Mirada antropológica

Rodrigo Llanes Salazar (*)

Una de las películas más aclamadas en este extraordinario 2020 ha sido “First cow” (“La primera vaca”), dirigida por Kelly Reichardt y basada en la novela de Jon Raymond “The Half Life”.

Publicaciones influyentes como “Time” y “The Atlantic” la han calificado como la mejor película de este año y el filme quedó en los primeros lugares de las listas de las mejores cintas de 2020, un año en el que los cines tuvieron que cerrar sus salas y en el que se disparó el consumo de servicios de transmisión en plataformas.

Con excepción del inicio, la trama de la película está situada en el territorio de Oregón en la década de 1820, en el contexto del tráfico de pieles, actividad económica que “tendría una repercusión profunda en los pueblos nativos de la América del Norte y en sus modos de vida, y constituiría uno de los episodios más espectaculares en la historia de la expansión mercantil europea”, como escribió el antropólogo Eric R. Wolf en su magistral libro “Europa y la gente sin historia”.

Personajes

Los protagonistas de la historia son Otis Figowitz, apodado “Cookie” (cocinero), un joven panadero que aspira abrir un hotel en San Francisco; King Lu, un inmigrante chino hábil para el comercio; y sí, una vaca.

Cookie dice que trabajaba para una pequeña compañía que traficaba piel de castor, el llamado “oro suave”, uno de los principales objetivos del comercio norteamericano, especialmente —como explica Wolf— “después de las postrimerías del siglo XVI”, cuando “el animal menguó mucho en Europa”.

La lana de piel del castor se procesaba y se convertía en fieltros para telas y sombreros. La importancia del tráfico de piel de castor obedeció a la demanda de las clases altas europeas para tener sombreros de copa alta o cónicos que los distinguieran de las más corrientes cachuchas que usaban las clases bajas. La trama de la película se desenvuelve justamente cuando el sombrero de castor comenzó a pasar de moda en Europa y fue sustituido por sombreros de seda.

“First cow” ha sido considerada en algunos casos un “western” o película del Oeste. Nos presenta a pioneros que exploran territorios aparentemente no tocados por el hombre —al inicio de la película, Lu señala que “la historia aún no está aquí”, en estas tierras—.

La dirección de fotografía, a cargo de Christopher Blauvelt, es uno de los aspectos a destacar de la película. El filme es presentado en una relación de aspecto 4:3, es decir, no se proyectan grandes tomas de paisajes, sino más bien rectángulos verticales que se centran en los personajes, con una exuberante naturaleza con tonos inspirados en las pinturas del oeste de Estados Unidos hechas por Winslow Homer y Frederic Remington.

La película es interesante para explorar a través de la ficción algunas facetas del capitalismo global del siglo XIX —el consumo de sombreros en Europa, la cacería de castores, el comercio de sus pieles—, así como del “Antropoceno”. Conforme fue avanzando el tráfico de piel de castor de la costa este a la oeste, este animal fue extinguiéndose.

Como apunta Wolf, “hacia 1640 habían casi desaparecido los castores en la región iroquesa”, en el noreste de lo que hoy es Estados Unidos. A los castores les siguieron los búfalos. Las vacas, por el contrario, lejos de desaparecer, proliferaron.

Esta película nos cuenta la historia de la primera de ellas en el territorio de Oregón. Como apunta el historiador Yuval Noah Harari, ahora el mundo alberga más de 1,000 millones de vacas (“De animales a dioses. Breve historia de la humanidad”). La Tierra en el Antropoceno ha sido remodelada para alimentar a estos millones de vacas.

No deja de ser interesante que el título de la película sea “La primera vaca”. En los créditos sabemos que, en la vida real, la vaca se llama Evie. En la cinta, ella es la primera en el territorio de Oregón, y es propiedad del “Jefe”, un rico terrateniente británico.

Con su ordeña clandestina, Cookie y Lu comenzarán a hacer una pequeña pero prometedora fortuna al preparar y vender con éxito “oily cakes”, una especie de buñuelos endulzados con miel y canela.

La primera vaca es protagonista de la historia, pero también lo son otros animales, y bien valdría la pena pensar este asunto en términos de la “teoría del actor red” (TAR), desarrollada por Bruno Latour entre otros.

Esta teoría reprocha a las ciencias sociales y humanas que, en sus estudios sobre la sociedad, han excluido a los “actores no humanos”. La TAR propone estudiar “colectivos”, redes o conexiones entre actores humanos y no humanos, ya que lo que generalmente llamamos “vida social” no depende solo de las acciones humanas, sino también de actores no humanos, desde perros hasta caballos, desde arcos y flechas hasta reactores nucleares, desde microbios hasta virus (¡como nos lo ha recordado el SARS-CoV-2!); todos ellos son igualmente condicionantes de nuestras trayectorias compartidas. Así, la trama en “First cow” no solo obedece a las humanas ambiciones de los traficantes de pieles o a las aspiraciones de Cookie y Lu de hacerse una mejor vida, sino también a la capacidad de la vaca de dar leche.

No voy a contar escenas del final para no arruinar la historia a quien no haya visto la película, pero uno de los mejores momentos de la cinta es una genuina interacción —no intencional, según el personal del filme— entre Cookie y la vaca.

Asimismo, la acción de un gato es un detonante clave del desenlace de la película. El hallazgo de un perro es el que enmarca el inicio de la trama.

Los árboles, el río, la canoa y, desde luego, los “oily cakes” también son protagonistas de la historia (la revista “Vulture” ha publicado una receta para cocinar los buñuelos del filme).

Todo esto nos recuerda que los seres humanos no somos tan excepcionales como comúnmente nos consideramos; que no solo nuestros sueños, ambiciones, proyectos y acciones dan curso a la historia, sino que ésta también es construida por las acciones de actores no humanos y las formas en que nos relacionamos con ellos.

El tráfico de piel de castor está llenó de relaciones de poder, jerarquía, violencia y explotación entre exploradores, cazadores, comerciantes y, desde luego, castores. Un momento memorable de la película es cuando el Jefe, dueño de la vaca, pide a Cookie que cocine un clafoutis —una tarta francesa— para ofrecerle a un Capitán que los visitará. El objetivo del Jefe es humillar al Capitán, demostrarle que en estas tierras salvajes también tienen lujos como los clafoutis.

Pero, como observó Stephanie Zacharek para su reseña de la película publicada en “Time”, “First cow” también es una reflexión sobre la “masculinidad tierna”.

La relación entre Cookie y Lu se aleja de los mandatos de la masculinidad hegemónica y tóxica. Ambos han sufrido abusos cometidos por otros hombres o huyen de ellos. Comparten aspiraciones y, una y otra vez, cuando uno esperaría encontrar abandono —única advertencia de spoiler—, halla cuidado. El filme usa un epígrafe de William Blake: “el pájaro tiene su nido, la araña su tela, el hombre la amistad”.

Concluyo contando el inicio de la película. En el presente, una mujer y su perro caminando en un bosque encuentran dos esqueletos enterrados juntos. Esto nos anuncia que la historia contada en “First cow” no es cosa del pasado, sino parte de nuestro presente.— Mérida, Yucatán.

rodrigo.llanes.s@gmail.com

Investigador del Cephcis-UNAM

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