Lecturas que impactan
A la memoria de Carmen Guerrero
Es temporada de fiestas y de publicación de listas con lo mejor y lo peor del año. Cada año intento hacer mi lista de favoritos —sobre todo de libros, películas y discos—, pero siempre me resulta imposible. Una vez más, no lo logré este año, por lo que, en esta ocasión, me permito compartir algunos comentarios sobre dos de los libros de 2021 que más me impactaron. Ambos tienen que ver con el duelo.
El primero es “Hamnet”, de la escritora irlandesa Maggie O’Farrell, originalmente publicado en inglés en 2020 y editado en español por Libros del Asteroide (con la espléndida traducción de Concha Cardeñoso). El libro ya le ha valido a Maggie O’Farrell premios como el National Book Critics Circle Award y el Women’s Prize for Fiction.
Tal vez la manera más sencilla de describir “Hamnet” es como la historia que inspiró la creación de “Hamlet” de William Shakespeare, pero esta descripción no le hace justicia a la novela de O’Farrell. El nombre de William Shakespeare no es mencionado en toda la novela. Aunque el título de la obra es el nombre del hijo del escritor que murió a los once años e inspiró “Hamlet”, la novela “Hamnet” se centra en el personaje de Agnes, uno de los nombres con los que fue conocida Anne Hathaway, la esposa de Shakespeare.
En este sentido, O’Farrell nos introduce no solo a la inspiración del genio escritor, sino al marginal, muchas veces olvidado, mundo comunitario —el pueblo de Stratford—, doméstico y familiar del autor de Hamlet. Un mundo de plantas, que Agnes usaba particularmente como remedios (“casi todas las semanas se la ve trajinando entre las plantas, arrancando malas hierbas, revisando las colmenas, podando tallos por un lado y por otro, guardando en secreto ciertas flores, hojas, vainas, pétalos y semillas en la faltriquera de cuero que lleva en la cadera”); un mundo en el que conocemos a Agnes de más joven, antes de casarse, y a Agnes como madre de tres hijos, en el que se enfrenta a severas presiones sociales por parte de su familia y la de su marido.
Destacan en la novela la tierna relación entre los hijos gemelos de Agnes, Hamnet y Judith; el abordaje de la maternidad y, sobre todo, el dolor de la pérdida de un ser querido. No sabemos de qué murió realmente Hamnet Shakespeare, pero en la novela O’Farrell imagina la posibilidad de que una pandemia, la peste negra, haya tomado la vida del pequeño Hamnet (a mi juicio, uno de los capítulos más fascinantes —pero aterradores— del libro es la llegada de la peste a Stratford).
La peste, escribe O’Farrell, “es una enemiga demasiado poderosa para ella. Ha atrapado a su hijo en sus zarcillos, los ha tensado y no lo quiere soltar. Huele a almizcle, a rancio, a sal. Ha venido a su casa, piensa Agnes, desde muy lejos, desde un lugar de podredumbre, de humedad y de confinamiento. Se ha abierto camino de una manera fulminante entre humanos, animales e insectos; se alimenta de dolor, de desgracia, de sufrimiento. Es insaciable, imparable, el peor de los males, el más negro de todos”. Una novela que, al igual que “Hamlet”, es ya un clásico.
Feminicidio
El otro libro es “El invencible verano de Liliana”, de la escritora y crítica mexicana Cristina Rivera Garza, publicado por Literatura Random House. El segundo epígrafe que leemos en el libro es del cineasta Chris Marker, proveniente de su filme “Sans Soleil”: “el tiempo lo cura todo, excepto las heridas”. La herida que es abordada en este brutal libro es el feminicidio de Liliana Rivera Garza, la hermana de la autora, el 16 de julio de 1990, cometido por su ex pareja.
El libro de Rivera Garza inicia con la búsqueda de la autora del expediente de su hermana en la Procuraduría de la Ciudad de México. “Es muy inusual que alguien busque un documento de hace tantos años […] es todavía más inusual que lo encuentre”. Desde el inicio, Rivera Garza expone los problemas para acceder a la justicia en México, así como la impunidad que, en gran medida, es responsable de que hoy, más de treinta años después del asesinato de Liliana, se sigan cometiendo diez feminicidios cada día en el país.
Rivera Garza presta particular atención al lenguaje, a las palabras con las que contamos para nombrar nuestra realidad, nuestros problemas. Nos recuerda que el feminicidio “no se tipificó en México sino hasta el 14 d junio de 2012” y que “a gran parte de los feminicidios que se cometieron antes de esa fecha se les llamó crímenes de pasión. Se le llamó andaba en malos pasos. Se le llamó ¿para qué se viste así? Se le llamó a una mujer siempre tiene que darse su lugar. Se le llamó algo debió haber hecho para acabar de esta forma. Se le llamó sus padres la descuidaron. Se le llamó la chica que tomó una mala decisión. Se le llamó, incluso, se lo merecía. La falta de lenguaje es apabullante. La falta de lenguaje nos maniata, nos sofoca, nos estrangula, nos dispara, nos desuella, nos cercena, nos condena”.
Sobre todo, Rivera Garza emplea el trabajo de Rachel Louise Snyder, “Sin marcas visibles. Claves de la violencia doméstica que pueden salvarte la vida”, para explorar el lenguaje que pudo haber permitido a su hermana Liliana identificar los factores de riesgo y los momentos de sumo peligro en su relación de pareja. “Ni Liliana, ni los que la quisimos -—escribe la autora—, tuvimos a nuestra disposición un lenguaje que nos permitiera identificar las señales de peligro. Esa ceguera, que nunca fue voluntaria sino social, ha contribuido al asesinato de cientos de miles de mujeres en México y en el mundo”.
Si Cristina Rivera Garza afirma que su hermana Liliana no tuvo a su disposición el lenguaje para identificar el peligro es porque conoce bien el lenguaje de su hermana, ya que, además de vivir con ella, ésta escribía mucho: entradas en su diario personal, cartas y notas breves a amistades y familiares (de muchas misivas guardaba copia). Así que Rivera Garza, cual historiadora, indagó en el archivo de su hermana y, gracias a la escritura de ambas, podemos conocer a Liliana Rivera Garza, su infancia, adolescencia, su truncada juventud, sus gustos, obsesiones, miedos, sus relaciones y aspiraciones.
Finalmente, Rivera Garza reconoce que “el duelo para los que han perdido seres queridos, mujeres queridas, debido a actos de terrorismo de pareja es una cosa torcida”, ya que “los sobrevivientes suelen culparse a sí mismos, a su negligencia o su ceguera, con una dureza inaudita. No protegieron lo que más querían; no notaron lo que debió haber sido claro ante sus ojos; no detuvieron al depredador. El dolor que no se separa, ni un milímetro de la culpa o de la vergüenza, se atora antes de llegar propiamente al duelo”.
Dedico este artículo a la memoria de Carmen Guerrero y extiendo mis condolencias a toda su familia.— Mérida, Yucatán
Correo: rodrigo.llanes.s@gmail.com
*) Investigador del Cephcis-UNAM
