El oficio de incordiar

José Rafael Ruz Villamil (*)

En el ámbito religioso de la Palestina del primer tercio del siglo I priva la enseñanza y el estudio de la Ley por encima del culto. Y no es que el judío de entonces tuviera en menos al Templo de Jerusalén, pero dada la conformación jerárquica y elitista del sacerdocio, el pueblo no es sino un mero espectador en relación con el Templo y el culto. No así en relación con la Ley, esto es, con lo que viene a ser la reflexión, el comentario y la aplicación normativa tanto de la tradición escrita como de la tradición oral que, para entonces, es toda una institución con los doctores de la Ley a la cabeza. Estos últimos, una vez terminado el proceso de formación a los pies de un maestro acreditado y no antes de los 40 años, vienen a ser ordenados Escribas; ya con el título de Rabí y portando las insignias de su rango suelen instalarse en algún colectivo donde ejercen las funciones de jueces, pero, sobre todo, de maestros: de manera regular a lo largo de la semana y de modo solemne el Sábado, cuando, ocupando la cátedra, dirigen su enseñanza al pueblo.

Tal es —como elemento de contraste— el trasfondo socio histórico del envío que, según el capítulo 6 del evangelio de Marcos, el mismo Jesús hace de sus discípulos para el que delega en ellos la potestad de hacer los signos —las obras de poder— que anuncian, y a la vez que hacen presente en la historia cotidiana de los hombres, el Reino de Dios: “Subió al monte y llamó a los que él quiso; y vinieron junto a él. Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios”.

Ahora bien, esta praxis del Reino que el Galileo quiere de los suyos tiene como rasgos propios la autonomía y la provisionalidad: tal es el trasfondo de las instrucciones del Maestro en relación a lo que han de llevar. Así, la cuestión del dinero, las túnicas, las sandalias, el bastón, la bolsa y más, si bien refleja la preocupación de Jesús de que los suyos se identifiquen con los destinatarios primeros del Reino, no tiene la intencionalidad de instituir una regla de vida rígida. Es, más bien, como el trazo a grosso modo del predicador que Jesús considera adecuado a la causa del Reino, al tiempo que un reflejo, por demás interesante, de la manera de hacer del Galileo. Y es que a diferencia de los Escribas, los discípulos —como el mismo Jesús— no han de estar atados a instancia alguna: no habrán de ser los recursos materiales y menos las instituciones lo que venga a restringir la autonomía que el Maestro quiere para sí y para los suyos.

Apoyados en la muy rica tradición de la hospitalidad de entonces, es la casa, el ámbito de lo cotidiano, el lugar privilegiado para el anuncio del Reino de Dios. Es cierto que Jesús predica en las sinagogas, pero es cierto también que acaba teniendo conflictos en ellas: de ahí que la casa resulte adoptada como el espacio alternativo de la institución sinagogal. Hay, empero, que apuntar que la sencillez de los predicadores que se acogen a la hospitalidad no es, en modo alguno, acrítica: por su propia experiencia el Maestro sabe que no siempre se habrán de dar las condiciones para el anuncio y la presencia del Reino de Dios; y así, sin imposiciones, chantajes o amenazas, el discípulo del Galileo, sabrá marcharse a otro sitio, no sin antes dejar en claro que el Reino de Dios es absolutamente incompatible con situaciones de inhumanidad: el acto público de sacudir el polvo de los pies que para entonces indicara una ruptura radical, queda como uno de los rasgos de la praxis del Reino que, por decisión del Maestro, no se acomoda ni cede a ningún tipo de intereses con tal de salir adelante.

Así y en un abierto contrapunto con la institución de los Escribas y en una antítesis franca de la institución de la Sinagoga, Jesús de Nazaret inicia, junto con los suyos y como predicadores carismáticos itinerantes —entendiendo por carisma la posibilidad de ejercer alguna función sin el aval del establishment—, no sólo la praxis del Reino de Dios sino una propuesta de autonomía humana que parte de la conciencia crítica de la provisionalidad, tanto de las instituciones como del hombre en sí ante el absoluto de la soberanía de Dios.— Mérida, Yucatán.

ruzvillamil@gmail.com

Presbítero católico

 

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