Contaba un diputado, de izquierda para más señas, que por ser el menos inculto entre los congresistas que integraban la legislatura para la que resultó electo, había sido designado presidente de la comisión permanente de arte y cultura.
No obstante, por celos o por alguna causa ignorada, otro legislador, éste sí iletrado casi por completo, sentía merecer el cargo del primero, procurando para tal efecto presentarse siempre como una persona culta y hasta conocedor profundo de autores modernistas como Rubén Darío o Manuel Gutiérrez Nájera, nombres que acaso habría escuchado mencionar en alguna tertulia de café.
De tal modo que mientras las circunstancias lo permitieran, éste último diputado un tanto advenedizo trataba de mostrarse como una persona sabihonda, versada incluso en artes plásticas puesto que asistía a cuanta exposición de pintura hubiera en la ciudad, y no era extraño toparse con él en los conciertos dominicales de la Orquesta Sinfónica, frente a un presidente de la comisión permanente de arte y cultura francamente sencillo, incluso moderado hasta en su manera de vestir y de conducirse.
En cierta ocasión, al concluir una ceremonia legislativa donde se hizo entrega de una presea a un reconocido poeta de Yucatán, a la que se invitó a personas relacionadas con las letras y la cultura en general, el diputado izquierdista, como era de esperarse, atendía a los asistentes en un ambiente cordial y de sana camaradería, pero repentinamente, como surgido de la nada, tratando de expresar lo que se supo a plenitud que no era, el legislador arribista lanzó una pregunta al grupo de intelectuales y artistas reunidos, que lo dibujó de cuerpo entero al formular la siguiente interrogación: “alguien recuerda el segundo apellido de Pablo Neruda, lo tengo en la punta de la lengua, pero no me viene a la memoria”.
Hubo un silencio sepulcral que se redujo a unos instantes, antes de mirarle la sonrisa de estúpido que dibujó en su rostro el diputado de marras, con lo que se supo con certeza que el nombramiento del presidente de la comisión de arte y cultura en realidad había sido entregado a quien de verdad lo merecía, porque, dicho sea de paso, aquel modesto representante popular había destacado varios años como profesor universitario e incluso contaba con varios libros de su especialidad publicados en una editorial respetable.
No bien había concluido aquel bochornoso instante, cuando una pintora puntualizó diciendo que la idiotez cuaja sin dificultad cuando la lengua es más activa que el cerebro, frase bastante trillada por lo demás, pero que se ajustaba al vergonzoso momento vivido, momento que se coronó con la voz de un agrio poeta, entrado en años, que expresó: con todo y esto quieren endilgarnos 10 diputados más en Yucatán, a partir de 2024. ¡Ridículos!— Mérida, Yucatán.
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Exdirector de la Facultad de Ciencias Antropológicas de la Uady y exrector de la Universidad de Oriente en Valladolid
