El alcoholismo y la depresión
Ricardo Alberto Gutiérrez López (*)
Uno de los obstáculos más difíciles en el alcoholismo es lidiar con la incomprensión de los demás que piensan que es algo que se puede resolver con fuerza de voluntad.
Aunque sí es indispensable que la persona quiera recuperarse, es necesaria la ayuda de otros y de un poder superior. Quien no la padece, generalmente no entiende que se trata de una enfermedad que va más allá; que no se controla solamente con desearlo. Es una afección de las emociones.
Como toda afección grave, es necesaria mucha ayuda, incluso psiquiátrica, para poder empezar a restablecer el sano juicio. El dejar de beber no es suficiente para solucionar el problema ya que el alcoholismo es una manifestación de este mal. Y es que el alcoholismo no se presenta solo. Generalmente va acompañado de otra manifestación igualmente destructiva: la depresión.
Cuando la persona que está deprimida se mantiene en ese estado, la gente no entiende por qué no puede vencer su tristeza; por qué no puede salir de su angustia y miedo. Es común pensar que no tiene voluntad para superar esta etapa.
Es difícil que los que no padecen este mal acepten que, a pesar de hacer el esfuerzo, se fracasa. Tanto el deprimido como el alcohólico son tratados con intolerancia. ¡Cuánta incomprensión hay hacia estas dolencias! Son dos afecciones que no despiertan compasión en los demás.
Viene a mi memoria la letra de una canción muy popular de mi juventud: “Nadie comprende lo que sufro yo… todos me miran y se van”; y describe a la perfección lo que siente un deprimido.
Sé por experiencia, que la única solución a la depresión es un tratamiento médico especializado para evitar las fases agudas de esta enfermedad con el fin de ayudarnos a pensar con claridad y serenidad en nuestra situación.
Además de incomprendida, resulta terriblemente egoísta pues nos ciega para ver y oír a los demás. En su interior sólo vemos nuestro propio sufrimiento, nos entregamos a la autocompasión sin percatarnos que eventualmente la autocompasión se convertirá en autodestrucción.
Y es por esa autocompasión que nos volvemos egoístas en nuestro dolor. Es un dolor subjetivo que aunque parezca real en nuestra mente, muchas veces no corresponde con la realidad. No vemos, o no quereos ver, que la realidad puede ser muy distinta. Para el deprimido es más cómodo mantenerse derrotado, ya que de este modo no tiene obligaciones ni con los demás ni consigo mismo, dejando que los demás hagan todo, abusando frecuentemente de las personas que se mantienen a su lado.
Tendemos a culpar a Dios de nuestro infortunio, pero Dios no tiene la culpa. Son nuestras malas decisiones las que nos ponen en el camino del sufrimiento y los demonios internos nos impiden ver la luz al final del túnel.
De poder verlo, podría darse cuenta de que sí hay esperanza, que puede superar su mal. Y que al lograrlo podrá apreciar que la vida vale la pena y que puede ser feliz. Que muchas veces se siente solo y no lo está en realidad porque siempre hay alguien que lo quiere a pesar de su enfermedad y que tiene dentro de sí todo lo necesario para curarse.
Como todas las personas, tenemos cosas buenas y malas, pero mucho que dar. No veamos sólo lo malo. Es un ejercicio continuo de crecimiento espiritual el ser empáticos con los demás, ya que cada día que hacemos algo por alguien, aprendemos a ser más generosos. Y como todo ejercicio, tiene pasos que hay que cubrir y metas que alcanzar.
Tratemos de expresarnos de una manera más agradable y positiva. Seamos constantes en nuestras citas médicas y con nuestra medicación: nunca desistamos. Pidamos perdón a los que ofendimos, pues el padecer esta enfermedad no justifica nuestras malas actitudes. Aunque muchas veces no podamos vencer nuestra tristeza, tratemos siempre de vencer nuestra ira y frustración, ya que eso sólo nos envenena el alma.
Seamos humildes y entendamos que nadie controla todo en la vida. Tengamos esperanza.— Mérida, Yucatán.
leconser@yahoo.com
Exdiputado y expresidente del Congreso del Estado
