Bienvenidos a la peor pesadilla de todas: ¡la realidad! —Clive Barker
El hombre caminó con dificultad. La punzada en el centro del pecho se había vuelto tan rutinaria que se había acostumbrado a ella; sabía que, con solo detenerse, con dejar de caminar podría ceder…, pero esa falta de aire lo atormentaba, respirar era un suplicio, tanto que a veces con solo hablar se agitaba, por eso no le había venido nada mal que en los últimos años no lo hiciera “de corridito”; es más, su hablar era tan pausado que la mayoría de sus interlocutores se desesperaban.
Recordó a un doctor cuando le dijo: “Usted no solo va a hablar más lento, también el moverse, caminar y tal vez hasta pensar se lentifique, no lo olvide, señor, usted es hipotiroideo; su tiroides se jubiló antes del resto de su cuerpo, por eso ahora es más débil y lento en todo, pero además no olvide que tiene alta su presión arterial y esto se agrava por su hipotiroidismo, y para rematar salió muy mal de sus análisis, su ácido úrico elevadísimo. Señor, usted tiene gota, por eso le duelen las rodillas, no solo por su sobrepeso, se le pone rojo el dedo gordo del pie, lo que le hace caminar mal y despacio, pero lo más grave también, el ácido úrico elevado contribuye a su presión alta, todo eso agrava su angina de pecho, la cual es ya inestable; pero además, señor, no se está quieto, no descansa… se enoja por todo, descuida su alimentación…, sí, no me vea así, ¡no se alimenta nada bien!, tampoco sigue al pie de la letra nuestras indicaciones, y por si fuera poco, según usted: todos son sus enemigos, señor…”
“Como si fuera fácil, ¿qué pensarán los doctorcitos?”, se decía para sí mismo.
Siguió su camino. No sería la primera vez, ya dos veces le había pasado. Recordó a una doctora: “Señor usted se infartó y ni cuenta se dio”.
“Eso creen los doctorcitos, que uno no se da cuenta”. En la mañana había consultado con el médico de la farmacia.
—Señor, necesita comprar sus medicamentos… disculpe, ¿no tiene dinero?
—Solo ando con 200 pesos en la cartera.
—Bueno, ¿pero, trabaja?
—No, doctorcito, no he tenido trabajo los últimos doce años. Vivo de lo que me da el pueblo sabio.
—O sea: no tiene Seguro Social. ¡Pues atiéndase en el Hospital General!
El hombre caminó con dificultad; ya no era igual, sentía que a la falta de aire se le agregaba un sudor frío; como una hazaña trepó las escaleras, nadie que lo ayudara, todos en lo suyo, formados en una fila, la entrada a urgencias: un pandemónium. De su famélica cartera sacó una credencial que amparaba el Seguro Popular y una copia de su último ingreso, dos años antes.
“Lo sentimos, señor, ya no existe el Seguro Popular”. Esperó su turno como los demás en una atestada sala. Intentó sentarse en el suelo junto a una pared. Pero la opresión como una gigantesca prensa se lo impidió, cayó de bruces en medio de los gritos de la gente.
En segundos fue subido a una camilla.
—¡Apártense! ¿Qué tenemos? —preguntó la doctora de urgencias.
—Masculino de 68 años, obeso, desempleado, tiene en sus antecedentes además de ser hipertenso, cardiopatía por angina inestable, hipotiroidismo, gota, y manejo en psiquiatría por paranoia.
—Una solución salina de mil… ¡pronto!
—Lo sentimos, doctora, solo hay un Hartman.
—Pues de una vez, un catéter central ¡prepárenlo!
—El último se puso en la mañana, en la UCI.
—Pues con lo que quieran… ¡una vena permeable!
La doctora buscaba afanosamente el latido cardíaco con su estetoscopio.
—¡Póngale el monitor!
—No tiene cables, doctora.
—¡Dios bendito!, caerá en paro, ¡traigan el desfibrilador!
—Está descompuesto, doctora. Los del Insabi no lo han repuesto.
—¡Llamen al cardiólogo, hay que hacerle un cateterismo de urgencia!
—Doctora, no hay cardiólogo, se murió de Covid.
—Pues el doctor cubano que mandaron, hay que darle RCP.
Despertar
El hombre entreabrió sus ojos justo al momento en que un musculoso mulato con uniforme quirúrgico blandía un enorme mazo a punto de asestárselo en el tórax.
—¡Nooo! —gritó desesperado.
—Tranquilo, don Andrés, tranquilo, ya pasó.
El hombre despertó, preso de un sudor fino. Ahora escuchaba perfectamente el rítmico sonsonete del monitor lento y pausado. Un enjambre de diez médicos y enfermeras lo rodeaban.
—Listo, señor presidente, ya pasó todo.
—Que si no llega la ambulancia aérea a tu rancho, ahora sí que te ibas a ir a otro lado con el mismo nombre —exclamó el más decano de los médicos.
—Es el tercer cateterismo, señor presidente, hay que cuidarse, angina inestable: lo que sigue, un bypass, sería demasiado riesgoso, recuerde además que su corazón está crecido no tanto por su bondad… sino por el problema de su tiroides. Espero no sea el último llamado.
—Tambien, señor, le hemos dicho que deje de comer tamales, pambazos y tlayudas.
—Además que disminuya… ese tren y, no hablamos del Maya.
Se escucharon algunas risas.
—Y lo más importante, señor…no todos somos sus enemigos, sobre todo los médicos. Le dejamos para que descanse.
El hombre contemplaba el elegante cuarto, con clima artificial, luz tenue, convertido en una sala de recuperación localizada en un extremo del inmenso palacio dónde vivía.
“Vaya pesadilla”, pensó.
“Qué bueno es…llamarse Andrés”, dijo en un tenue susurro, antes de acomodar la cabeza en una almohada.— Mérida, Yucatán.
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Médico y escritor
