Por Rodrigo Llanes Salazar (*)
Con frecuencia nuestra era es llamada la de la “posverdad”, es decir, una época en la que “los hechos objetivos tienen menos influencia en definir la opinión pública que los que apelan a la emoción y a las creencias personales”, según la definición del Diccionario de Oxford.
En nuestro momento pandémico coronavírico también se ha señalado la viralidad de las noticias falsas, e incluso la Organización Mundial de la Salud ha hecho un llamado a estar atentos de la “infodemia”, del “enorme caudal de información, no siempre fiable, sobre la Covid-19”.
Gracias a la inteligencia artificial, asistimos ahora a la generación de videos “deepfake” o “ultrafalsos”, creados gracias al “aprendizaje profundo” de algoritmos que alimentamos t con millones de fotos y videos que subimos todos los días a internet.
No extraña que, en este contexto, uno de los actos cívicos, democráticos y periodísticos más notables es el de la “verificación de hechos”. Cabe preguntarnos si en las campañas electorales y debates entre candidatos no estamos más pendientes de las noticias falsas, hechos alternativos y el chequeo de datos que de los argumentos ideológicos presentados.
Verdad y ficción
En este escenario político y mediático, resulta por lo demás sugerente la lectura del libro “Decir la verdad mintiendo. Del documental al falso documental”, del Maestro en Comunicación Sergio Aguilar Alcalá, publicado este año por la Universidad Iberoamericana. ¿Qué tiene que ver el estudio del falso documental con los problemas señalados al inicio de este artículo?
En primer lugar, el análisis del falso documental realizado por Aguilar implica una problematización sobre la verdad y la ficción. La verdad, explica el autor, no es igual que la realidad, sino que es una representación de la realidad. Asimismo, para que una verdad tenga sentido “debe estar inscrita en un sistema de verdades”. Aguilar también nos recuerda que:
“Las verdades gozan, en distintos grados, de verosimilitud, veracidad y verificabilidad. La verosimilitud es el modo específico en que se articula una verdad dentro de un sistema de verdad para tener apariencia de ser real. La veracidad es qué tan correspondiente es una verdad con la realidad […] La verificabilidad es la capacidad de poner a prueba la veracidad de una proposición”.
Un elemento más a tomar en cuenta sobre la verdad es lo que el filósofo francés Michel Foucault llamó “régimen de veridicción”, lo que, planteado en términos muy simples, implica cuestionarnos no tanto si un enunciado es verdadero o no, sino sobre las condiciones, reglas y mecanismos por medio de los cuales podemos definir que algo es verdadero o no. Por citar un ejemplo, en la Europa medieval, el régimen de veridicción hegemónico se sostenía en gran medida en las escrituras sagradas: si la Biblia afirmaba algo, esto debía de ser verdad. A partir de ese régimen de veridicción se buscó conocer y explicar el “Nuevo Mundo”, cómo correspondía lo encontrado en América con los textos sagrados. La “revolución científica” implicó un nuevo régimen de veridicción, basado en la observación de los hechos y en los experimentos controlados. Cada disciplina y campo social tiene sus respectivos regímenes de veridicción.
Aguilar aborda la diferencia entre la “ficción” y la “no ficción” no a partir de los contenidos de dichos tipos de obras —la idea de que la ficción aborda temas no verdaderos y la no ficción versa sobre asuntos verdaderos—, sino a partir del “tipo de contrato que los espectadores suscriben con ella: cuando una película es definida como ficción, los hechos son vistos como una simulación de un acontecimiento, y por lo tanto, el contrato se acaba con la película; mientras que cuando una película es vista como no ficción, los espectadores suelen asumir los actos como factuales, por lo que el contrato que se firma es esencialmente uno distinto, uno que continúa después de que la película termina”.
