Un feminicidio más…

Edgardo Arredondo Gómez (*)

“La historia es la suma total de todas aquellas cosas que hubieran podido evitarse”, Konrad Adenauer

El reporte del certificado fue contundente: fractura de las dos primeras vértebras cervicales. La víctima inerte con huellas de haberse orinado, y después de haber visto las imágenes que fueron tan viralizadas no dejaron lugar a dudas: La muerte fue por ahorcamiento, el agente responsable no fue una cuerda, alambre, las manos o el antebrazo, fue la rodilla de una mujer policía descargando sus más de 70 kilos contra el cuello y con el pavimento haciéndole de contra.

Así fue como murió Victoria, la mujer salvadoreña asesinada, sí, así con todas sus nueve letras, por las fuerzas del orden.

El acto es desde cualquier óptica que se analice: una tragedia. Victoria Esperanza Salazar Arrianza, de 36 años, había llegado a Tulum en 2018 con una visa humanitaria del gobierno para residir y trabajar en México. Había salido dos años antes de su país, internándose en Chiapas con sus dos hijas, en aquel entonces de 10 y 11 años de edad. En su calidad de refugiada, Victoria intentó rehacer su vida, huyendo de la violencia de su país, de la pobreza, de las pocas oportunidades, trayendo consigo como único patrimonio a sus hijas, y escapando del maltrato machista del padre de las menores.

Las imágenes tan difundidas de su llegada a la tienda de conveniencia deja ver a una mujer alterada, sin darse a conocer claramente los motivos, que hace alboroto y esgrime como arma letal no una pistola, un cuchillo o algún otro objeto punzocortante, solamente un garrafón vacío, mientras discute con el personal del local. La mujer abandona el lugar solo para caer en la trampa mortal. El duro testimonio de una de las empleadas: “De haber sabido nunca hubieran llamado a la policía”.

Los cuatro elementos intentan detener a la mujer sin tener, y es claro, el oficio y menos el adiestramiento necesario. Se puede ver primero a Victoria boca arriba, pataleando como “niño berrinchudo”. Comienzan las conjeturas, era esperar que se calmara, se pusiera de pie por sus propios medios, rodearla o encapsularla (como ahora se le llama) y esposarla. Lejos de eso es colocada boca abajo.

Las maniobras de sujeción siendo cuatro elementos permitirían, colocarse a uno de ellos a horcajadas en el dorso, y sujetar la cabeza con las manos en tanto otro elemento le colocara las esposas, pero nunca la rodilla al cuello. Caso semejante al de George Floyd, hombre asesinado por la policía de Minneapolis con la diferencia que el crimen ocurre por asfixia, en este caso la brusca maniobra produce la llamada “fractura del ahorcado”, se secciona la médula espinal. La muerte es casi instantánea.

Después con horror vemos a los policías que no saben qué hacer contemplando el cuerpo inmóvil. La suben como un fardo a la camioneta, y se la llevan.

Lo que ha ocurrido después también es del conocimiento público. “Castigaremos a los responsables”, “esto no quedará impune”, y el acostumbrado y largo etcétera.

Vida de la migrante

Comienzan a salir los hilos de la madeja de lo que fue la vida y tragedia de Victoria. A los pocos días detienen al que fuera su pareja, ahora se sabe que la mujer vivía un tremendo conflicto porque había denunciado semanas antes a este sujeto por maltratos y al parecer abuso sexual de una de sus hijas, que después de los hechos había huido y fue localizada posteriormente. Al drama personal de Victoria de dejar lo que tenía para buscar una nueva vida, se agrega una historia de maltrato, ahora en México, donde se detiene al agresor después que la mujer que clamaba justicia ya no está.

Su calidad de extranjera le da al caso un matiz diferente: ¿Qué hubiera pasado si en lugar de Victoria, la mujer que escandalizaba hubiera sido una “springbreaker” estadounidense o canadiense, la reacción hubiera sido igual?

