(Foto: Megamedia)

Identidad nuestra

Mario Maldonado Espinosa (*)

Hace unos días en un corto viaje al corazón de la República platicaba con una persona que muy bien sabía que era yucateco.

Con mucho interés y con la confianza que nos caracteriza comenzamos a platicar. Lo primero que me manifestó —lo cual me llamó mucho la atención— es que aún cuando ha venido muy poco a nuestro Estado, dice saber mucho de él, resultando cierto su dicho, pues comenzó a recitarme cada uno de los 106 municipios, comenzando por Abalá y terminando con Yobaín.

Me hablaba de los huevos motuleños y de la casa donde vivió Felipe Carrillo Puerto; de la ciudad amarilla Izamal; de los grandes palacios de la civilización maya como Chichén Itzá; de las delicias y hermosura de Progreso; de la colonial ciudad de Valladolid; del sur de Yucatán como Uxmal, diciéndome que necesitaba tomar un helado o sorbete de la plaza grande de Mérida y que no le importaba el intenso calor.

Con mucha vehemencia me dijo que alcanzó a ver el “xix”(residuo o resto de algo) del henequén, del ‘oro verde’, antes de que prácticamente se acabara. Me recitó la siguiente “bomba yucateca”: ‘Ayer al salir de misa te vi muy sonriente, pero entre sonrisa había un frijol en tu diente’. Se sabía muy bien la letra y la tonada de la canción “Pobre Huinic”.

Ante tal asombro no me quedó más que cuestionarlo cómo es que sabía tanto de Yucatán. Sonriendo me dijo: “Todo esto lo aprendí desde el tercero de primaria, no tenía ni idea de dónde se encontraba Yucatán, pero mi maestra, por cuestiones de trabajo se tuvo que venir a vivir a la capital del país, pero nunca se olvidó de su querido Yucatán, todos los días con el intenso amor que tenía por su tierra nos enseñaba de su gente, lugares, comida, costumbres, canciones; yo tengo 65 años y todavía recuerdo bien lo que mi maestra me enseñó de Yucatán y estoy muy agradecido. Hoy le enseño a mis hijos lo hermosa que es tu tierra del Mayab”.

Nos despedimos con un abrazo diciéndome de modo peculiar con el conocido tono yucateco “aporreado”: ‘Si se acaba el mundo, me voy a Yucatán’.

Esa plática me hizo reflexionar mucho ¿cómo es que una persona que no es de Yucatán sabe mucho y valora lo que nosotros tenemos?

Siempre me ha gustado hablar de mi Estado, pero esa plática me hizo valorar la riqueza que tenemos y qué tan afortunado somos. Si esta persona aún estando muy lejos valora y tiene hermosos recuerdos de Yucatán, cuánto no más deberíamos hacerlo nosotros. Sentirnos orgullosos de lo que tenemos y lo que somos.

Hoy más que nunca debemos conservar nuestra historia, cultura, edificios, gastronomía, tradiciones y costumbres, la forma de hablar, en otras palabras, conservar y promover nuestro patrimonio tangible e intangible, lo que somos y lo que nos caracteriza entre nosotros y ante el mundo. Promover lo que tenemos. La Semana de Yucatán en México, por ejemplo, es un buen escaparate.

Y digo que tenemos que hacerlo ponderadamente ante el enorme y rápido crecimiento del que Yucatán es objeto en los últimos años. Yucatán es nuestro, es de todos, lo nacidos aquí y los no nacidos en esta tierra. Sin embargo, hay que tener algo muy claro: La responsabilidad de que Yucatán siga siendo como es, es responsabilidad de todos, de los que siempre hemos estado aquí y de los que vienen a vivir de fuera. Yucatán es pacífico, hospitalario, lleno de tradiciones, es su gente, sus comunidades, su gastronomía lo que nos hace ser. Todos debemos asumir esa responsabilidad, respetar lo que somos y tenemos, es lo que nuestros ancestros nos han heredado hace muchos siglos. Nadie está dispuesto a perder esa identidad nuestra.— Mérida, Yucatán.

Asesor jurídico

 

“Esa plática me hizo reflexionar mucho ¿cómo es que una persona que no es de Yucatán sabe mucho y valora lo que nosotros tenemos?”

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