El énfasis en la recepción de la película, o en el “contrato” o “pacto” que hay con los espectadores, se ve complementado con el análisis de la “forma” documental. Es decir, existen diversos elementos formales que nos hacen identificar a una película como “documental”, pues son elementos formales que subrayan la verosimilitud de la producción audiovisual. Entre estas se encuentran las cintas identificadoras (por ejemplo, el nombre y título de un investigador científico); los intertítulos explicativos (que brindan datos a la audiencia para entender mejor lo que se está viendo); imágenes de archivo; gráficas, animaciones e imágenes digitales; entrevistas explícitas (tal vez éste, junto con las cintas identificadoras, es uno de los recursos más conocidos del documental); dramatizaciones explícitas; el uso de voz en off didáctica, entre otras estrategias formales de sonido, puesta en escena, edición y narración del filme. Estos elementos formales verosímiles nos sugieren que lo que estamos viendo es verdadero.
En este orden de ideas, de acuerdo con Aguilar, un documental no es una película que trate sobre asuntos “reales” o “verdaderos”, sino que es una obra que presenta estrategias formales específicas —como las mencionadas en el párrafo anterior— y que entabla un pacto con el espectador de que lo que se está viendo es “verdadero”.
Así, para Aguilar, “no existen películas que sean falsos documentales, sino que existen películas que son vistas como falsos documentales. Un falso documental es, entonces, un discurso visto como una mentira, no una mentira por sí misma”. Los falsos documentales suelen usar las mismas estrategias formales que los documentales, como las cintas identificadoras, los intertítulos explicativos, etcétera. Entonces, la gran diferencia entre el documental y el falso documental se encuentra en la recepción: “un falso documental es un falso documental cuando es visto como tal”. Pero este pacto no siempre resulta del todo claro: podemos comenzar a ver un falso documental sin saber que es falso, y darnos cuenta de que lo es durante la película o después de haberla visto.
En el capítulo 4 del libro, Aguilar presenta un análisis de diversos casos de falsos documentales, desde el que es probablemente el más conocido, “El proyecto de la bruja de Blair”, hasta la serie de Netflix “American Vandal”. Aunque todos los casos son falsos documentales y sabemos que no nos hablan sobre la verdad, para Aguilar, los falsos documentales dicen verdades a partir de sus mentiras: nos presentan verdades sobre el problema de la autoría, sobre mirar y ser mirado, sobre nuestra relación con las cámaras y las pantallas, sobre el racismo y la desigualdad de género, sobre el mercado del arte, entre otros.
Hechos alternativos
A partir del análisis de falsos documentales, Aguilar concluye que “lo importante es reflexionar sobre las razones por las que consideramos que una película es un documental o no, y las razones por las que consideramos útiles etiquetas como ‘documental’, ‘ficción’ o ‘falso documental’”.
Esta conclusión nos lleva a las cuestiones planteadas al inicio del artículo. En palabras del autor: “en el mundo de la ‘posverdad’, la posición que realmente desarticula el discurso de la derecha no es responder solo con datos. Los ‘hechos alternativos’ que presenta el gobierno autoritario no pueden solo responderse con otros hechos, con fotografías o videos de ‘evidencia’, pues esa evidencia es por sí misma otro hecho alternativo al relato que el poder trata de construir. Es aquí donde la teoría crítica tiene cabida: no para rebatir con hechos, sino para cuestionar la formulación de los hechos mismos. No se rebaten los enunciados, sino que se cuestiona la enunciación”.
La lectura del fascinante análisis de Aguilar sobre los falsos documentales nos lleva a cuestionarnos: ¿qué nos hace considerar una noticia como “verdadera” o “falsa”, su contenido, su forma, sus condiciones de producción, difusión y consumo?, ¿qué pactos entablamos con quienes producen y difunden dichos contenidos? Quienes tengan interés en estos temas pueden asistir a la presentación del libro “Decir la verdad mintiendo”, en la que entablaremos una conversación con el autor, Sergio Aguilar, el 3 de noviembre a las 17 horas en el Cephcis de la UNAM (sede Lol Be).— Mérida, Yucatán
Correo: rodrigo.llanes.s@gmail.com
*) Investigador del Cephcis-UNAM
