Ver, oír y contar

Dotada de grandes dones que la hicieran irresistible a los hombres, la bella Pandora deslumbró con solo mirarla al imprudente Epimeteo, cuyo hermano, el titán Prometeo, le había advertido, como a la humanidad entera, no aceptar regalos de los dioses del Olimpo. Zeus y sus secuaces, les dijo, son astutos y vengativos.

Y vaya que Prometeo tenía razones para preocuparse de que algo malo sucediera, pues el muy osado cometió la insolencia de robarles nada menos que el fuego del monte Olimpo para darlo a los humanos.

Epimeteo olvidó toda promesa con solo ver a Pandora, doncella que recibió de Atenea, sabiduría; de Afrodita, belleza; de Hermes, elocuencia, y de Apolo, la música. ¡Vaya estuche de monerías! Cuando llegó al alelado Epimeteo, la bella llevaba consigo una cajita insignificante que Zeus envió al hermano del titán. Era un regalo que por ningún motivo debía ser abierto.

El caso es que, aunque Epimeteo encerró bajo cuatro llaves la caja, Pandora aprovechó un momento en que aquél dormía y tomó el llavero; unas versiones aseguran que en forma deliberada, otras que por curiosidad y candidez. Al abrir la caja, oh decepción, la encontró vacía. La razón fue que apenas destaparla salieron de ahí todos los males del mundo, desgracias, sufrimientos, guerras, enfermedades, ira…

La Pandora cándida creyó que encontraría un gran regalo y lo que hizo fue desatar un torrente de males. La astuta logró su cometido.

El imperio Sackler

En su más reciente obra, “El imperio del dolor”, Patrick Radden Keefe hace una disección sobre el surgimiento y caída de la familia Sackler a causa, primero, de la desenfrenada promoción publicitaria del Valium y, una generación después, de la creación, promoción y venta indiscriminada del OxyContin, ambos medicamentos para mitigar el dolor.

Cuando en las postrimerías de su obra narra el principio del fin del imperio Sackler, el autor plantea la historia como una analogía del mito de Pandora. “En su afán por escabullirse de una crisis histórica que ellos mismos crearon —nos dice—, a veces podría verse a los Sackler como al personaje de Pandora, mirando boquiabiertos el trascendental torrente desatado por sus propias decisiones. Le habían contado al mundo, como también se habían dicho a sí mismos, que la tinaja estaba llena de dones, que era un regalo de los dioses. Después, la abrieron, y resultó no ser cierto”.

El autor toma la versión de Hesíodo sobre el mito de Pandora, donde el personaje lleva una tinaja. Traducciones posteriores la convirtieron en una caja, que para el caso es lo mismo.

Radden es un periodista de amplia trayectoria que trabaja para “The New Yorker” y ha publicado trabajos en varias publicaciones, incluido “The New York Times Magazine”. Sus investigaciones para un reportaje sobre los Sackler, que a la postre fue ampliado convirtiéndose en el libro, le valieron amenazas y acosos. El trabajo se basó en entrevistas a más de 200 personas y una investigación exhaustiva de varios años.

La historia se asienta sobre un hecho contundente: la atención del dolor físico producto de males como los mentales, el cáncer u otros que se manifiestan en afecciones dolorosas intensas. Quienes padecen esta aflicción muchas veces se encuentran en una situación desesperada que los hace susceptibles de recibir cualquier medicamento que mitigue el dolor.

Ese fue el mercado donde entró el OxyContin, un medicamento basado en la oxicodona que llegó a una masa enorme de la población y que, contrario a lo que pregonaba el laboratorio que la producía y vendía, causó una adicción de largo alcance entre la población.

“Pablo Escobar del nuevo milenio”

El autor refuerza la intensidad de la aflicción tomando una cita de la novelista británica Virginia Woolf, quien “escribió en una ocasión (que), a la hora de describir ciertas dolencias había que luchar contra ‘la pobreza del lenguaje’ en esos temas. ‘Cuando una simple colegiala se enamora, tiene a Shakespeare, a Donne o a Keats para que hablen por ella; pero si un paciente intenta describirle al médico su dolor de cabeza, la lengua enseguida resulta insuficiente’”.

La promoción y venta que la familia hizo del OxyContin fue más feroz que la hecha para el Valium por el hermano mayor de la primera generación, Arthur, quien consideraba que, más que publicidad, lo que hacía era un trabajo de educación. El personaje es descrito por el autor como “un talento único en su generación” y algunos de los miembros de su equipo sentían “como si el mero hecho de colaborar con él fuera una especie de mérito que te habías ganado”.

En los noventas y la primera década del presente siglo, la siguiente generación aplicó las bases de la promoción de medicamentos —de la que Arthur fue considerado pionero— de manera feroz y no para un tercero, sino para su propio producto, el OxyContin, que, sin embargo, resultó adictivo y produjo masas de personas dependientes. Si bien la presentación eran pastillas de acción prolongada, muchos pacientes las trituraban y esnifaban como si de una droga dura se tratase. En un pasaje del libro, un personaje le dice a un miembro de la familia Sackler: “Siento decírtelo, pero podrías convertirte en el Pablo Escobar del nuevo milenio”.

Aun con todo esto, la familia Sackler nunca admitió estar dañando al país —y también a otros donde distribuían el medicamento—. Siempre se vieron como quienes aliviaban el terrible dolor que aqueja a muchos millones de personas. Sus argumentos resultaban tan contundentes que la FDA les otorgaba los permisos necesarios para la producción y venta. En el libro, por supuesto, esa dependencia sale muy mal parada.

La obra es de reciente aparición. En septiembre pasado, hace apenas dos meses, la lanzó Penguin Random House en español. Se trata, en términos generales, de un extensísimo y profundo reportaje, que se puede leer como tal o como una novela de intrigas basada en la vida real.

“El imperio del dolor” también puede ser leído como una analogía de aquellas iniciativas empresariales —sean obras, productos o servicios— ejecutadas con el aval de los gobiernos, que prometen grandes beneficios a un amplio sector de la sociedad y en los hechos se convierten en males desatados, que todos ven y entienden excepto aquellos que abrieron la caja de Pandora.

Retomando a Radden: “Creo que fue Upton Sinclair quien escribió que a la gente le cuesta entender las cosas si su salario depende de no entenderlas”.— Mérida, Yucatán. Correo:  olegario.moguel@megamedia.com.mx  Twitter: @olegariomoguel

*) Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia

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