Editorial

Hombre y naturaleza

José Manuel Tec Tun (*)

Después de haber celebrado la convivencia con los finados y haber disfrutado los ricos pibes con su delicioso chocolate casero, quiero compartir una anécdota que me sucedió días antes de la llegada de los visitantes del más allá.

No lo hice público inmediatamente para no confundirlo con los acontecimientos previos a la celebración de las ánimas.

Sucedió que un día de septiembre, del año en curso, a causa de un viento muy fuerte y la lluvia se cayó un árbol de aguacate en mi patio; por cierto, esta temporada me había regalado los frutos más hermosos y abundantes.

Al día siguiente, me preparé para desgajar las ramas y liberar a otras plantas que tenía en el patio: plátanos, mamey y guanábanas.

Después de haber sacado toda la basura, hojas, ramas y frutos, lo cual me llevó tres días, vi que una mata de guanábana estaba muy deteriorada; entonces tomé la decisión de podarla y si no hubiera más remedio pues cortarla para dejar espacio a las otras.

Todo iba muy bien hasta que descubrí unos agujeros en el tronco; eso estaba observando cuando de pronto sobre mi cabeza empezó a revolotear un abejorro grande y negro: era un Balam Cab. Aclaro que no me atacó, simplemente quería entrar a su guarida, me hice a un lado y se introdujo en el tronco; al poco rato salió y se fue volando.

Yo continué cortando el árbol y después de quitar todas las ramas procedí a cortar el tronco. Al terminar de cortarlo, quise hacerlo en pedazos más pequeños, incluso lo sacudí para ver si salía otro insecto, pero sólo un poco de aserrín había.

Procedí a dar el primer corte y ahí me llevé la gran sorpresa; al golpear con el machete escuché el llanto de un bebé, volví a golpear y pude distinguir que del pedazo de madera surgía aquel llanto, di otro golpe y se escucharon varios llantos. No me dio miedo, sino que me hizo pensar que ahí estaban los pequeños hijos del Balam Cab, y estaba a punto de acabar con la familia.

Entonces decidí no seguir cortando y puse en un rincón aquel tronco con agujeros. Al poco rato regresó aquel abejorro, sólo que esta vez con su pareja y entraron al refugio natural. Todavía conservo el tronco y disfruto ver el entrar y salir de la familia Balam Cab, pues ahora son cuatro.

Estoy convencido de que si lo hubiera dado a conocer antes de los finados mucha gente iba a opinar que los llantos escuchados eran de los pixanitos. En el conocimiento maya se dice que existe una estrecha relación entre la vida del hombre y las abejas. Enhorabuena.— Mérida, Yucatán.

tekito_61@yahoo.com.mx

Antropólogo, integrante de la Academia de la Lengua Maya de Yucatán A.C.

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