feminicida de tahdziu

 

El camino que va de regreso

Alberto López Vadillo (*)

Alguna vez he hablado aquí de remordimientos y de lo poco que se llevan en los últimos tiempos. También he hablado de la sorprendente facilidad con que nos fabricamos excusas útiles para ignorarlos.

Imagino que buscar a toda costa el bienestar personal incluye eso. El no sentirse responsable o culpable de nada. Pero no siempre es así. A veces el daño infligido a otros sigue presente en nuestra memoria y nos acompaña hasta el final, obligándonos a mirarlo cara a cara.

No sé ustedes, estimados lectores, pero en mi archivo personal tengo algunos remordimientos o pensamientos que tienen que ver con ellos. Después de tantos años pisando caminos raros y cristales rotos, es difícil que salgas impune.

Hace unos días el director de este centro penitenciario me llamo a su oficina. Al entrar, lo vi tras su escritorio con una carta entre las manos, tenía esa mirada melancólica y preocupada que casi siempre pone cuando hay algún caso difícil, de esos que te apachurran el corazón. A lo largo de estos 14 años que llevo conviviendo con él han sido varias las ocasiones en las que lo he visto así. Desafortunadamente ésta fue una de esas.

—Psicólogo, ¿recuerdas al muchacho que le dicen “Pajarito”, ese que nos dio tanto trabajo hacer que se portara bien?, llegó hace como 10 años —me preguntó sin dejar de mirar la carta que tenía en sus manos.

—Por supuesto que me acuerdo, profe, cómo olvidar a Ramón de Jesús —le contesté sin dudar. Es uno de los casos de transformación más sorprendentes que he visto.

Le decimos “Pajarito”, por su complexión delgada y por su cara pequeña, tenía como 20 años cuando llegó aquí, venía de un municipio del sur del estado, perdió a su padre a los seis y creció con su madre y cinco hermanas. Durante toda su vida fue un chico violento y con poco control de sus impulsos. Fue un mal estudiante producto de la dislexia que padecía. Nunca aprendió a leer bien y apenas escribía. A los 12 años comenzó a beber alcohol y a los 15 a drogarse. Robaba y peleaba, constantemente en su pueblo, siempre metido en problemas. Lo recibí en el área de observación, ahí conocí su historia y lo acompañé durante su proceso de adaptación.

Nadie de su pueblo lo venía a visitar, eso era entendible considerando su comportamiento con ellos, pero me llamaba la atención que su familia tampoco lo visitara. Como a los tres años de haber llegado y con una conducta rebelde y difícil, me buscó para que le ayudara a entender un abultado pergamino que le habían dado en el juzgado, tenía expresiones en un idioma antiguo y casi muerto con palabras rituales, frases complicadas e inentendibles para él. “Pajarito” se me quedó mirando y preguntó: “¿Qué es esto?”. “Es la sentencia que te dio el juez, son 32 años los que estarás aquí”, le contesté con prudencia.

Era la última noche de las fiestas del patrono del pueblo y el “Pajarito” estaba especialmente fuera de control, alcoholizado y drogado. Cuando llego a su casa vio a su mamá platicando con una persona que la pretendía. Esperó a que este se fuera, tomó un machete, cerró la puerta de su casa con llave dejando a su madre adentro y fue a buscar al que sintió que ofendía la memoria de su padre. Cuando me contó aquella historia, recuerdo muy bien su voz quebrándose al llegar a ese momento del relato. Sus silencios intermitentes y su modo de inclinar un poco la cabeza, mirando con fijeza el cigarro que le humeaba entre los dedos. “¡No te vayas hijo, no hagas una locura!”, decía, recordando la voz de su madre que se alejaba en la noche. “¡No te vayas hijo, no hagas una locura!”, repetía como si aún escuchara aquellas palabras. Y mientras las decía una y otra vez, se le llenaban los ojos de arrepentimiento.

Desde que supo su sentencia su cambio de conducta fue radical; sin embargo y a pesar de todos sus esfuerzos, nunca logró que lo vinieran a visitar. Trabajaba en la maquiladora y asistía a misa cada domingo, a veces platicábamos y siempre me decía que no perdía la esperanza de pedirles perdón a su familia y en especial a su madre que quedó muy afectada por lo sucedido.

La voz del profesor me hizo regresar de mis recuerdos: “Mira, me llego esto para el ‘Pajarito’”, me extendió la carta que tenía en las manos y levantó la vista. Pude ver sus ojos y me pareció ver ¿lágrimas?

“Hola Ramón, soy la Chata, sé que no es la mejor forma de darte esta noticia pero la verdad no se andar en Mérida y decidí mejor enviártela por correo a la dirección de la cárcel. No sé cómo vayas a tomar esto, pero hace unos días falleció Mamá. Me encargó que te dijera que por favor la perdonaras si algún día ella te hizo algo que te lastimara, que no fue su intención, también me dijo que te dijera que ella sí te perdono todo lo malo que le hiciste, me dijo que te quiere mucho y que, aunque ya no esté en este mundo, ella desde el cielo te va a estar cuidando. Ramón, nunca la olvides, reza por ella y trata de portarte bien mentecato”.

El profesor pidió que trajeran al “Pajarito”, le leyó la carta dos veces y le habló en maya, así nos dijo que le hablaba su mamá. Puso sobre el mantel palabras como lealtad, sacrificio y amor materno, brillaba su mirada cuando pronunciaba esas palabras, quizá porque en maya suenan menos devaluadas que en español.

El “Pajarito” se levantó despacio, hoy se ve como un adulto de 30 años. Se acercó al profesor y le dijo con la voz quebrada: “Mi viejita me perdonó, profe, ¿qué voy a hacer con los remordimientos el resto de mi vida?”.

El director lo tomo de los hombros y le dijo: “Ramón, úsalos para hacer mejor las cosas y no cometer los mismos errores, pide perdón y busca ser mejor”. El “Pajarito” lo abrazó largamente.

Estimados lectores, los remordimientos nos acompañan en nuestra vida y a veces nos aferramos a ellos, permitiendo que nos continúen lastimando; sin embargo, el Día de la Madre es la oportunidad que cada año nos ofrece la mercadotecnia para cambiar las cosas, puede tomarlo sólo como una celebración común o también puede ser una oportunidad para dejar de ignorar los remordimientos y enfrentarlos, una oportunidad para perdonar y pedir perdón.

Si su madre aún esta físicamente aquí, abrácela hasta que esté seguro que entendió cuánto la ama y si desafortunadamente ya no está en este mundo, entonces deténgase un momento, mire al cielo y agradézcale porque sigue siendo para usted una luz que no se apaga… Que así sea…— Mérida, Yucatán.

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Psicólogo. Interno en el Cereso de Mérida

 

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