Marcelo Pérez Rodríguez (*)
La tranquilidad en la ciudad capital y en la entidad se resquebraja ante la ola de robos en las casas habitación, asaltos en la calle y homicidios. Sin embargo, parece que no pasa nada y las autoridades no buscan estrategias para contrarrestar esta violencia que va en aumento, y que ya empieza a preocupar sobremanera a las familias yucatecas.
Además, las leyes y la justicia son benévolas con los agresores, pues las autoridades en muchas ocasiones consideran los delitos “no graves”, montos mínimos de una televisión o unos cuantos miles de pesos, por lo tanto, el ladrón sale y vuelve a delinquir.
Por eso hay personajes que tienen decenas de entradas y salidas de prisión porque las autoridades de la Fiscalía no ven “mucho lo que se llevaron”, pero sí dañan el patrimonio de las familias.
Quien roba una televisión, una silla, un macetero, una jaula o una cartera con cien pesos podrá llevarse en algún momento miles de pesos, más televisores y vaciar la casa si tiene el tiempo y las condiciones necesarias. Además, si alguien reincide y es detenido una y otra vez, algo hay que hacer para buscarle apoyo en lugares especiales o en la misma prisión.
Ante esta situación, uno preguntaría: ¿Cuál es el monto que debe llevarse el ladrón para que la acción se considere delito? De esta manera se le puede dar las facilidades al delincuente para que se lleve más televisores, teléfonos y dinero en efectivo, y así luego poner la demanda para que se considere el monto robado considerable y sea detenido y castigado severamente.
Recientemente han ocurrido muchos asaltos de los cuales una parte no son denunciados porque las víctimas saben de antemano que las autoridades dirán que es poco lo robado, no será detenido el agresor y lo robado no es devuelto. ¿A quién o a quiénes se les queda los objetos sustraídos de la casa, si aún con facturas y documentos que muestran las víctimas no les son devueltos? Esto es grave, porque genera desconfianza en contra de las mismas autoridades y los uniformados.
El problema es que también los ladrones pueden pasar a ser víctimas. En el caso reciente del comerciante que descubrió al ladrón en la cocina de su hogar y en la madrugada, por la sorpresa y quedar atónito el ladrón pudo huir, pero qué pasaría si alguien incluso más joven le hace frente al delincuente y lo golpea y hiere de gravedad. Entonces aquí vendría la acción de la justicia y quien es acusado ya sería el dueño de la casa por agredir al ladrón y lastimar su integridad física y olvidar sus derechos.
Han ocurrido varios casos similares en donde el delincuente pasa a ser víctima y la víctima el agresor. Pero ¿no está alguien en propiedad ajena, propiedad privada y además dañando el patrimonio familiar y los derechos de las personas? Uno estaría defendiendo a la familia y lo que es suyo.
¿Qué hacer entonces? ¿Dejar que el ladrón se lleve las pertenencias de todos? ¿Ser simples espectadores y otorgar las facilidades al delincuente? ¿Mirar cómo alguien se lleva lo que nos costó el esfuerzo del trabajo?
Todavía me pregunto, tal vez con ingenuidad, ¿por qué las personas deben llevarse objetos de una casa ajena, dinero que no es suyo y causar daños al patrimonio de otros, en vez de trabajar, hacer algo positivo y adquirir poco a poco lo que a uno le gusta y quiere?
Si respetamos las pertenencias de los demás no habría problemas de intranquilidad, ni violencia, pero lamentablemente cada cabeza es un mundo y hay quienes buscan el dinero y los aparatos electrónicos de otros. Es más fácil quitar que trabajar para conseguir. Y estas acciones están rompiendo la tranquilidad de nuestra ciudad capital y estado.
Hay que unir esfuerzos autoridades y ciudadanos. Es necesario educar en el hogar y la escuela en el respeto a los demás y a las pertenencias de otros. En la escuela podría ser un lápiz o un cuaderno, si no hay estrategias para buscar soluciones mañana podría ser un televisor o miles de pesos. Los padres tienen también una gran responsabilidad en la formación de los hijos. Hay que prender los focos de alerta ante esta ola de robos. Y que el ciudadano no se sienta desprotegido ante las facilidades que se les dé a otros. Hay que quitar de su trono al gran rey de los delitos.— Mérida, Yucatán.
Profesor
