Lourdes Casares de Félix (*)
Muchas de las enseñanzas de mi madre han contribuido a la formación de la persona que hoy soy… pero muchas otras he tenido que transformarlas ya que no se ajustaban ni a los tiempos actuales ni a mis proyectos de vida.
A mi madre le agradezco muchos de los valores que hasta la fecha trato de que florezcan en mí.
De ella aprendí a trabajar por las mujeres que han tenido menos oportunidades de desarrollo y enfrentan situaciones de pobreza y violencia. Me inculcó el espíritu de servicio y a ser generosa con quienes tienen graves necesidades, a dar parte de mi tiempo en esas personas menos favorecidas y a involucrarme en su bienestar. Mi madre también me enseñó la importancia de la unión familiar y el apoyo solidario e incondicional que debe existir entre quienes integran el núcleo de familia y la parentela cercana.
Así también aprendí a amar a Dios a través de su grandísima fe y a ver en Él una fuerza poderosa que infunde paz y confianza.
Esos mismos valores trato de transmitirlos a mis hijas, pero hubo otras enseñanzas que mi madre intentó que yo aprendiera pero no terminaron de convencerme y por ello no serán parte de su educación.
No me refiero a las frases que por lo general todas las mamás dicen como: “Los platos no se lavan solos”, “Aquí no es hotel”, “Éstas no son horas de llegar”.
Me refiero a las frases que eran acordes con su época en lo que se refiere a los roles femeninos. A mí me decían que como mujer “Calladita te ves más bonita”. Yo digo a mis hijas que no importa si se ven bonitas o feas, pero las cosas deben decirse y para eso tienen voz.
Si algo no les parece o no están de acuerdo deben decirlo con respeto, procurando no ofender a nadie.
El derecho a expresarse y manifestar una opinión debe prevalecer y no es una prerrogativa masculina.
Mi madre creció en un patriarcado en el que sólo la opinión del hombre contaba y las mujeres acataban lo que dijera su padre, hermano o esposo.
Otra frase fue: “La inteligencia de la mujer consiste en hacerle creer al hombre que eres tonta”.
Mi madre creía que las mujeres debíamos esconder la inteligencia porque esa característica hacía sentir mal al hombre y le provocaba inseguridad.
Había una percepción de que las mujeres brillantes no eran apreciadas por el sexo masculino y se corría el riesgo de permanecer soltera. No había mucha motivación para realizar estudios ni carreras universitarias. La educación se centraba en aprender los oficios domésticos y la administración del hogar.
Yo les digo a mis hijas que persigan sus sueños y luchen por ellos. Primero hay que tener un proyecto de vida propio y luego un proyecto de familia. Desarrollar la inteligencia es parte de la realización personal y uno debe enorgullecerse de lograrlo.
El hombre que no te valore no es digno de ti y, mientras más pronto lo alejes de tu vida, ¡mejor!, es lo que yo les digo a mis hijas.
Contrario a la “femineidad” que se inculcaba en mi época, yo no promuevo ser “dulce y frágil”, mejor sé fuerte, congruente, honesta y perseverante.
Yo digo a mis hijas: Escoge tus batallas y lucha por lo que crees y piensas. Sé amable y trata a las personas como te gustaría que te traten a ti y como me inculcó mi madre a mí; quiero que sepas que no estás sola, hay un Dios que te acompaña y a quien puedes recurrir.
Pero ante todo, hijas queridas, tienen una madre que las ama y piensa en ustedes a cada instante.— Mérida, Yucatán.
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Escritora
