Instrumento de control de los pueblos
En este tema hay que comenzar por señalar que el populismo, en sí mismo, no es un movimiento social, ni es alguna ideología específica, ni se refiere a ninguna corriente filosófica o política.
El populismo es un estilo o forma de ejercer el poder político. Por tanto, puede darse un gobierno tanto de la llamada izquierda como de la derecha. La historia de tiempos antiguos y de tiempos recientes, incluso contemporáneos, nos muestra cómo emperadores, reyes, presidentes, caudillos y caciques, han utilizado este instrumento de poder para tener el control de los pueblos.
El populismo es la forma, pero el fondo es siempre el autoritarismo, cuyo devenir muchas veces llega a la autocracia y a la dictadura.
El gobernante populista se presenta como la persona que se esfuerza por servir a la sociedad y como el salvador que resuelve todos los problemas, el que combate incansablemente a los que califica como enemigos de la nación. En este último punto el populista pone mayor énfasis: crea supuestos enemigos, convoca a luchar para someterlos; con esta actitud de confrontación busca dividir a la sociedad polarizando peligrosamente a las personas.
No hay un solo pueblo: de un lado están los explotados, los menesterosos y del otro lado, los que ni siquiera merecen ser pueblo, son la antipatria, los malos, la escoria social a los que hay que combatir y vencer.
Así, la sociedad se irá dividiendo, separando y enfrentándose unos y otros. Ya se trate de “judíos” y de “arios”, de “gusanos imperialistas” y de “revolucionarios”, de “reaccionarios” y de “progresistas”, de “liberales y de conservadores”, de “patriotas y de traidores”, de “pobres” y de “ricos”, de “aspiracionistas” y de “conformistas”, etc.; lo importante que tiene que hacerse es la prédica constante de la ruptura de la unidad social para el beneficio del grupo en el poder y que, lamentablemente, se fortalece más con el debilitamiento de los vínculos en las relaciones sociales que son los que hacen que un país tenga un sano desarrollo.
Todas las familias, grupos y países que están divididos terminan en discordias, odios y resentimientos, y no pueden alcanzar metas comunes.
El gobernante populista es la negación de la sana política que busca el bien común. ¿Cómo sería posible lograr éste en un ambiente hostil de confrontaciones, injurias, descalificaciones y prejuicios?
El buen gobernante ha de tener la visión y la preparación de un estadista, cuya función primordial es la paz social con justicia, el orden, la vigencia del estado de derecho y el respeto profundo a todos los gobernados en su dignidad de personas. Es el que fomenta la solidaridad, no el distanciamiento. El que practica la subsidiaridad bien entendida y asume la actitud de dejar pensar libremente a la gente; en lugar de ello, el populista inculca el pensamiento único y la verdad absoluta. El populista es el que practica el paternalismo en el que parece que todo lo da, pero a cambio exige obediencia ciega, adulación, alabanzas y servilismo.
El populista es el que dice y repite que la razón de su vida es el pueblo, que no se pertenece a sí mismo, sino que le pertenece al pueblo. Sin embargo, existe una gran diferencia entre servir al pueblo y servirse del pueblo como instrumento estratégico para seguir contando con una supuesta popularidad y seguir detentando el poder.
Servir al pueblo es poner a su disposición las condiciones que hacen posible que las personas crezcan en libertad y responsabilidad sin imponerles ninguna ideología.
Es diseñar una política educativa que enseñe el pensamiento analítico y crítico, el saber científico, la capacidad de realizarse como personas, sin imposiciones dogmáticas del gobierno y sin el propósito tendencioso de adoctrinamiento para manipular mentalidades.
Es asegurar a todos los habitantes del país el acceso a la salud con buenos servicios hospitalarios y la oportuna disponibilidad de medicamentos que, en muchas ocasiones, marca la diferencia entre la vida y la muerte.
Servir al pueblo es concebir y poner en práctica una política de desarrollo social que no esté basada en la dádiva condicionada y clientelar, sino en la capacidad y el esfuerzo de crecimiento personal. El mejor programa de desarrollo social, prioritariamente, debe enfocarse a cuestiones como la educación de calidad, la generación de empleos bien remunerados, que exigen la justicia y el verdadero humanismo. Claro que hay que seguir ayudando a aquellos que la enfermedad y la vejez les imposibilita para la actividad laboral.
Las llamadas democracias populares son falsas democracias, porque siempre tienden a que exista un solo partido, el oficial y reprime a los oposicionistas con cárcel, confiscación de bienes y el exilio. Los gobernantes populistas se obsesionan tanto con el poder que no quieren dejarlo y permanecen muchos años ejerciéndolo, algunas veces, hasta la muerte. Y como en las monarquías absolutas, dejan de herencia el poder a algunos de sus familiares o al más servil de sus seguidores. Ahí está la evidencia histórica de los dictadores de todos los tiempos.
Los gobernantes populistas son alérgicos a las instituciones y a las leyes, porque se sienten encima de ellas o, bien, fabrican sus propias leyes avaladas por consultas populares amañadas, organizadas desde el gobierno, con resultados previsibles.
El populista no respeta el estado de derecho; para él la división de poderes es una mera fórmula vacía, pues es él quien maneja las asambleas legislativas e instruye al poder judicial para aplicar un “derecho” al que le falta lo esencial que es la imparcialidad, la objetividad y la justicia.
En un régimen populista desaparece la prensa libre y predomina la censura. Se inventan delitos como actos contra la seguridad nacional, ofensas a las autoridades, conspiraciones y traición a la patria y otros pretextos más para acallar todo pensamiento divergente y acabar con toda oposición. Las expresiones intelectuales y artísticas no son permitidas, a menos que reflejen la ideología oficial.
El gobernante populista termina, más tarde o más temprano, en un autócrata y dictador. Sin embargo, no se debe aceptar esta grave y peligrosa situación como si fuera fatalismo de tragedia griega.
En el pueblo también hay, afortunadamente, mucha gente pensante y valerosa que, asumiendo el compromiso con la libertad y el bien común, confía en la solidaridad y la fuerza de la unidad para vertebrarse en una acción eficaz y decidida que impida cualquier intento dictatorial y así, recuperar la democracia.
Es tiempo de pensar y de actuar, tiempo de unirse y de trabajar con bravura y vigor para vivir y progresar en libertad, en paz y en concordia.— Mérida, Yucatán.
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Presidente de LUBIC (Laicos Unidos para el Bien Común). Consejero del OPD (Organismo Promotor de Instituciones para la Democracia)
