Tragedia que mostró la fragilidad de la vida
Roger Antonio González Herrera (*)
Recuerdo aquel domingo de junio, era el día de San Juan y ya se respiraba en el ambiente esa inconfundible sensación relajante y despreocupada que traen las vacaciones de verano, casi sentía el olor del pescado frito alterando el sentido del gusto y añoraba el inconfundible sonido de las olas visitando la playa.
Nuestro puerto preferido era Dzilam de Bravo y, para otros más “acomodados” del pueblo, Santa Clara. De cuando en cuando, realizábamos excursiones improvisadas a la costa; de repente, papá nos subía a su vetusto jeep Wrangler rojo y arribábamos a una playa desierta equipados con todo lo necesario para pasar una tarde de juegos y aventuras entre hermanos.
Pero aquel domingo, la sombra de la tragedia, rondaba de manera misteriosa.
Aquella mañana, sin embargo, me tocó quedarme en casa y sólo alcancé a despedirlos desde la puerta con la tristeza royéndome en mi alma de niño, mientras veía alejarse la vagoneta repleta de algarabía y de adolescentes ávidos de arena y de mar.
Mi mejor amigo en esos años de la infancia era Rich. Un chamaco travieso, pero noble, de pelo “mulix” y que era el hijo más pequeño de don Rodrigo, cabeza también de una familia numerosa y que ejercía el oficio de taxista. Vivían justo “contra-esquina” de nuestra casa y, a ellos, nos unían entrañables sentimientos de camaradería y de amistad.
Por motivos de su trabajo, don Rodrigo viajaba todos los días a la ciudad de Mérida y eran memorables esas tardes cuando regresaba e, invariablemente, siempre traía consigo un regalo para Rich; algún juguete, golosina, pelota o equis cosa, que mi amigo siempre compartía con la banda de manera generosa.
El mundo se veía fácil y el futuro promisorio, ninguna nube gris se asomaba en nuestra imaginación. Todos teníamos planes maravillosos para desarrollar y nuestras vidas se repartían entre la escuela, el atrio de la iglesia y los juegos de “pesca pesca” en el parque del pueblo.
Aquel domingo, ambos nos quedamos con mi hermanito San (una auténtica “bala perdida”) en casa y dedicamos todo el día y la tarde a jugar en el patio y a ver caricaturas en la enorme televisión de blanco y negro que coronaba la sala de nuestro hogar.
A eso de las 6 de la tarde, nuestro mundo comenzó a cambiar. Adultos corriendo por aquí y por allá, susurros y miradas tristes, escandalosos gritos desgarradores, mamá llorando desconsoladamente en un rincón, el doctor del pueblo llegando de prisa y una nube oscura apoderándose del cielo vespertino como anunciando una tormenta. La orden fue contundente: “que los niños se vayan al cuarto y de ahí no salgan hasta que les digamos”.
El encierro fue largo y tratamos de entretenernos contando historias, mientras nos mecíamos en las hamacas; pero, la curiosidad era más grande, así que, en un momento dado, me escabullí y descubrí el motivo de tanto misterio y preocupación.
En la casa de enfrente, una multitud de vecinos se había reunido expectante, me colé entre piernas y llantos y ahí, en el piso, la imagen dantesca de 6 cadáveres cubiertos con sábanas blancas quedó tatuada para siempre en mi mente.
La tragedia se suscitó en las llamadas “bocas de Dzilam”. Los intrépidos visitantes se habían trasladado hasta ahí en una lancha y se bañaban despreocupadamente, pero no contaban con que la marea subiría y que no todos sabían nadar. En la desesperación de rescatar a unos y otros, se originó el ahogamiento de casi todos los miembros de una familia y del lanchero, ante la mirada dramática de quienes se quedaron en la embarcación; escena indescriptible que los marcó para siempre.
Sólo sobrevivieron 3 de los ocupantes de la lancha, entre ellos un bebé y mi hermana, que se convirtió en la heroína al llamar la atención de un lejano barco pesquero, después de largas horas de andar a la deriva en alta mar. En situaciones extremas, surge el carácter y la entereza para afrontar la adversidad y este fue el caso que evitó que la tragedia fuera mucho mayor.
Los años pasaron y todos fuimos distintas personas, se esfumó de un plumazo esa inocente idea de que el mundo es sólo felicidad y veranos maravillosos.
Entonces caímos en cuenta de que no hay explicaciones razonables para justificar este tipo de acontecimientos, que la vida es extremadamente frágil y que la muerte, fría y desgarradora, está acechando inmisericorde para llevarse a personas que amamos y pedazos de felicidad.
Ese día, que fue el más largo del año, en ese verano que nos cambió, Rich dejó de ser ese niño travieso que nos alegraba la vida y, ante nuestros ojos, envejeció prematuramente.— Mérida, Yucatán.
rogergonzalezh@hotmail.com
Profesor
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