Nayib Bukele, el presidente salvadoreño, condenó el acto, pidió justicia, pero en medio del Twitter que envió, publicó una noble sentencia: “Somos pueblos hermanos, personas malas hay en todos lados, no olvidemos eso”.

¿Cómo habrían reaccionado Joe Biden o Justin Trudeau?

Los cuatro elementos han sido detenidos, serán procesados. Homicidio culposo, pero al fin de cuentas homicidio; no olvidemos que la maniobra que ocasiona directamente el deceso fue perpetrada por otra mujer, que también como Victoria seguramente es madre de familia, y estará en una situación trágica.

Los restos de Victoria ya descansan en su país natal; la última pareja que la vejó y maltrató: detenida. Sus hijas bajo custodia con un ofrecimiento de pensión vitalicia por parte del presidente salvadoreño.

Y de nuevo las protestas entendibles, lógicas, razonadas y justificadas de los grupos feministas, y uno comienza a mirar con asombro que empezamos a acostumbrarnos como sociedad, y eso duele, y duele que ya no nos sorprenda uno de los diez feminicidios que ocurren en nuestro país al día; pero también la protesta por la muerte de Victoria tiene sus propias aristas.

“Siempre Unidas” pintó un mural de Victoria Salazar que fue grafiteado con mensajes misóginos y políticos. Para rematar, basta ver todo lo que se publicó en redes sociales después que el colectivo feminista denunció el hecho, para darnos cuenta que somos una sociedad cada vez más polarizada, menos empática al sufrimiento ajeno, dividida y enferma.

El caso de Victoria debe servir para hacer una condena unánime, pero a cambio abundaron frases como: “Para qué vienen, que se queden en su país”, insultos racistas de todo tipo, en un país que se queja lastimosamente del maltrato a nuestros paisanos en Estados Unidos; ataques a los grupos feministas: “ustedes si pueden grafitear, pero no permiten que les grafiteen”, hasta otros que denuncian que todo es un complot contra la 4T.

Las comparaciones duelen, pero la brutalidad policíaca no tiene exclusividad. En México, lamentablemente tenemos un largo historial de abuso policiaco, pero ahora queda claro que la falta de preparación, y la bestialidad es tan cuestionable como nuestra reacción a los hechos. Si podemos sostener un celular para grabar este tipo de abusos, porque no atreverse en el momento a algo más, cuando menos pegar de gritos, insultar, interferir físicamente, y ¿por qué no? una llamada al 911, para denunciar que están presenciado un abuso policiaco… y confiar que el Estado, que constitucionalmente es el único que tiene derecho al uso de la fuerza lo haga correctamente.

Recuerdo el doloroso caso ocurrido aquí en Merida hace ya muchos años de un muchacho, que una vez más, alcoholizado y drogado hacía destrozos en la casa; su madre cansada de la situación llamó a la policía. El chico fue golpeado en el camino y murió en los separos. Quién le podía quitar el dolor a la mujer, que entre sollozos y quebrada no dejaba de repetir que había sido su culpa por llamar a la policía.

El hubiera…

Mi adorada madre siempre me repetía: “el hubiera es una palabra que no debe de existir en nuestras vidas”. ¿Qué hubiera pasado si se le dejaba en paz a Victoria?, si no se hubiera llamado a la policía, si la agente no hubiera colocado la rodilla en maniobra tan absurda como mortal.

¿Qué hubiera pasado si el que grababa las imágenes en lugar de eso soltaba su teléfono y se enfrentaba a los policías? Pero el hubiera fue creado para aprender del pasado y no repetir los errores cuando la cruda realidad se estampa como una bofetada. Debemos de dejar de ser la sociedad del hubiera, y centrarnos en que nos estamos dirigiendo a un punto de no retorno, en donde con tiempo sí hubiéramos podido hacer algo mejor.— Mérida, Yucatán

arredondo61@prodigy.net.mx

Médico y escritor

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