Jesús Retana Vivanco
El estanque de los cocodrilos: Historias cortas donde el estanque es la vida y los cocodrilos los protagonistas

Lo cotidiano y lo inesperado dan cuenta de lo que pasa en nuestro existir; no siempre se manifiestan como un avatar con el que debemos quedar bien, sin pensar que poco a poco vamos en ese camino y de repente, como si nos fuera a explotar en la mano, estamos inmersos en lo cotidiano o en lo inesperado.

Las seis y media de la mañana en la regadera, escuchando como de costumbre la radio, me doy prisa, el jabón hace lo suyo, el estropajo despierta y aviva la piel dormida. Tengo que repasar mentalmente lo que sucederá en el día. Hablo en voz baja lo que estoy pensando, costumbre adquirida desde niño. De fondo, el noticiero que revira los logros de un presidente incierto, gris, electo por obra y gracia de su partido político y el dedazo de López Portillo. Llevaba tres minutos, cerré la llave  y terminé con las loas y lisonjas de mi portátil a Miguel de la Madrid.

El desayuno me esperaba, una taza de café con un pan y checar que todo estaba en orden para llevar a mi hijo a la escuela. El eje vial nos marcaba el camino directo. Camiones de carga y pick ups de redilas procedentes de la central de abasto dejaban ver en sus defensas frases como “Pásame la que llevas al lado, si es fea, paso”, “Aquí nomás mi chicharrón truena”, “Si las chismosas fueran flores, mi barrio sería un jardín” La célebre e ingeniosa cultura popular quenos ha caracterizado.

Perder un cliente

Una casa, adaptada para oficinas construida en 1943, me esperaba para hacerle frente a las responsabilidades del trabajo, convencer a la gente de comprar lo que el cliente producía, esa era la consigna, a veces lo lográbamos, pero a veces nos quedábamos cortos. Es cuando te exiges a dar un extra, exprimir al máximo la neurona y aventar ideas con propuestas arriesgadas; si fracasas, todo se acabó.

Sentado esa tarde, cavilando en la sala de juntas, la mirada se va hacia las paredes, diplomas y premios de creatividad como mudos testigos de mis lamentos por la pérdida de uno de nuestros clientes.

El trago de café ayudaba un poco en el proceso que se negaba a aceptar las estúpidas razones que nos dieron para cancelarnos la cuenta. Trataba de encontrar una salida que ufanamente me permitiera seguir en la lucha de mi profesión como independiente.

Suena el teléfono, dudo en contestar, ya le había dado la infame noticia a mi esposa. Dejé que sonara hasta que calló; no encontraba respuesta a este inesperado acontecer, a pesar de que es una situación muy común en las agencias de publicidad, se vuelve como algo cotidiano pero conlleva su problemática por el despido de gente valiosa para aminorar el gasto.

En eso estaba cuando el teléfono vuelve a sonar. Molesto, levanto la bocina y escucho la voz de Rogelio Campos, un ex cliente, mercadólogo y buen amigo, con una propuesta para manejar la publicidad de Singer Mexicana, empresa que lo había contratado y permaneció con nosotros durante 15 años.

A veces lo inesperado se vuelve cotidiano y viceversa. Paco Fernández, mi maestro de redacción, decía: “En publicidad no hay casualidad, hay causalidad”. El buen trabajo, sin disyuntivas ni deformaciones, provoca el efecto beneficio, o todo lo contrario, es la ley que rige el destino de las cosas o los acontecimientos. Una línea muy delgada que nos hace ver sutilmente la causa y efecto del acontecer en el trabajo, en la escuela, en nuestras relaciones, en la política y en todo lo que se te ocurra.

El destino compensa

No siempre se gana, pero tampoco se pierde, frase que mencioné en una reunión de trabajorelacionada a un concurso que habíamos perdido. El destino compensa y equilibra los factores negativos con elementos positivos, mi teoría de la pérdida, sin importar de qué estemos hablando, sea ésta cual sea, como perder las llaves, perder el tiempo, perder la pluma, siempre nos da algo para compensar.

Si queremos ser más definitorios en el término, por ejemplo: perder la confianza, perder el buen humor, perder el cariño, todo esto es más difícil de recuperar o de subsanar por motivos emocionales; sin embargo, se convierte también en lo cotidiano, lo único que no puedes rescatar y traer de vuelta es la pérdida de la vida.

Este relato no pretende sonar como si fuera una novela de autoayuda, solo creo firmemente que estamos hechos para sobrevivir cuando perdemos.

Quiero seguir contando historias, es parte del quehacer profesional que me envolvió desde joven, historias de éxitos, alegrías y descalabros que moldearon mi personalidad, pero sobre todo me han servido para enfrentar lo cotidiano y lo inesperado.— Mérida, Yucatán Twitter:  @ydesdelabarrera


Otros textos del autor