Dostoievski y Spinoza
Antonio Salgado Borge (*)
“‘La conciencia de la vida está por encima de la vida misma, el conocimiento de las leyes de la felicidad excede a la propia felicidad’. ¡Contra eso es contra lo que hay que luchar! Y yo lo haré”.
Esta es la conclusión a la que llegó el protagonista de “El sueño de un Hombre Ridículo”, cuando despertó de su nada ridículo sueño. Esta obra corta, la última escrita y publicada por Fyodor Dostoievski antes de su muerte, cuenta la historia de un individuo que ya todo le parecía indiferente, y que decidió en consecuencia quitarse la vida.
Para este hombre, el mundo, una aparición o proyección de su conciencia, se apagaría tras su muerte. Por ende, su indiferencia ante otras personas y ante las consecuencias de sus actos estaba justificada. O al menos eso pensaba.
Sin embargo, la misma noche en que había programado quitarse la vida ocurrió un evento que le movió a la reflexión. En ese proceso estaba cuando cayó dormido. Soñó que era transportado a otro planeta, uno que parecía ser un exacto duplicado del nuestro.
Cuando llegó a esta Tierra ubicada en algún punto desconocido del espacio, encontró que ésta se encontraba poblada por seres humanos bellos y felices. La hermosura, empatía, alegría, honestidad y cordialidad que hay en nuestro planeta era malas copias de las que exhibían estos seres.
Aquel mundo era el paraíso. En ese lugar los seres humanos nunca cometieron pecado original alguno. Entonces comprendió que “sus conocimientos se llenaban y alimentaban de pretensiones distintas de las que nosotros teníamos en la Tierra, y que sus aspiraciones también eran completamente diferentes. No deseaban nada y estaban tranquilos, no ansiaban conocer la vida como lo hacemos nosotros, porque su vida había alcanzado toda la plenitud. Sin embargo, sus conocimientos eran más profundos y elevados que los de nuestra ciencia, pues ésta busca explicar la vida, tendiendo a su vez a adquirir conciencia de ella con el fin de enseñar a vivir a otros; ellos, por el contrario, sabían cómo habían de vivir incluso sin la ciencia”.
Pero surgió un problema. El visitante “pervirtió” al paraíso. Los habitantes de ese mundo comenzaron a copiarle comportamientos racionales nimios que gradualmente escalaron hasta convertirse en versiones más complejas. Entonces buscaron el conocimiento y la ciencia. Aceptaron que “la conciencia de la vida está por encima de la vida misma y que el conocimiento de las leyes de la felicidad excede a la propia felicidad”.
El hombre despertó de su sueño aterrado. Pero también resuelto. Se dedicaría a predicar que el paraíso en la Tierra es posible, siempre y cuando tomemos el amor a otros como único principio y vivamos la vida simple, libre de la razón y de la ciencia, de los habitantes de aquella Tierra.
Este mes se cumplen 200 años del nacimiento de Dostoievski. Agradezco al doctor Rodrigo Llanes su invitación a reflexionar sobre este cuento desde una perspectiva filosófica.
Una de las muchas semillas para la reflexión que “El sueño de un Hombre Ridículo” ofrece tiene que ver con un viejo pero importante debate, que puede ser resumido a grandes rasgos. En un inicio, antes de la razón y de la civilización, el ser humano era libre. ¿Es la civilización, producto de la razón, una tabla de salvación para el ser humano, salvaje y agresivo en su estado de naturaleza, o es la civilización, por el contrario, la sentencia de muerte de un estado de naturaleza ingenuo, pero feliz y amistoso?
Dostoievski parece no tener dudas de que lo segundo es cierto. La razón es análoga al pecado original: el ser humano perdió y cerró a sus espaldas la puerta del paraíso cuando iniciaron estos procesos. Con ello, perdió la capacidad de entender que el sentimiento está por encima del conocimiento y que la conciencia de segundo orden —la conciencia sobre la conciencia— está por encima de la conciencia de primer orden —la experiencia fenomenológica inmediata—.
No es poca la gente que en la actualidad suscribe el postulado de Dostoievski. Esto se manifiesta con claridad en la proliferación de formas de experiencia mística, como la astrología, la lectura del Tarot, la angelología, o las cartas astrales, o en la búsqueda de regresos momentáneos a lo que se concibe como el estado de naturaleza.
En todos los casos, estamos ante intentos genuinos y bien intencionados de conectar con lo divino, con lo natural, incluidos otros seres humanos. En todos los casos, los intentos vienen acompañados del rechazo a la razón y al conocimiento, pues la primera implica cadenas sólidas de deducciones e inferencias y el segundo la articulación de justificaciones sobre asuntos verdaderos.
