Mario Maldonado

La ética del servidor público

Mario Maldonado Espinosa (*)

La ética es la ciencia del comportamiento moral. Cuando ésta se traslada al comportamiento de los servidores públicos, exige mucho más. Desde que deposita la confianza en un servidor público y sus subalternos la ciudadanía espera que actúen con absoluta honradez.

En los últimos días he escuchado a personas quejándose de los servidores públicos que no responden a sus llamados, con señalamientos como “solo llegan a su cargo y se olvidan de la gente”, “solo tienen los cargos para servirse de ellos, para robar”, “en campaña me llamaba, me visitaba, me abrazaba y sonreía, me prometió ayudar, pero ahora que llegó a su puesto ni caso me hace” y así una serie de comentarios que podemos escuchar y ver en las redes sociales.

Hago una acotación. No todos los servidores son iguales, muchos de ellos sí tienen una verdadera vocación de servicio, hacen todo lo posible por cumplir con honradez y diligencia su encargo, se interesan en serio por los problemas públicos y tratan de solucionar las demandas ciudadanas.

Pero otros, aprovechándose de una posición caen en la tentación de no hacer nada, de ser indiferentes y dejar pasar el tiempo y no hacen ningún esfuerzo por mejorar el estado de cosas que saben que pueden cambiar.

Lo más grave de todo esto es cuando, aprovechando un cargo, se hacen de recursos públicos para su beneficio particular. Y es allí donde entra la ética del servidor público.

Los principios nunca pasan de moda, mucho menos la ética, aún más la honradez en el actuar. Los servidores públicos están obligados a rendir cuentas, a actuar con transparencia, con integridad pues; en caso contrario, estarán sujetos a responsabilidades que establecen las leyes y que merecen sanción.

La honradez significa actuar con probidad y abstenerse para sí o para sus familiares de provechos indebidos; no pueden obtener absolutamente nada que no forme parte de su remuneración.

El servidor público debe mantenerse lejos de los intereses personales, familiares o negocios, que no exista pues conflicto de intereses. Pero también debe actuar con lealtad, lealtad consigo mismo, con la institución a la cual prestan sus servicios y al propio encargo. Debe ejercer la función pública con máximo desempeño, que se abstenga de cualquier tipo de interés que no sean los intereses del Estado y de la sociedad yucateca. Que sus acciones u abstenciones no lesionen a Yucatán.

Debe actuar con estricto apego a las leyes, que sus actos se fundamenten en todo momento en las leyes; los servidores públicos solo pueden hacer aquello que la ley les permite. Tener una actitud crítica ante la crítica misma, despojarse de todo tipo de prejuicios, pues la esencia de su cargo es precisamente pública.

Un servidor público debe actuar con profesionalismo, con la debida capacidad, no denigrando la imagen del encargo con actuaciones que dejan mucho qué desear.

La ciudadanía tiene todo el derecho de saber qué hace un servidor público en el encargo de sus funciones, debe actuar con entera transparencia, lo que le interesa a la sociedad es su actividad institucional y los resultados que dé desde el servicio público, no lo que haga en su vida privada y personal.

Con todo ello estamos más que convencidos de que son los valores que llevarán a los servidores público a desempeñar bien su cargo o función, buscando en todo momento el interés social en las necesidades y demandas de la sociedad por encima de sus intereses y beneficios particulares.

El servidor público debe respeto a sus electores; los ciudadanos merecen ser tratados con dignidad y cordialidad, con igualdad y sin discriminación. Pero a veces pasa lo contrario y eso me trae a la mente una frase del primer ministro británico Winston Churchill: “El problema de nuestra época consiste en que los hombres no quieren ser útiles sino importantes”.— Mérida, Yucatán.

mariomaldonadoe@gmail.com

@mariomaldonadoe

Especialista en Derecho Parlamentario y Técnica Legislativa

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