La migración internacional masiva de las elites es un fenómeno relativamente nuevo que lacera la economía de los países en América Latina.

Sea los Estados Unidos, Rusia, China, Irán, Afganistán, Cuba, Brasil o México, etcétera, todos los diversos países, grandes o pequeños, desarrollados o subdesarrollados están gobernados por una elite que suele estar compuesta por religiosos, militares, empresarios y políticos.

El rumbo histórico de los países que componen la Tierra lo han marcado las elites. Por tanto, son inherentes a cualquier tipo de comunidad humana. En las democracias la gente común, los ciudadanos esperaran que las elites por lo menos demuestren dos cosas: arraigo y sabiduría para sembrar prosperidad en su población —como hicieron las elites clásicas—.

En fechas recientes salió publicado (2022) un libro sobre las elites latinoamericanas intitulado Élites sin destino, coordinado por Pere Ortín. Un viejo tema —pero actual— tratado desde diversos ángulos a partir de la situación actual en casi todos los países de América Latina.

Según dicho libro, una tendencia reciente en Latinoamérica es el desarraigo de las elites cuyas consecuencias sociales todavía no han sido estudiadas adecuadamente.

Las élites latinoamericanas cada vez se comportan más desnacionalizadas y globalizadas. Tienen como objetivo vivir en Miami o en Madrid, pero manteniendo sus negocios basados en la explotación extensiva de la mano de obra en su país de origen. La novedad de este fenómeno consiste en el carácter masivo adquirido en las últimas décadas.

Las élites en América Latina mantienen en jaque al sistema político con su capacidad de mover su dinero y su familia a aquellas urbes del mundo desarrollado. Ahora las élites se comportan como una empresa transnacional. Dicen los autores del libro Elites sin destino.

Y agregan: “En América Latina tenemos unas élites muy conservadoras, cínicas e indolentes. Y lo pueden hacer todo porque piensan, actúan y usufructúan “el privilegio del poder”.

Usan este “privilegio” para apropiarse de todo, sobre todo de los llamados recursos humanos. Tenemos unas élites que chantajean al Estado en su favor, unas que se esconden en sus países para lucirse en Miami y Madrid, unas que no han comprendido que una mayor inclusión social, mejores salarios, respeto por las mujeres y diversidades sexuales sería su mejor negocio.

Usan su “privilegio” para defender el statuo-quo; vivir y gozar la desigualdad y su amiguismo con los gobiernos; celebrar el racismo, clasismo, machismo, homofobia y xenofobia.” P.18

Otro tema relativamente novedoso tratado en el libro citado, no abordado por la teoría clásica de las elites, se refiere a que las elites políticas de América Latina son malos capitalistas. Invocan el capitalismo y el mercado, pero adoran las políticas públicas proteccionistas.

Venden un relato idealizado de sí mismos, ya que se “llaman” el motor que empuja el desarrollo del país. Poco tienen de autocrítica, ya que básicamente se ven a sí mismos como los salvadores sociales que generan empleos, bienes y servicios.

Pero los hechos demuestran que no arriesgan en la creación negocios locales con alcance global. Tampoco invierten en investigación para patentar nuevos productos.

Las élites se mantienen vinculadas entre sí vía las relaciones familiares y amistosas para lograr el control institucional y así ganar poder. Las élites son un club. “Madrid, la nueva Miami: así se han hecho con la capital los ricos latinoamericanos” es el encabezado de una nota publicada el sábado pasado por el diario español “El País”.

Las élites latinoamericanas tienen miedo del presente nacional que es movimiento, estallido, mujeres y jóvenes. A las viejas y las nuevas élites, la emergencia de nuevos actores, estéticas y agendas sociales les mete miedo porque trae la efervescencia de la calle, la bronca, la rabia de mujeres y el descontento de los jóvenes contra el modelo y sus abusos.

“La capital española rivaliza con la ciudad del sur de Florida, tradicional destino de los millonarios latinoamericanos para expandir sus empresas y dar refugio a su capital. Madrid está de moda en Latinoamérica”.

A la capital han llegado en los últimos años acaudalados empresarios venezolanos, mexicanos, colombianos y peruanos, cuyo ritmo de éxodo siempre está marcado por la agitación política en sus países de origen. Que las grandes fortunas fijen su residencia en Madrid no es más que la consecuencia de la creciente inversión latinoamericana que ha llegado a España en los últimos años. Continúa la nota citada.

Todo lo anterior nos está indicando un descontento social vivido desde arriba, el cual empezó a cobrar fuerza a fines del siglo pasado.

Hay que destacar que este flujo migratorio, desde arriba, arrecia al mismo tiempo que arrecian las migraciones internacionales de los trabajadores.

Ahora bien, lo que resulta menos visible es la coincidencia de esos flujos migratorios y el movimiento pendular político electoral (de derecha a izquierda y viceversa) de los últimos años en el continente Latinoamericano. Sin duda hay algo más profundo causante de estos fenómenos.

Lo que tienen de común las migraciones y los vuelcos políticos electorales es el descontento social.

El descontento social recorre todo el tejido social de abajo hacia arriba y de izquierda a derecha.

Mientras las élites salen huyendo por el riesgo que perciben de empobrecerse, la población trabajadora sale en busca de un empleo seguro y remunerado, huyen de la pobreza. Huyen del mismo fantasma.

Latinoamérica sangra pues desde arriba y desde abajo. Hace falta preguntar qué hay detrás del descontento social generalizado que a su vez explica la incapacidad política de nuestras elites para procurar la prosperidad de las mayorías y atajar los flujos migratorios.— Mérida, Yucatán.

bramirez@correo.uady.mx

Doctor en Sociología, investigador de la Uady

 

 

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