidades por medio de la magia de la mercadotecnia electoral y, en algunos casos, no los detiene escrúpulo alguno cuando resulta conveniente eliminar a los rivales, tal como lo hizo Atalía.
No merece ejercer el poder el que no entiende qué es el poder y para lo que verdaderamente sirve.
Muchos siglos antes de que se tuviera el auténtico concepto del liderazgo y, principalmente del liderazgo político, Jesús de Nazareth lo definió de manera clara y precisa.
Cuando subía a Jerusalén, en su último viaje a su querida ciudad y escuchó que sus discípulos discutían acaloradamente acerca de los puestos que iban a tener en el nuevo gobierno que pensaban equivocadamente que iba a establecer Jesús, ya que constantemente les hablaba de instaurar su Reino, el maestro les explicó: “Ya sabéis que los jefes de naciones las rigen con despotismo y que los poderosos abusan de su autoridad. Pero no ha de ser así entre vosotros, al contrario, el que quiera entre vosotros ser grande, tener poder y ser el primero, sea vuestro servidor, de la misma manera que el Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate de todos”.— Mérida, Yucatán.
Profesor universitario
Con frecuencia el poder se pervierte al desviarse de su causa final que es el bien común; el ejercicio del poder es para servir a la comunidad y no para que ésta sirva a los intereses de los poderosos
