Mirada antropológica

Rodrigo Llanes Salazar (*)

“La invención de los libros ha sido tal vez el mayor triunfo en nuestra tenaz lucha contra la destrucción. A los juncos, a la piel, a los harapos, a los árboles y a la luz hemos confiado la sabiduría que no estábamos dispuestos a perder”, escribe Irene Vallejo en “El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo” (Sirela, 2019).

“La invención de los libros ha sido tal vez el mayor triunfo en nuestra tenaz lucha contra la destrucción. A los juncos, a la piel, a los harapos, a los árboles y a la luz hemos confiado la sabiduría que no estábamos dispuestos a perder”, escribe Irene Vallejo en “El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo” (Sirela, 2019).

            Filóloga y talentosa divulgadora del mundo clásico, Vallejo aborda distintos temas griegos y romanos que nos resultan sugerentes y estimulantes para abordar problemáticas actuales. Una de las virtudes de “El infinito en un junco” es que Vallejo hace dialogar el pasado con el presente. Así, las referencias a Homero, Eurípides u Ovidio conviven no solo con temas presentes en grandes libros contemporáneos y películas como “El cielo sobre Berlín”, “El Lector”, “El nombre de la rosa”, “Ciudadano Kane” o “Rashomon”, sino también con discusiones y preocupaciones de hoy.

Dividido en dos grandes partes, “Grecia imagina el futuro”, y “Los caminos de Roma”, “El infinito en un junco” inicia con la legendaria Biblioteca de Alejandría de Egipto y el sueño de Alejandro Magno de construir una civilización humanista e ilustrada, si bien lograda a costa del sometimiento de pueblos.

Así, la civilización helenística nos resulta no solo un conjunto de interesantes datos sobre el pasado, sino que nos hace pensar en la globalización actual; mientras que la posición de Roma de adoptar y asumir el legado de Grecia nos remite a temas de apropiación, mezcla y remezcla en la actualidad.

Por ejemplo, la globalización de la civilización helenística nos invita a pensar críticamente en nuestras aspiraciones y angustias en torno a la homogenización cultural y la irrupción de lo diferente en nuestros entornos. En los tiempos de la Grecia clásica, grandes partes de Europa y Asia fueron marcadas por “ágoras, teatros, gimnasios, inscripciones en griego y templos con frontones decorados”. Estos “eran los signos distintivos de aquel imperialismo, como hoy lo son la Coca-Cola, los McDonald’s, los anuncios luminosos, los centros comerciales, el cine de Hollywood y los productos de Apple”. Más allá de estos paralelismos de homogeneidad, Vallejo observa que, “igual que en nuestra época, había fuertes corrientes de descontento” y “aumentó el miedo al otro, al diferente”, como hoy lo hace el racismo y la xenofobia.

Por estas razones resulta pertinente traer al presente las “Historias” de Herodoto, ya que esta obra nos enseña que “la línea divisoria entre la barbarie y la civilización nunca es una frontera geográfica entre diferentes países, sino una frontera moral dentro de cada pueblo; es más, dentro de cada individuo”. Herodoto logra esto al construir sus historias a partir de las versiones de los persas y fenicios, no de la de los griegos. Para Vallejo, se trata de una invitación a buscar la versión del otro.

Regresando a la biblioteca de Alejandría, las palabras de Vallejo nos hacen preguntarnos cuánto de nuestra vida actual en internet le debe a las primeras bibliotecas, a aquellas innovaciones en las clasificaciones de libros y del conocimiento. Por ejemplo, el protocolo “http” “actúa como las fichas de solicitud que rellenamos para pedirle al bibliotecario que busque el libro deseado”. “Internet -escribe Vallejo- es una emanación -multiplicada, vasta y etérea- de las bibliotecas”.

Uno de los hilos conductores de “El infinito en un junco” es la materialidad misma de los libros. El título del libro alude a las posibilidades que caben en un determinado material. “La invención del libro -escribe Vallejo- es la historia de una batalla contra el tiempo para mejorar los aspectos tangibles y prácticos -la duración, el precio, la resistencia, la ligereza- del soporte físico de los textos. Cada avance, por ínfimo que pudiera parecer, incrementaba la esperanza de vida de las palabras”.

Así, el libro se remonta a la elaboración de tablillas de arcilla en Mesopotamia. Explora los papiros de juncos egipcios. “El junco de papiro hunde sus raíces en las aguas del Nilo”, escribe Vallejo. “El primer libro de la historia nació cuando las palabras, apenas aire escrito, encontraron cobijo en la médula de una planta acuática”.

Egipto monopolizaba la producción de papiro. Vallejo nos invita a imaginar el papel que jugaba este material en aquella época comparándolo con el coltán que se usa para fabricar nuestros teléfonos inteligentes o comparando las decisiones de los faraones y reyes egipcios sobre el precio de las variedades del papiro en el mercado con los países exportadores de petróleo.

