La Ley General de Asentamientos Humanos, Ordenamiento Territorial y Desarrollo Urbano se expidió el 28 de noviembre de 2016 y su última modificación es de julio de 2021. Se trata de un instrumento normativo de alcance nacional que tiene por objeto “Fijar las normas básicas e instrumentos de gestión de observancia general, para ordenar el uso del territorio y los asentamientos humanos en el país, con pleno respeto a los derechos humanos, así como el cumplimiento de las obligaciones que tiene el Estado para promoverlos, respetarlos, protegerlos y garantizarlos plenamente (Lgahotdu, Art. 1.I. 2021)”.

Asimismo esta ley corresponsabiliza a los estados en materia de ordenamiento territorial, definición de reservas territoriales, y usos de suelo, entre otras. Es decir, en relación con sus versiones anteriores, se incorpora la concurrencia entre niveles de gobierno para su aplicación.

La Ley incorpora varios principios innovadores incluso coetáneos a la presentación de la Nueva Agenda Urbana, dentro del marco de la conferencia Hábitat III (Quito, 17-20 octubre 2016), como el Derecho a la Ciudad y la Sustentabilidad Ambiental, entre otros. Estos principios de política pública, bajo un nuevo enfoque de gobernanza, se alinean a varios de los objetivos de desarrollo sostenible (Río de Janeiro, 2012) y en la Conferencia de Quito ya citada.

Deseamos destacar el tema de la resiliencia urbana, que corre de manera fuerte y transversal en este grupo de políticas y que es un tema prioritario en nuestros actuales contextos geopolíticos, donde es indispensable vincular la planeación de los asentamientos con sus riesgos asociados y la forma de prevenirlos/manejarlos, lo que implica un importante sentido de anticipación y visión de futuro.

Los artículos 64-69 refieren el tema de resiliencia urbana, que en principio (y de acuerdo con la ya citada concurrencia de niveles de gobierno), delega en los gobiernos locales el establecer “…estrategias de Gestión Integral de Riesgos, incluyendo acciones de prevención y, en su caso, de reubicación de Asentamientos Humanos (Art. 64)”. Lo anterior, encaminado a “incrementar” la resiliencia.

Concepto

ONU–Hábitat define la resiliencia urbana como “…la capacidad medible de cualquier sistema urbano, con sus habitantes, para mantener la continuidad a través de todos los choques y tensiones, mientras se adapta positivamente y se transforma hacia la sostenibilidad”.

Si la resiliencia es una condición o herramienta para la sostenibilidad, si es algo medible ¿cómo se hace? Algunas metodologías apuntan a considerar un juego de indicadores que esencialmente se pueden reducir a tres:

1.—La rapidez con que el sistema se recupera (tiempo).

2.—El costo de dicha recuperación (recursos).

3.—La magnitud del daño sufrido (espacio).

En el ámbito internacional, ya existen índices de resiliencia urbana, con varias ciudades en proceso de pilotaje, a las que se puede otorgar grados o categorías. Muchas ciudades, sin importar su esquema socioeconómico o grado de consolidación desean conocer cuán resilientes son.

La ley general considera puntualmente este tema al mencionar que toda obra deberá contar con un estudio de prevención de riesgos y que las expansiones urbanas deberán evitar zonas de riesgos declaradas.

A nivel instrumental, las guías de resiliencia urbana invitan a las ciudades a crear su “Perfil de Resiliencia”, para después crear un centro de observación de riesgos y así ir afinando dicho perfil.

No se puede anticipar el futuro sin al menos ver un atisbo de él, y así preguntarnos si ese es el destino al que queremos llegar.

Borges decía: “El futuro no es lo que va a pasar, sino lo que vamos a hacer”.

La resiliencia es una apuesta por el futuro bajo un modelo, una serie de estrategias que, al ponerse bajo prueba, demostrarán su valía.

¿Cómo alimentar coherentemente un modelo con tantas y sensibles variables como tiempo, recursos y espacio en una ciudad? Un poco por esta razón es sumamente difícil obtener parámetros confiables de resiliencia.

Una posible alternativa a este escenario son los modelos matemáticos, que ya funcionan para predecir el clima y algunos fenómenos meteorológicos; el tema clave de la resiliencia siempre ha sido integrar muchas variables (preferentemente en tiempo real) en un modelo comprensible. Ejemplo de ello son los “Gemelos Digitales” (Digital Twins), clones alimentados por datos provenientes de dispositivos estratégicos controlados por inteligencia artificial a escala arquitectónica y urbana (por ejemplo, Singapur), que habilitan a los planificadores urbanos para no solo controlar la complejidad de una ciudad casi reactivamente, sino jugar con el futuro y anticipar respuestas.

Sería así un gran modelo integrador operable por supercomputadoras que permitirían anticipar los escenarios por medio de simulaciones temáticas alimentadas por variables pertinentes y actualizadas: desastres naturales, sistemas de transporte, movilidad y conectividad urbana, entre otros.

Escenario

Otro escenario de aplicación con que podríamos “jugar seriamente con el futuro” son los videojuegos. Juegos como Minecraft (que en este año cumple 10 años) se han conformado como “…alegorías de realidades sociales, ambientales, climáticas y urbanas” (Wark, 2007).

Juegos en línea tipo RTT (Real Time Tactic) como Endzone – a World Apart, donde se debe hacer resurgir ciudades post-apocalípticas, es decir, 100% tácticas de resiliencia, hacen ejercitar, lúdica pero conscientemente, aquellos ingredientes que harán la diferencia en la supervivencia de una ciudad.

En un contexto donde el futuro es más incierto que nunca, una referencia normativa autogestiva y con amplia e inmediata difusión en redes, operada por los ciudadanos con base en conocer sus posibilidades, un “plan de acción” que todos sepamos de antemano, es la mejor respuesta ante la contingencia.

La ley general, en resumen, se encuentra alineada (y diríamos bien alineada) a sus pares normativos internacionales; sin embargo, con una redacción de suyo genérica, como corresponde a su ámbito, considera de manera muy limitada su entorno de aplicación, de plazo corto y casi inmediato, sin considerar nuevas variables, sin saber reconocer plenamente a sus enemigos.

Los modelos de cálculo resiliente urbano, ya deben comenzar a considerar la información inmediata que proporciona el ciudadano común en tiempo real. Si no se cuenta con un “Gemelo Digital” sofisticado pueden adaptarse e integrarse recursos al alcance de la mano (literalmente, al contar todos los ciudadanos con un móvil), para sentir el pulso de la ciudad y así palpar y anticipar sus dolencias y necesidades.— Mérida, Yucatán

Profesor-investigador de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Anáhuac Mayab

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