El oficio de incordiar

José Rafael Ruz Villamil (*)

El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. Y cuando el fruto lo admite, en seguida se le mete la hoz, porque ha llegado la siega».

En esta parábola, conservada únicamente en el capítulo 4 del evangelio de Marcos y contextuada en el medio agrícola de la Galilea del primer tercio del siglo I, llama la atención lo que podría considerarse como la holgazanería del campesino: éste, en efecto y según el relato, se limita a echar el grano en la tierra y luego, al tiempo de maduración, a meter la hoz para cosechar “el trigo abundante en la espiga”. Pero, ¿cómo las espigas habrían de producir “trigo abundante” sin los cuidados necesarios en todo proceso agrícola? Y es que, ya se sabe, cualquier cultivo supone varios trabajos en función de una buena cosecha: así, cualquier agricultor, luego de echar la semilla en la tierra, deberá cuidarla de la amenaza del cultivo de trigo: la cizaña, planta tóxica harto parecida a la espiga de trigo y que sólo el ojo entrenado de un buen agricultor advierte para eliminarla a tiempo; de otra parte y además de escardar, tendrá que remover la tierra y atender el grado óptimo de humedad del suelo y, por último, habrá de conjurar la amenaza de las aves con una vigilancia constante.

En contraste —en abierto y llamativo contraste— el campesino del relato viene a ser descrito como un hombre que duerme de noche y se levanta de día sin saber cómo el grano brota y crece: como alguien que se limita a contemplar los diferentes momentos del desarrollo de la planta, como si, en el caso de la cosecha a la que el Maestro se refiere, el trabajo humano fuese innecesario. Vale, pues, intentar aproximarse a dónde pretende llevar el narrador a sus oyentes.

No cabe la menor duda del aprecio del Galileo por el trabajo humano. Más aún, en la tradición joánica el mismo Jesús habla de su praxis, justamente, como un trabajo relacionado con su Padre: «Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo». De manera que no es casual el que venga a ser recurrente en la predicación del Maestro referirse al Reino de Dios como un sembrador, como una viña, como un campo de trigo invadido de cizaña, como una cosecha a punto, y más.

Es entonces y precisamente en el Reino de Dios —y no en una semilla prodigiosa, ni en las etapas de crecimiento, y mucho menos en un agricultor haragán— donde habrá que buscar el núcleo de la parábola en cuestión: el prescindir del trabajo humano indispensable para una cosecha abundante remite, necesariamente, a la idea y la propuesta de Jesús de la radical autonomía del Reino de Dios, o sea, de la presencia de su Padre en la historia de los hombres, donde, de manera soberana, quiere instaurar un orden nuevo de justicia, de bienestar y de igualdad: más todavía, este orden nuevo del Reino se va instaurado ya en la mismísima presencia de Jesús de Nazaret.

Y es que, en efecto y con la misma sencillez y pequeñez de una semilla, el Maestro hace presente el Reino de Dios con una praxis radicalmente autónoma; de ahí el choque cons tante con las instituciones dominantes de entonces: la institución intelectual en manos de los fariseos; la institución socioreligiosa del templo de Jerusalén que manejan los saduceos; la institución político económica gobernada de facto por el poder de ocupación romano.

Así, la coherencia de la praxis del Galileo con la autonomía proclamada en esta parábola hubo de traducirse en el rechazo violento de las instituciones mencionadas que —como muchas otras, entonces y hoy— exigen el sometimiento acrítico para su funcionamiento. Así pues, en la activación de la memoria de esta pequeña parábola queda la exigencia del Maestro a sus discípulos de mantener la autonomía radical de la causa del Reino ante cualquier tipo de sometimiento —de parte de quien fuere y venga de donde venga—: sólo así el Reino de Dios ha de mantener su dinámica liberadora dentro de la comunidad universal de los cristianos, al tiempo que su índole crítica como servicio a la mayor parte de una sociedad sometida a los intereses de unos pocos.

ruzvillamil@gmail.com

Presbítero católico

 

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