Creo que casi todos los que somos madres o padres hemos atravesado períodos de enormes dudas y desafíos, intentando ser para nuestros hijos lo que ellos necesitan.

También creo que muchos nos hemos sentido perdidos en el proceso de descubrir cuál es nuestra verdadera misión con ellos.

En este ejercicio de ser padres, muchos asumimos que educarlos y guiarlos era la misión máxima, y no nos detuvimos a considerar que, quizás, con su presencia, los hijos también nos ofrecen la inconmensurable oportunidad de enderezar nuestro propio camino.

Si observamos con detenimiento, nos daremos cuenta que, en gran medida, son ellos los que nos han venido a enseñar, porque son un espejo de nosotros: de las heridas por sanar, de los asuntos no resueltos, de nuestras luchas, de nuestras luces y sombras.

Con el paso del tiempo y la experiencia, he descubierto que hay tres regalos importantes que podemos darles a nuestros hijos:

1) Sanar nuestras propias heridas.

Los padres que identifican sus heridas y buscan sanarlas, también contribuyen a sanar las heridas de sus hijos. Esa es la promesa que hay detrás de la recuperación: toda nuestra descendencia se ve beneficiada.

2) Amarnos y aceptarnos a nosotros mismos tal y como somos.

Cuando nos amamos y nos aceptamos a nosotros mismos, lo mismo podemos ofrecerles a nuestros hijos. Cuando una persona se siente amada de verdad, se siente menos tentada a buscar aceptación en lugares donde no la va a encontrar.

3) Ser felices a través de nuestras propias elecciones.

Elegir un camino personal para encontrarnos con la felicidad, es ofrecerle a nuestros hijos un pasaporte para que ellos también lo sean. No vinimos a hacerlos felices, vinimos a mostrarles que es posible serlo. Por eso llegamos antes que ellos.

Todo lo que queremos para nuestros hijos, primero tenemos que tenerlo nosotros; porque no es posible dar lo que no se tiene. Por eso tan importante que, como padres, nos realicemos individualmente, construyamos una vida útil y con sentido, y procuremos nuestra propia felicidad. Todo esto, más allá de nuestra maternidad o paternidad.

Así es como nuestros hijos aprenden que la autonomía es necesaria en todos los órdenes de nuestra vida, que tener un propósito claro es clave para sentirnos bien con nosotros mismos, y que la felicidad es una elección que no proviene de ningún otro sitio que de nuestro interior.

Deseo que empecemos una nueva era; una era en donde los padres renunciamos a la idea de que estamos solo para educar y guiar a los hijos, o para sacrificarnos por ellos. Tenemos una misión más grande: renovarnos constantemente para dejarles a ellos, un mundo mejor.— Mérida, Yucatán.

gabrielasoberanismadrid@gmail.com

Aprendizaje continuo para una conciencia en expansión. Acompañamiento de vida

 

 

 

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