El oficio de incordiar

José Rafael Ruz Villamil (*)

Lucas 6, 17-26

Bien podría afirmarse que las bienaventuranzas pueden considerarse como la piedra de toque para valorar la praxis de los discípulos de Jesús de Nazaret en relación con el Reino de Dios en tanto que, ya en la versión conservada en el capítulo 6 del evangelio de Lucas como en el evangelio de Mateo, éstas hablan de una inversión de situaciones que, en términos generales, puede plantearse como el paso de la calamidad al bienestar y a la felicidad en un horizonte de trascendencia absoluta.

En la predicación del Galileo las bienaventuranzas contienen una promesa relacionada con el Reino de Dios ya presente, donde la propuesta profética y esperanzadora de un cambio definitivo, querido y decidido por Dios, viene a sustituir el pronóstico de una catástrofe fulminante. Esta inversión de situaciones parte de una realidad humana muy específica: la pobreza, que en la tradición de Lucas viene descrita de modo taxativo en cuanto que se refiere, sin matiz alguno, a una condición socioeconómica: de las tres posibilidades de la lengua griega para referirse a lo que es un pobre, los evangelios eligen ptojós que significa literalmente el que se agazapa o se oculta y, por extensión, el pobre en términos de carencia radical y, correlativamente, de mendicidad.

Vale, entonces, intentar una aproximación a lo que por pobre se entiende en Israel y, específicamente, en la Galilea del primer tercio del siglo I. Ante todo, hay que apuntar que la voluntad de Yahvé es que nunca haya pobres en Israel: la pobreza contradice de por sí no sólo la elección de un pueblo, sino la gesta de la liberación de Egipto. Con todo, desde los orígenes de Israel como nación, van apareciendo diferencias económicas por el afán de incrementar la propiedad; contra esta situación surge una legislación en la que se plasma un mecanismo formidable de redistribución de la riqueza para garantizar la igualdad original que ha de signar al pueblo de Dios entre las otras naciones: las leyes del año sabático y del año jubilar. Con todo, la observancia de esta legislación nunca resultó del todo satisfactoria. Más todavía y hacia el siglo X a. C. con el inicio de la monarquía —y con ella, de la expansión urbana—, el aumento de la brecha socioeconómica crece: junto al rey, y con él la clase militar, la burocracia, la aristocracia urbana, los sacerdotes del templo y los notables, aparece por expolio el pueblo sencillo, el así llamado pueblo de la tierra. La protesta de los profetas en relación con la desigualdad creciente más que factor de cambio real, queda como testimonio de la burla franca a la voluntad de Yahvé, pero también y sobre todo como motivo de esperanza y estímulo de la memoria histórica que, para el tiempo de Jesús, cobra una dimensión de expectativa harto efervescente. Y es que a partir de la ocupación romana de Palestina en 63 a. C. la concentración de la tierra en manos de unos pocos latifundistas va in crescendo con el correlato del surgimiento de una clase desposeída y reducida a la venta de su fuerza de trabajo como jornaleros, a la mendicidad, o a la pertenencia de algún grupo violento de resistencia.

A lo anterior hay que añadir la valoración social negativa que conlleva la carencia económica en el mundo mediterráneo del siglo I, donde el código honor-vergüenza determina el rol necesario para la supervivencia. El honor, claro está, corresponde a quien tiene posesiones en abundancia —todavía consideradas como signo de la bendición de Dios— y, por consiguiente, resulta incluido en un colectivo dado con todos los beneficios que la inclusión supone, mientras que la pobreza lleva aneja la vergüenza y, por tanto, la exclusión con la cauda de calamidades que le es propia.

Así, cuando el Maestro declara bienaventurados a los pobres en cuanto destinatarios primeros del reinado de Dios redefine el código honor-vergüenza de manera programática para sus discípulos: el honor no está ya en la riqueza, sino en la inclusión en el Reino de Dios. Y es que las bienaventuranzas no son, en modo alguno, una apología de la pobreza —que el mismo Jesús no quiere, ni propone, ni practica— sino, insisto, una redefinición de los valores a partir de Dios que reina como referente absoluto: la inclusión en el Reino de Dios de los excluidos por el establishment sociorreligioso oficial —al servicio, por cierto, de los intereses económicos de los privilegiados— viene a constituir lo que puede considerarse como el núcleo esencial del pensamiento de Jesús de Nazaret.— Mérida, Yucatán.

ruzvillamil@gmail.com

Presbítero católico

 

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