Editoriales

Cosas cotidianas

Javier Caballero Lendínez (*)

Cuentan las Crónicas Alfonsinas (o Crónicas de Alfonso III) que en la zona norte del antiguo territorio que hoy es España hubo un rey llamado Witiza, quien en toda la maraña monárquica de aquella época mató por una mujer a un importante duque: Favila.

Este pasaje puede parecer demasiado insulso y desconocido si cortáramos aquí la historia. Pero hay más. El hijo de Favila, Pelayo, con el temor de ser el siguiente, huyó a Jerusalén para evitar la ira del asesino de su padre, quien por razones obvias gozaba de total impunidad. Ahí estuvo hasta que el monarca murió y le sucedió Rodrigo, elegido por los nobles de la corte. Pelayo regresó y se unió al nuevo rey.

Paréntesis: la zona norte de la antigua geografía española era saco de otro costal, tierra de godos y guerreros infranqueables, orgullosos y vengativos, con ganas de revancha ante la marabunta árabe que llegó desde el sur y los echó de sus tierras sobre todo tras la Batalla de Guadalete.

El sucesor de Witiza y elegido por los nobles, Rodrigo, accedió al trono con violencia (nada raro en aquellos años). Dos hijos del fallecido rey Witiza, quienes estaban en la línea sucesoria natural, Oppas y Sisberto (el primero fue obispo), lucharon en las huestes de Rodrigo contra los musulmanes en la Batalla de Guadalete. En ella y desde la trinchera religiosa de uno y la combativa de otro, consiguieron pactar con Táriq ibn Ziyad, general de las tropas del califato Omeya para traicionar a Rodrigo abandonándolo en plena batalla. Dicho y hecho.

Pero tras la muerte del rey Rodrigo, comenzó el mito de don Pelayo, cuyas acciones tuvieron que esperar 11 años.

Después de este escueto resumen de unos cuantos años, la historia nos centra en un 28 de mayo del año 722. Ese joven Pelayo, que ya sobrepasaba la treintena, se erigió sin planearlo como líder de un alebrestado pueblo harto del peligro, de pagar impuestos a los árabes y la posible sumisión al enemigo musulmán que había desembarcado en territorio español en el año 711. Este temido rival había puesto la directa desde su entrada a suelo ibérico y en solo 11 años había conquistado una buena parte del territorio ibérico.

Es cierto que las crónicas de la época tienen muchos pasajes poco creíbles o más bien muy exagerados. De hecho, el origen de don Pelayo no se conoce a ciencia cierta y hay varias teorías. Lo que sí es cierto es que este líder se enfrentó a los musulmanes en la Batalla de Covadonga ese 28 de mayo (por cierto, estamos a 8 días de celebrar su aniversario 1,299), simiente al fin de la Reconquista de España que culminó en 1492.

Con un pequeño ejército, don Pelayo se enfrentó a la exageradísima cifra de 187,000 musulmanes de los que casi 130,000 murieron. Parece que aquella batalla no fue de tal tamaño, pero sí marcó un antes y un después en la resistencia durante más de 700 años ante un desmoralizado ejército musulmán.

Lo que vino después hasta 1492 viene perfectamente planteado en los libros de historia. Y lo que vino desde 1492 hasta hoy también, y no es más que una historia de guerras pequeñas y grandes envueltas en un halo falso de diplomacia y mal llamada política. Traiciones, polarizaciones, divisiones, enfrentamientos, guerras civiles, oposiciones inocuas, verborrea con total falta de sentido y repleta de pasión, mentiras y crónicas estúpidas y faltas de cordura de aquellos al servicio del rey, líder o cualquier sinónimo que haya.

Lo vemos todos los días en las mañaneras; lo vemos todos los días en Twitter; en la pseudo política que practican los partidos más extremos; lo vemos en las relaciones internacionales con los países vecinos (y necesarios para sobrevivir); lo vemos tristemente en cada decisión realizada con las vísceras desde las escalas más altas.

La diferencia es que hoy no nos hacen falta Pelayos para recuperar el terreno perdido frente a los adversarios. No nos hacen falta mesías para ponernos en el buen camino, ni figuras ensalzadas para recordar a los aduladores extremos de ellos la miseria de sus propias existencias. Nos hace falta un ejército de voces, un pueblo unido, un sistema de votaciones libres, unas calles repletas y un motor democrático sin manipulación partidista.

Réquiem

Esto pasa en México y en España y en cualquier país autodenominado democrático. Es lo que tiene la política fracasada: una basada en personas y no en ideas; una basada en remembranzas, no en futuro; una basada en control de la libertad, no en libertad con controles; una basada en el crecimiento y reparto, no en la repartición sin crecer. Todas esas, tienden a fracasar antes o después.— Mérida, México

Periodista

 

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