Monseñor Gustavo Rodríguez Vega, arzobispo de Yucatán
“¡Talitá Kum!”, ¡Óyeme, niña, levántate! (Mc 5, 41).
Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor.
Ha llegado el día de las elecciones. Que nadie mayor de los dieciocho años se quede sin expresar su voto. Es un deber ciudadano y por lo tanto, es también un deber cristiano. Hago una invitación especial a todos los jóvenes para que expresen su voto en las urnas, porque sin duda que ustedes harán la diferencia. Ofrezcamos la Eucaristía de hoy, por los que Dios sabe que serán elegidos, para que se esfuercen al máximo por cumplir con sus promesas de campaña, por promover la paz junto con la estabilidad en el país y por favorecer a los más necesitados. Recordemos que la paz es fruto de la justicia.
Sigamos en oración por todos los niños migrantes recluidos en los Estados Unidos separados de sus padres, para que se logre el anhelado reencuentro y para que el grave trauma sea superado en la mente de los niños. Pidamos por nuestra nación y por las naciones centroamericanas, para que se logre un estatus de vida suficientemente digno, para que nadie se vea forzado a emigrar, porque antes que el derecho a emigrar está el derecho a no emigrar.
El Señor es el autor de la vida; si nosotros hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, nuestra vida debe ser eterna. La muerte fue introducida al mundo por el maligno, como precio del pecado, pero la muerte no tiene la última palabra, ni es lo peor que le puede pasar a un ser humano. En muchas ocasiones los médicos se quedan sin explicación de por qué o de cómo una persona sobrevive contra todo pronóstico a una operación u enfermedad mortal, por lo que tienen que comprobar una y otra vez que el Señor tiene la última palabra. En todo caso, la muerte no es para siempre y de eso estamos plenamente convencidos cuantos creemos en Cristo. La primera lectura de hoy tomada del Libro de la Sabiduría dice: “Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes” (Sab 1, 13).
En el mismo sentido se expresa el Salmo 29, que hoy proclamamos y que dice: “Tú, Señor, me salvaste de la muerte y a punto de morir me reviviste”. Por eso cuando tengamos un ser querido en gravedad, creamos siempre que Dios puede curarle, natural o sobrenaturalmente, que siempre es su mano la que concede la recuperación.
El santo evangelio de este domingo, según san Marcos, nos habla del poder divino de Jesús para curar y devolver la vida. Habiendo una multitud a su alrededor, Jesús recibe al jefe de la sinagoga llamado Jairo, que viene a suplicarle por su hija que está muriendo.
