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Irving Berlín Villafaña (*)
El liderazgo discursivo que provocó en las redes sociales “Chicharito” cuando declaró su compromiso de “soñar cosas bonitas” terminó después de que la Selección mexicana jugó como nunca y perdió como siempre. La ilusión del triunfo en el fútbol pasó a la certeza del triunfo político contra el PRI.
El pri
Entre los derrumbes que tiene el PRI recuerdo el de 1988, cuando Carlos Salinas ganó perdiendo y le dio a México una de las instituciones más esperanzadoras de nuestra joven democracia —el IFE— que nos permitió “soñar cosas bonitas”; el de 2000, cuando salió de Los Pinos, luego de 70 años de hegemonía, montado en el caballo desbocado de Vicente Fox, otro soñador de transiciones irresueltas y locuras seniles; el de 2006, cuando Roberto Madrazo perdió estrepitosamente la Presidencia de la República, pero el PRI gana gobernadores y se refunda con el logo de nuevo PRI, realizando inmejorables servicios de legitimación al PAN de Felipe Calderón. Este, el de 2018, es el tercer derrumbe del PRI en menos de dos décadas con la novedad de que se partieron el techo, las paredes y un socavón afectó también los cimientos.
Este partido con los colores de la bandera mexicana representa hoy la corrupción, la impunidad, la degradación de las formas, del lenguaje, del comportamiento público y el cinismo en la gestión pública, comenzando por el Presidente, los gobernadores —salvo el nuestro que tiene la certificación de mejor gobernador del planeta— y sus candidatos. El cinismo político, me parece, hace que las “fake news” palidezcan a su paso y maten de risa a más de uno. Decir palabras desgastadas, exhibir los privilegios, usurpar banderas y discursos, hacer como que se es bueno, cuando en realidad no, es el pan de cada día de esta camiseta tricolor. Las excepciones comprueban la regla.
La ira
La elección de este año muestra, en primer lugar, un profundo rechazo al PRI —incluso en Yucatán, donde sus formas fueron más elegantes que en otros sitios— y, en segundo lugar, una decantación de la rabia en una nueva esperanza que tiene el beneficio de sus formas: López Obrador dice una y otra vez que le interesa la historia, que no es un ambicioso vulgar, que no le interesa el poder ni el dinero, sino servir; que viajará en líneas comerciales y e irá a su trabajo montado en su volcho fuera de moda y ni guardias necesita. Estas formas populares ilusionaron a miles de mexicanos que pasaron por encima las inconsistencias ideológicas, los dislates, las ocurrencias, las transfusiones de panistas y priistas distinguidos, de oportunistas y hasta fugitivos que dan testimonio de la crisis de los partidos políticos, de la cultura política autoritaria y oportunista de las elites políticas mexicanas. El transfuguismo para mí es muestra de exclusión interna, falta de reglas democráticas para convivir y, desde luego, de solidez en los principios en los que se cree. También es alimento de la destrucción de los partidos.
La esperanza
Pese a estas aguas subterráneas, los mexicanos realizamos el único acto de fe posible. Votar por ese discurso voluntarioso, sencillo en sus formas, vigoroso en su estética: somos el pueblo, lo encarnamos y ya con eso hicimos lo suficiente. Por lo menos el discurso, las formas del comportamiento habrán cambiado claramente.
La cruda
La estructura de poder no ha cambiado mucho ni la cultura política de partidos y sus élites. Los vasos comunicantes del PRI —y sobre todo de sus actitudes, prácticas y procedimientos— están fluyendo libremente entre los demás partidos convirtiendo en lentejuela todo lo que tocan, ya que estas transfusiones tricolores están en Morena, en el PAN, en el PRD y en cualquier partido mexicano que se precie de ganar alguna elección. Solo un ciego no ve el “enriquecimiento ideológico” de Morena, o del PAN con actores que no tienen su ideología y mucho menos sus prácticas originales. Ese priista que todos llevamos dentro que identificaba Carlos Castillo Peraza ha sobrevivido a varios derrumbes del PRI y no parece que hubiera lluvia de meteoritos capaz de extinguirlo.
Aún no toma posesión nuestro nuevo Presidente de izquierda y encarnación viva del pueblo, y ya ha hecho cosas muy importantes: decir que Enrique Peña es un hombre de Estado que no intervino en las elecciones y acercarse con los empresarios para garantizar que fluya la macroeconomía a la par que presenta proyectos novedosos: darle dinero a los empresarios para que contraten a millones de jóvenes. Lo bueno es que entre mexicanos, como entre jugadores de fútbol, aún tenemos la voluntad de “soñar cosas bonitas”.— Mérida, Yucatán.
iberlin@prodigy.net.mx
Antropólogo, doctor en Ciencias de la Información y excolaborador de Renán Barrera y Mauricio Vila
