Por Catón

“Si los pendejos volaran, jamás veríamos la luz del sol”. La frase es de don Hermenegildo “El Maistro” Torres, inolvidable personaje de la cultura popular, fundador y presidente vitalicio del partido más auténtico y con mayor membresía en México: el PUP, organización que acoge en su seno a todos los pendejos.

Los hay en abundancia, ciertamente, no solo en este país sino en el mundo entero. Stultorum infinitus est numerus, dice la Biblia (Eclesiastés I, 15).

El famoso empresario circense P. T. Barnum, creador de “El espectáculo más grande del mundo”, postulaba: “There’s a sucker born every minute”. Cada minuto nace un imbécil.

Conozco una oración que protege contra esos incontables especímenes. Dice así: “Oh Señor, Señor, Señor. / Mándame pena y dolor, / mándame males añejos. / Pero lidiar con pendejos / ¡no me lo mandes, Señor!”

Imagino al presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, recitando la versión inglesa de esa prez en el Salón Oval de la Casa Blanca. Sucede que millones de norteamericanos se niegan a recibir la vacuna contra el coronavirus, y el mandatario se ha visto en el penoso extremo de ofrecer 100 dólares a aquél que se la aplique. Eso en el país que, se supone, es el más avanzado del mundo.

Lo peor del asunto es que la negativa a vacunarse tiene, en la mayoría de los casos, una motivación de orden religioso, pues los pastores de muchas sectas —hay más iglesias en Estados Unidos que estrellas en el cielo— predican supinas idioteces acerca de la vacuna, y le atribuyen diabólicas características.

Yo ya me vacuné —lo cual ciertamente no anula mi pertenencia al PUP—, pero sigo tomando las mismas providencias contra el contagio que al principio de la pandemia, pues las nuevas variantes del funesto bicho siguen siendo amenaza permanente.

Recuerdo en este punto al aprendiz de golfista que en tres tiros sucesivos no atinó a pegarle a la pelota: la primera falla la atribuyó al paso de un jet, la segunda al grito de un niño, la tercera a una súbita ráfaga de viento. Le sugirió su compañero de juego: “Déjale algo a lo pendejo, ¿no?”

Efectivamente, todos tenemos nuestros ratos de pendejez. “Cada día, asegurada, harás una pendejada. El día que no hagas dos debes dar gracias a Dios”.

Pero eso hemos de dejarlo para cuestiones que no sean de vida o muerte. En lo relativo a la pandemia sigamos observando todas las precauciones. El virus no se ha ido. No nos vayamos nosotros…

La linda chica le dijo a su galán: “Soy muy pudorosa. Lo haremos con la luz apagada”.

“Está bien —accedió él—. Entonces voy a cerrar la puerta del coche”.

Dos indocumentados mexicanos trabajaban en un campo agrícola en el sur del país del norte.

Uno de ellos aseguraba: “Nuestro patrón cree que somos unos santos. A mi compadre le dice San Ababich y a mí San Abagán”.— Saltillo, Coahuila.

 

 

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