Editorial

Relatos de miedo

Roger González Herrera (*)

Los días de finados se vivían de manera muy especial en el pueblo.

De manera mágica, a finales de octubre, el aire cambiaba; el viento que llegaba traía un dejo de nostalgia y los primeros frentes fríos del invierno comenzaban a generar “heladez” y propiciaban que la gente abriera sus roperos para sacar los suéteres y las chamarras que, pacientemente, llevaban muchos meses en el olvido.

De algún lugar lejano llegaban los rezos para los difuntos como una fórmula mágica para convocar a las ánimas y también para “curar en salud”, tanto a las plañideras como a los asiduos parroquianos, porque “si no ruegas por los difuntos, Dios quizá permita que luego los demás se olviden de ti”.

El olor del incienso de la iglesia y de las casas donde se hacían los rezos se mezclaba con el delicioso aroma de los “pibes” y del espeso chocolate tradicional.

Sentados en la “escarpa” de la tienda de don “Copoh” o bajo los laureles del parque, nos juntábamos un grupo de inseparables amigos para hablar y contar historias de miedo y de terror.

Que el “huaychivo” se aparece en el rumbo de las 5 calles, que fulanito de tal en las noches de luna llena se convierte en un enorme perro y anda de patio en patio brincando las albarradas y toda una serie de historias fantasiosas que incluían aves extrañas, ovnis y extraterrestres, así como ruidos de cadenas en las calles y de otros seres fantasmagóricos que aparecían en estas épocas de finados.

Uno de los más grandes retos para los niños de entonces era elaborar lámparas artesanales con latas vacías de leche, con una botellita de gas morado y una ingeniosa mecha de tela. Las lámparas, a las que les colocábamos un hilo de alambre recosido para sostenerlas sin riesgo de quemadura, eran toda una sensación para nosotros los adolescentes de esos años.

Armados con ellas, nos encaminábamos al cementerio municipal, al cual entraban únicamente los más osados en una muestra singular de valor y luego recorríamos el cabo y las afueras del pueblo en una odisea nocturna con ciertos gritos en maya convocando a las tristes ánimas a salir del olvido.

Nunca supe a ciencia cierta qué significaba “honchalac” y tampoco recuerdo por qué hacíamos eso o cuál era su significado mágico o lógico, sólo que era una forma de diversión sin igual que esperábamos con impaciencia todo el año.

El problema era siempre lo que seguía después de que la banda de amigos rompía filas y el trayecto hasta la casa, que casi siempre terminaba en una desesperada carrera, como si algún “finado” me persiguiera en las oscuras calles del pueblo. Solo encontraba refugio seguro en mi hamaca y totalmente tapado con una sábana o cobertor, dependiendo del clima, y cuidadito de bajar el pie porque podría el incauto muchacho llevarse el susto de su vida, porque el anima traviesa (cuál fantasma chocarrero) vigilaba pacientemente la menor oportunidad para hacer su travesura y espantarme.— Mérida, Yucatán.

Profesor

 

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán