Cosas cotidianas

Por Javier Caballero Lendínez (*)

Esta semana, Unión Europea amplió las sanciones, por decirlo de alguna manera, al gobierno de Nicaragua, concretamente a la esposa e hijo de Daniel Ortega, ese presidente hecho con puño de acero, que es capaz de afirmar que su país es el más seguro de América Latina, pero a la vez desatar brutales episodios de represión con cientos de muertos en los últimos años.

Dejando a un lado la extraña realidad en la que viven dictadores, pseudodictadores, totalitaristas y demás líderes abusivos y represivos latinoamericanos (o asiáticos o africanos) —arropados y autojustificados, claro está, bajo el falso manto democrático— estas sanciones reflejan un poco más el caos de un país envuelto en el miedo.

Libertad de prensa cercenada con los allanamientos a los medios “Confidencial” (segunda vez tras la de 2018) y “Esta Semana” hace un par de meses; mordazas a periodistas, críticos y ciudadanos de a pie; detenciones y retenciones de opositores gubernamentales y próximos candidatos al sucederle el próximo 7 de noviembre, y un largo etcétera son los despropósitos (hoy día impunes) que la sociedad nicaragüense sufre.

Y la realidad es esa. En un país en el que la esposa del presidente, Rosario Murillo, actual vicepresidenta del Gobierno, y su hijo Juan Carlos Ortega Murillo, líder del Movimiento Sandinista 4 de Mayo y director de uno de los principales canales de televisión del país, son sancionados e incluidos en una lista negra por lavado de dinero, puedes esperar cualquier cosa. Y si encima en esa lista hay otros dos hijos del presidente, Rafael y Laurean, e incluso el propio mandatario, ya son palabras mayores.

Con este contexto nicaragüense de fondo, tan real como duro y, tristemente, poco sorprendente en una región tan castigada con este tipo de regímenes, surgen unas preguntas inevitables. ¿Cuál es el destino de estos caudillos cuando la bicoca se les acaba? ¿Qué lugar les reserva la historia de sus países?

Soy de los que piensa que el caudillo en sí es irracional y tiene una distorsión grave de la historia, el día a día y el futuro de un país, además de ser definido con muchos adjetivos que no tendrían fin. Pero volviendo a la materia, ¿dónde van cuando el pueblo consigue expulsarlos del poder?

En el artículo “El destino de los dictadores tras el poder. ¿Quién y cómo puede castigarlos?”, del politólogo y maestro de la Universidad Pompeu Fabra, Abel Escribá-Folch, publicado hace unos cuantos años en una revista, el autor hace un análisis acerca del destino que depara a los dictadores dependiendo, entre otros factores, del tipo de salida que tienen del poder y las consecuencias o riesgos que su futuro tiene para el nuevo jefe de Estado, sus ideas partidistas y la consolidación de la democracia.

En este contexto, los caudillos salientes tienen varios panoramas, alguno de los cuales se relacionará con la realidad del nuevo presidente y los “compromisos” con el pueblo. Basándonos en un modelo de sucesión democrática, como suele ser actualmente, es decir, alejado de los derrocamientos por la fuerza de antaño, los escenarios pueden ser varios:

* El dictador no es enjuiciado. Con ello, el nuevo presidente puede perder el apoyo que acaba de recibir por parte de un pueblo hastiado por los abusos del caudillo y sus élites.

* El dictador es enjuiciado. Si se da este paso, puede haber una rebelión de esa élite, aliados e incluso aliados extranjeros. Esto “pone en riesgo el nuevo sistema político”, señala Abel. En este punto, muchos analistas creen, que si esta posibilidad es real, se debe permitir a esas élites continuar con cierta cuota de poder para mantenerlas “tranquilas”.

* El dictador es exiliado a otro país y “respetado” por el nuevo gobierno a cambio de que se mantenga al margen del cambio de gobierno y de las posibles represalias.

Al fin, estas posibilidades abren otras como el exilio interior, la desaparición absoluta de la vida pública y política, el cambio de identidad e incluso, más radical, la muerte. Y es ahí donde hay que pensar qué futuro depara a esas figuras hoy totalitarias, que tienen los días contados (a veces sin saberlo) en el poder.

Y después de esto, la respuesta a la pregunta que planteé anteriormente es: no lo sé, pero tenemos suficientes casos en la región para saber qué ocurrirá en los próximos años.

Réquiem

Entre los años 1946 y 2000, según datos contenidos en el artículo, solo el 29 % de los dictadores derrocados o vencidos en el mundo fueron sustituidos por un gobierno democrático. Y de ese porcentaje, solamente el 14 % de los líderes salientes fueron enjuiciados.

“La gran mayoría de gobiernos autoritarios son, de hecho, sustituidos por otros gobiernos autoritarios”, recita el politólogo. Menudo panorama ¿no?. Y así se nos van los días, y así se nos va Latinoamérica…— Mérida, Yucatán.

@erjavievie

Periodista de Grupo Megamedia

 

 

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