De las tablillas de arcilla y los rollos de papiro egipcios pasamos por los pergaminos fabricados con pieles de becerro, oveja, carnero o cabra – “un gran manuscrito podía causar la muerte de un rebaño entero”- a los códices encuadernados y cuadernillos con tapas duras de los romanos.

La historia de los materiales de los libros se entreteje con los cambios en las formas de leer, con las historias de los autores de los textos, de sus copistas, editores, mecenas, libreros, bibliotecarios, coleccionistas e, incluso, fanáticos.

También se entrelaza con la transición de la oralidad a la escritura, transformación que podemos imaginar a partir de los dilemas y conflictos que surgen cuando aparece una nueva tecnología, como internet y los teléfonos inteligentes. Así, en las personas que se resisten a sucumbir en la digitalización del mundo podemos encontrar rastros de quienes, aún sabiendo leer y escribir, optaron por la oralidad: Sócrates, Pitágoras, Diógenes, Buda y Jesús de Nazaret.

Sócrates, quien nunca escribió un libro, argumentaba que “la palabra escrita parece hablar contigo como si fuera inteligente, pero si le preguntas algo, porque deseas saber más, sigue repitiéndote lo mismo una y otra vez. Los libros no son capaces de defenderse”. Me pregunto qué diría Sócrates de bocinas “inteligentes” como Alexa.

Vallejo conecta la destrucción y prohibición de libros en la antigüedad con las discusiones en torno a la censura y las actuales políticas de cancelación en internet. A propósito de censurar lo que hoy es considerado lenguaje ofensivo, como en el caso de la eliminación de la palabra “nigger” (“negrata”) en una edición reciente de “Las aventuras de Huckleberry Finn”, Vallejo argumenta: “Un Huck Finn saneado puede enseñar mucho a los jóvenes lectores, pero les hurta una enseñanza esencial: que hubo un tiempo durante el cual casi todo el mundo llamaba ‘negratas’ a sus esclavos y que, debido a esa historia de opresión, la palabra se ha convertido en tabú. No por eliminar de los libros todo lo que nos parezca inapropiado salvaremos a los jóvenes de las malas ideas. Al contrario, los volveremos incapaces de reconocerlas”.

            Además de las constantes comparaciones entre el mundo antiguo y el contemporáneo, a lo largo de las páginas de “El infinito en un junco” podemos encontrar un tono personal y feminista.

            “El infinito en un junco” es un libro emparentado con el ya célebre “Mujeres y poder” de Mary Beard (el cual es citado en varias ocasiones). Este libro parte del silenciamiento de Penélope en la “Odisea” para construir una crítica feminista de que la palabra pública debe ser cosa exclusiva de los hombres. Por su parte, Vallejo nos recuerda que “el primer autor del mundo que firma un texto con su propio nombre es una mujer”, Enheduanna, poeta y sacerdotisa de Mesopotamia.

            Asimismo, Vallejo destaca a la poeta Safo y su abordaje del deseo como una forma de rebeldía. Safo escribió “Dicen algunos que nada es más hermoso sobre la negra tierra que un escuadrón de jinetes, o de infantes, o de naves. Pero yo digo que lo más bello es la persona amada”. Para Vallejo, “estas palabras sencillas esconden una revolución mental”, ya que, “en un mundo profundamente autoritario, el poema sorprende porque contiene múltiples perspectivas, e incluso parece celebrar la libertad del desacuerdo. Además, se atreve a cuestionar aquello que la mayoría admira: los desfiles, los ejércitos, el despliegue y el alarde de poder”. También nos ofrece una “lista provisional de escritoras casi borradas”, como Corina, Telesila, Mirtis, Praxila, entre otras, y expone lo poco que se conoce sobre mujeres rebeldes y transgresoras del mundo antiguo, como Asparia e Hiparquia de Maronea.

            “A veces, no hay nada como conocer bien a los clásicos para saber por dónde se pueden abrir nuevos caminos”, escribe Vallejo.

Probablemente, “El infinito en un junco” se convertirá en un clásico. Me permito destacar una de sus enseñanzas: “los libros nos han legado algunas ocurrencias de nuestros antepasados que no han envejecido del todo mal: la igualdad de los seres humanos, la posibilidad de elegir a nuestros dirigentes, la intuición de que tal vez los niños estén mejor en la escuela que trabajando, la voluntad de usar -y mermar- el erario público para cuidar a los enfermos, los ancianos y los débiles. Todos estos inventos fueron hallazgos de los antiguos, esos que llamamos clásicos, y llegaron hasta nosotros por un camino incierto. Sin los libros, las mejores cosas de nuestro mundo se habrían esfumado en el olvido”.

Investigador del Cephcis-UNAM

rodrigo.llanes.s@gmail.com

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