Conforme pasa el tiempo, las relaciones humanas se vuelven más complicadas. La convivencia con otras personas o grupos no es de ninguna manera sencilla.

Sin embargo, para eso existe algo que se llama tolerancia y que se fundamenta en el respeto.

Es verdaderamente lamentable que esos dos valores se estén perdiendo en aras de obtener lo que se desea y por el medio que sea. No importan las consecuencias de las acciones por una sencilla razón: les importa el “yo”, “mi derecho”, así tenga que atropellar el de los demás.

¿Razonamientos? ¡Para nada! cada persona busca lo que le conviene y hay quienes le han tomado la medida a las propias autoridades, que no saben ni qué hacer, ni cómo comportarse.

Lo peor de todo es que cuando se tiene que legislar, se hace “al vapor”, precipitadamente y sin analizar, solo siguiendo instrucciones de quien consideran su “patrón”, es decir, como lacayos y no como dignos representantes de quienes los eligieron. Una falta de respeto a los ciudadanos que votaron por ellos.

En cuestión de derechos humanos andamos muy mal. Los derechos son para todas las personas, no para determinado grupo. Se ha estado abusando del concepto y eso está muy mal.

Recuerdo una anécdota de cuando empezó a prohibirse fumar en restaurantes y lugares cerrados. Una señora, profesionista ella y fumadora empedernida, sacó su cigarro y empezó a exhalar el humo. El mesero, amablemente le pidió que apagara su cigarro porque ahí no estaba permitido fumar. De muy mal modo le respondió: “soy abogada y conozco mis derechos, así que voy a fumar”.

Olvidó que su derecho a fumar terminaba donde empezaba el derecho de otras personas a respirar. Así de sencillo.

Mostró el cobre en su prepotencia. Diría mi abuela: “no niega la cruz de su parroquia”. Es decir, su pésima educación en su falta de respeto y consideración hacia los demás. Principios que se aprenden desde niños y en el hogar.

Lo hemos observado durante las manifestaciones por la inconformidad que sea. Marchas pacíficas realizadas para llamar la atención a las autoridades y gobierno en lo que consideran un justo reclamo a sus demandas.

Sin embargo, la intromisión de grupos radicales convierte en desorden un acto que es un legítimo derecho. Derecho a la manifestación para exigir medicamentos para los niños con cáncer; o el reclamo de trabajadores despedidos injustamente; o bien, estudiantes que apoyan y defienden a su universidad, por ejemplo.

No es nada agradable observar la cerrazón de las autoridades y del propio gobierno. Oídos sordos a quienes claman por un derecho y protectores de quienes propician la violencia.— Piedras Negras, Coahuila.

cholyngarza@yahoo.com

Periodista

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