Monseñor José Camargo Sosa

Jorge H. Álvarez Rendón (*)

Cuando quería era sencillo como un cántaro de agua junto a un pozo. Cual un pan dejado sobre la mesa. Grillo de canto intermitente.

Otras veces, afilado y tenso, se complicaba con datos del ayer que le venían a la mente a galope o a paso lento, caballitos de hacienda.

Estaba muy orgulloso de su apellido y sus ancestros. Como todos alguna vez nos preciamos de algo o de alguien sin inquirir mucho en otras razones que no sean estrictamente las del corazón.

A Mérida la amaba con ojos ahogados en lluvias pretéritas. Ceremonias, personajes, aconteceres que estuvieron en sus poros como recordatorios afanosos de algo que tuvo calidad y lo ha perdido.

Con nombramiento o sin él —como solía decir— fue cronista de lejanas existencias. Lanzaba en tinta sus ondas paralelas y sin desviación posible en rescate de tramas de oro ocurridas en salones del Liceo o en las academias.

Abría portones y ventanas con grandes cristales. Alababa las nervaduras floridas de aquellas casonas de cal y canto que el apetito comercial volvió comercios sin fortuna estética. Frente a un café matutino, suspiraba lo mismo por un candelabro mutilado que ante el recuerdo de un Goyo Zavala martirizado por las calles.

Lo vi afanarse por una parvada de excelsas minucias: la métrica de los villancicos, la liturgia de los “nacimientos” de diciembre, la genealogía y sus interminables venas de variable parentesco. Si le daban oportunidad, hablaba de viajeros que llegaron en carabelas por huraños días de expansión colonialista. De señoras algo orgullosas, aunque matizadas por rastros de agua de colonia y cierto desparpajo provinciano.

Fue él quien diseñara un escudo para Yucatán con un venado sobre lenguas de verdura que a lo mejor algunos aún recuerden. Con destellos de azul y rojo preparaba emblemas para obispos y monseñores.

A muchos de sus textos los llamaba “chucherías” porque estaban hechos de hilo en hilo, con pequeños hilvanes, aguja voladora y como traviesa. Algo escuchado, coloquial y empapado de simpatía. Cestitos de fragante mercancía mucha ya en desuso, pero recordable una que otra tarde.

De todas sus pláticas recuerdo las que versaban sobre sus viajes a España. Habiendo sido explorador o niño scout en sus años mozos, le gustaba conocer ciudades y provincias a pie, con un morral a las espaldas.

“Tomé el tren en Madrid, a las seis de la mañana, pero me bajé en un pueblito como a 60 kilómetros. De ahí me fui a pie porque quería ver…”.

Un convento donde estuvo de joven profesante un tal Diego de Landa. El arenal en que el Cid engañó a dos judíos con aquel baúl dizque con oro. El almendro bajo el cual parió la madre de Espronceda. Los portales en cuya sombra se encontró Lázaro de Tormes al escudero pobre, el tercero de sus amos.

Recuerdo la tarde en que —con suma delicadeza— me reveló el origen hebreo de una parte de mi rama paterna. “Es Kadaweci no Cadavieco… Nadie lo sabrá por mí”, fueron sus cautelosas advertencias, como si viviésemos en el siglo XVII dentro de la imperial Toledo o me importase mucho eso de la “limpieza de sangre”.

Voy a recordarlo cuando abra —con cautela— el dique de ese pasado que se vuelve, como decía Neruda, polvo despiadado. Silbando tonadas al salir de los conciertos de la Sinfónica, opinando en las veladas literarias, convocando las ocasionales reuniones de cronistas. Con su sonrisa franca, su enfática mano en el pecho y sus numerosas ocurrencias idiomáticas.

Ahora mismo debe andar ya muy lejos. Mitad roble, mitad ceiba. Buscando el viejo camino hacia Santiago de Compostela. Probando vinos rojos en aldeas de 19 ó 20 vecinos. Hablando a todos los extraños que halle a su paso de su Yucatán, al otro lado del mar, provincia de miel silvestre y pájaros multicolores.

Buen viaje…

Cronista de la ciudad.

 

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