Catón
Es inútil tratar de razonar con alguien para quitarle sus prejuicios: no le entraron por la razón; tampoco por la razón se le podrán salir.
El presidente López Obrador tiene metido hasta la médula el prejuicio de que el pueblo en su totalidad es bueno y sabio, en tanto que todos los empresarios son bribones y corruptos (excepción hecha, claro, de aquellos que le son adictos).
De ahí la última de sus ocurrencias. La más reciente, digo, porque está claro que no será la última. Esa idea suya de la autoconstrucción, la de entregar el dinero del Infonavit directamente a los trabajadores, para que ellos construyan por sí mismos su vivienda, es una aberración mayúscula que causará graves daños a los propios trabajadores y al país.
La construcción de casas es una actividad sumamente especializada que sólo la pueden hacer bien quienes se dedican profesionalmente a ella. Ciertamente ha habido casos —y no pocos— de constructores ineficientes o inmorales, pero eso no autoriza al Presidente a generalizar, y menos aun y a poner en manos de los trabajadores una tarea para la que no están preparados.
Se perderá el dinero que se les dará so pretexto de eliminar la intermediación, y si alguno llega a construir su casa con sus manos, será una obra deficiente, pues nadie puede ser al mismo tiempo albañil, plomero, electricista, carpintero, yesero, y menos aun contratista, arquitecto o ingeniero.
“Primero los pobres”. Es la proclama de López Obrador, mil veces repetida. De nuevo se concretará ese lema, pues los pobres serán los primeros perjudicados por esta medida populista, demagógica y desconocedora por completo de la realidad…
El demonio, también llamado espíritu maligno, diablo, chamuco, patas de cabra, demontre (o demonche), patetas, Pedro Botero, etcétera, el demonio, digo, fue a tentar a Cenobio el ermitaño. “Dame tu alma —le dijo en la mejor tradición de Mefistófeles— y a cambio pondré a tus pies todo el oro del mundo”.
El santo varón hizo un gesto de desdén y contestó: “Me río de la riqueza”. Le ofreció el tentador: “Dame tu alma y te haré el hombre más poderoso de la Tierra”. Otra vez respondió el anacoreta: “Me río del poder”.
Insistió el ángel caído: “Dame tu alma y te haré dueño de todo el saber de los hombres”. Reiteró el cenobita: “Me río de la sabiduría humana”. En eso apareció en la gruta una hermosa mujer. Desnuda por completo ondeaba el voluptuoso cuerpo con movimientos lascivos e incitantes. Sus ojos brillaban como carbunclos en la oscuridad; abría la boca para dejar ver una lúbrica lengua; su cabellera parecía una cascada de ébano; sus senos se agitaban como pidiendo manos de hombre que los sostuvieran; cimbreante su cintura, se erguía enhiesta su exuberante grupa; sus ebúrneos muslos.
Le dijo el diablo al ermitaño: “Dame tu alma y haré que esta mujer yazga contigo”. “Se me acabó la risa —dijo en este punto el ermitaño—. Venga la mujer”.— Saltillo, Coahuila.