No es casualidad que este tipo de posiciones hayan tomado relevancia en épocas recientes. El desencanto ante la razón está bien justificado. Mucho se ha discutido sobre la forma en que la razón se ha utilizado para justificar, crímenes de lesa humanidad, opresión por motivos de raza o género, precariedad o desigualdad, entre otros. También se ha argumentado, como insinúa Dostoievski, que el pensamiento racional conduce inevitablemente al egoísmo y al ímpetu de dominio.
En este sentido, las precarizadas generaciones Y Z —millenials y zoomers— y las personas marginadas u oprimidas tienen motivos para cuestionar la relevancia de lo racional o del conocimiento. Y desde luego, para mirarlos con suspicacia.
Dostoievski y quienes aceptan su utopía anticiencia aciertan, por ende, cuando afirman que la razón, el conocimiento o la consciencia de segundo orden pueden desviar nuestra atención de lo inmediato; del ser humano que tenemos enfrente, de sus sentimientos y de su sufrimiento. Aquella persona a la que tendríamos que apreciar y amar por el simple hecho de ser humana.
Pero hay tres problemas principales con la conclusión de Dostoievski. El primero es de fondo. Del hecho de que en el nombre de la razón o del conocimiento se haya oprimido no se sigue que éstos sean constitutivamente opresivos; es decir, que éste tenga que ser el caso.
El segundo es que no hay razones para suponer que el estado de naturaleza al que apela Dostoievski existió en algún momento. Ciertamente no parece haber existido en este planeta. Si nos basamos en lo que ocurre con otros primates, tampoco parece que la vida sin ciencia o razón sea una forma de concebirlo como utopía o de materializarlo.
El tercero es que la anti-ciencia y la anti-razón, así como la apelación a los sentimientos o a lo intuitivo, son también utilizados como armas opresivas. Basta con mirar a los populistas contemporáneos o a la ultraderecha alrededor del mundo para ver que este es el caso.
En realidad, el contraste entre la idea de que la razón salvó al ser humano de su estado de naturaleza y la idea de que la razón pervirtió ese estado son relatos heurísticos que, aunque útiles, distan mucho de ofrecer narrativas exactas o completas.
El cuento de Dostoievski, además de ser hermoso, tiene la gran virtud de construir una utopía y de mostrar el poder del amor al prójimo. Pero su mensaje es corto y, a mi juicio, incompleto.
Por fortuna, hay otras utopías que persiguen fines similares por distintos medios. Para el filósofo Baruch Spinoza el estado de naturaleza del ser humano -nuestro estado original- es contrario a la naturaleza humana. El estado de naturaleza no es uno de libertad, sino de esclavitud y sometimiento. Y lo es porque entonces las personas estaban entregadas a sus pasiones y no a su razón.
A su vez, las pasiones esclavizan porque son, por naturaleza, pasivas: son reacciones a estímulos exteriores, y no provienen de nosotros mismos. Spinoza pensaba que la libertad se produce cuando una persona es la causa de su comportamiento; esto, cuando esa persona es activa.
Los seres humanos nos unimos por nuestra naturaleza cuando somos activos; esto es, cuando seguimos las leyes de la razón. Este es el caso porque la verdadera razón es universal, y en consecuencia no hay discordancia o conflicto entre personas cuando se siguen sus dictámenes. Cuando somos activos, lo hacemos entonces en concierto y como un todo; en beneficio de la totalidad.
Esto no es todo, al actuar de acuerdo con la razón, el ser humano actúa en sintonía con la naturaleza, que es también ordenada por principios racionales. En consecuencia, la razón no nos aísla de la naturaleza o de lo divino, sino que nos une con ello.
La utopía Spinoziana es una en la que seres humanos e instituciones siguen los designios de la razón. Ahí no hay espacio para conflictos, opresión, o mentiras; pero sí lo hay para la ciencia y el conocimiento, que son necesariamente parte de esta sociedad racional.
Al igual que Dostoievski, Spinoza presenta una utopía. En este sentido, el pensamiento Spinoziano preserva la noción de un ideal y de la lucha por un mundo mejor.
Pero a diferencia de Dostoievski, Spinoza no funda su utopía en un sueño o en los azares del inconsciente y no apela a aquello que fuimos en algún momento en un estado de que hemos caído.
En su lugar, la utopía Spinoziana se funda en la mente que piensa y analiza de forma clara y distinta, y apela a aquello que los seres humanos podemos ser si nos esforzamos verdaderamente. Por ende, implica un llamado a la acción y a la transformación.
No hay prédica o lamento que valga. El camino no se nos revelará en un sueño. El ser humano tiene la obligación de esforzarse por ser racional si quiere unirse a otros y al todo en una vida sin opresión, libre y llena de gozo.
La conciencia de la vida es parte esencial vida humana misma, el conocimiento de las leyes de la felicidad constituye la propia felicidad. ¡Es por ello por que hay que luchar!— Edimburgo, Reino Unido
asalgadoborge@gmail.com
Antonio Salgado Borge
@asalgadoborge
Doctor en Filosofía (Universidad de Edimburgo)
