feminicida de tahdziu

 

Filiberto Pinelo Sansores (*)

Son muchas las promesas que se hacen en campañas electorales pero pocos los compromisos para ir al fondo de la problemática social que afronta la mayoría de los yucatecos. Es obvio, sin embargo, que si se sigue gobernando a nuestro estado como hasta hoy, jamás se alcanzarán los mínimos de bienestar económico y social que aquella requiere para progresar.

Quienes se han sucedido en el poder han gobernado con el mismo cartabón económico y político establecido hace más de 35 años en el país. Los resultados están a la vista: puntos menos, puntos más, los mismos índices de pobreza; salarios que no alcanzan para las necesidades más apremiantes; tasas de desempleo que, no obstante el maquillaje, se mantienen.

El progreso, es cierto, existe; pero sólo para una exigua minoría: políticos del sistema, socios, amigos y grandes empresarios ligados a ellos, entre otros. Se requiere mucho más inversión pública de la que se presume en infraestructura; sin embargo, no es posible que se dé porque buena parte del dinero público se despilfarra en altos emolumentos, bonos, prestaciones y seguros médicos de gastos mayores a la excesiva burocracia dorada. Otra parte del dinero se va por la corrupción y el desvío de recursos para fines de propaganda electoral.

Hasta hoy nadie investiga la creación de las muchas veces denunciadas empresas fantasma que triangulan recursos. Una manifestación de cómo se desvía dinero por este medio es la apabullante propaganda que inunda calles y avenidas, revistas, periódicos, páginas de internet. Así se van recursos que debieran destinarse a construir y mejorar escuelas, hospitales, carreteras, apoyo a la producción, becas a estudiantes, etcétera.

Al firmar el Pacto por México, el PRI, el PAN y el PRD con Peña mostraron su compromiso con formas de gobernar que se resumen en una sola: ignorar el interés de las mayorías para privilegiar el de quienes se han enriquecido usando como mina los gobiernos. Las consecuencias están a la vista.

Estos partidos y sus aliados piden hoy el voto de los ciudadanos sin mostrar arrepentimiento por lo que hicieron. Si triunfaran, ¿qué harían? ¿Lo mismo de siempre o aplicarían políticas sociales diferentes? ¿Se bajarían el sueldo sus funcionarios? ¿Dejarían de cobrar “moches”? ¿Darían prioridad a las necesidades de las mayorías antes que a los intereses de sus socios y amigos? ¿Defenderían al pueblo de fenómenos como los gasolinazos?

Si hubiera alguna manera de representar de modo gráfico las formas de gobierno con las que realmente están comprometidos, ésta sería la que se expresa en dos escenas recientes: a) la fastuosa inauguración de una obra suntuosa, el Centro Internacional de Congresos de Yucatán, hecha con multimillonarios recursos públicos que redituará enormes ganancias a un grupo de ya muy prósperos empresarios, aunque se filtren las migajas hacia abajo y b) la admirable acción de un grupo de hombres y mujeres que con palas y carretillas reparaban una carretera, llena de agujeros, que comunica a dos municipios, porque el gobierno del Estado, no obstante sus súplicas, los ignoró (D. de Y., Sección Yucatán, 14-04-18).

Por un lado, el rostro bien acicalado de un estado en aparente progreso; y enseguida el enclenque cuerpo al que adorna la cabeza. Estas dos escenas muestran que no se gobierna para todos sino sólo para favorecer a ciertos grupos porque los recursos se gastan antes de llegar a la atención del resto de la población, pues se priorizan los altos salarios y costosos privilegios de los funcionarios, las obras de relumbrón para presumir, el encarecimiento de los precios de lo que se construye y el desvío de buena parte del dinero hacia las campañas.

Se presumen obras monumentales, pero nuestro pueblo sigue viviendo en condiciones atrasadas; mejores indicadores económicos pero no mejoran los ingresos de los trabajadores; más y mejores hospitales, pero no mejora la calidad de la atención de la salud de quienes carecen de recursos para pagar atención privada; magnos triunfos en educación y empleo, pero siguen sin estudiar ni trabajar millones de jóvenes. Sexenio tras sexenio se promete y se promete, pero no se cumple.

Y esto requiere un cambio que implique, además de gobiernos austeros, cuyos integrantes no entren a ellos para enriquecerse, gobiernos que no estén al servicio de minorías con las cuales desvían recursos, y puedan ser así atendidas las necesidades de la mayoría abandonada de la sociedad.

Una nueva forma de gobernar, que renuncie a los altos ingresos que significan los elevados sueldos y privilegiadas prestaciones que en esos cargos se perciben, a las prácticas corruptas de recibir sobornos a cambio de otorgar concesiones y al desvío de dinero con fines políticos. Una forma que entrañe vocación de servicio y no afán de lucro.— Mérida, Yucatán.

fipica@prodigy.net.mx

Maestro en Español. Especialista en política y gestión educativa

 

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