“Una vuelta más al Sol” es una expresión que decimos a menudo para referirnos al cumpleaños de una persona. La expresión alude al hecho de que la Tierra ha dado una vuelta completa alrededor del Sol desde nuestro cumpleaños anterior.

Aunque algunos usan la frase de forma simbólica, yo le encuentro un sentido especial, casi poético, y me gusta pensar que la vida sí, en realidad, es como un viaje alrededor del Sol: con estaciones marcadas por los cambios que experimentamos, con temperaturas frías y cálidas como nuestras emociones, con noches largas como cuando nos sentimos confundidos y desorientados, con tormentas que se asemejan a nuestras crisis personales, o mareas que aluden a nuestros sentimientos más sublimes.

Ahora pienso que los cumpleaños son muy importantes; simbolizan un nuevo comienzo y un renacimiento, una celebración de la vida y una expresión de gratitud. Cada año que sumamos a nuestra vida es un hito en nuestro recorrido existencial; es la oportunidad de reflexionar sobre nuestro camino personal y replantearnos cómo queremos vivir el tiempo que nos queda.

En mi andar, ya sumo algunas décadas, algunos saberes y lecciones aprendidas. Ha habido un poco de todo en mi travesía, pero si he de resaltar algo, es haber descubierto esa fascinante combinación entre voluntad y destino. He llegado a la conclusión de que escogemos todo antes de nacer y, también, que lo olvidamos todo al llegar aquí. Hay eventos inevitables en nuestro viaje, y otros que tenemos la oportunidad de matizar con nuestra libertad de elección.

Mis más recientes recuerdos me dan la sensación de haber sido bendecida desde el día que nací. No es que siempre me haya sentido así, pues como dijo García Márquez en una de sus reflexiones personales: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla”. Pero sí, la vida ha sido espléndida conmigo; me ha dado grandes desafíos y enormes bendiciones, alegrías conmovedoras y profundas tristezas. Me ha dado todo cuanto he necesitado para despertar y vivir de verdad.

Recuerdo que cuando era niña, como muchos otros niños, quería ser grande. Me imaginaba que esa era la forma de elegir libremente y hacer lo que quisiera. Como muchos sabemos, la vida no funciona así. Uno no se hace adulto y tiene resuelto todo. Uno se hace adulto y, en el mejor de los casos, comienza por desenmarañar su niñez.

Algunos pasamos por culpar a nuestros padres de nuestras heridas y desgracias, y otros pocos descubrimos que para ser felices tenemos que sanar y hacernos responsables. Entonces, viene la etapa donde nos cuestionamos muchas cosas: qué tan felices somos, qué pensamos de las relaciones, de los hijos y de la familia, si tenemos suficiente dinero, éxito y belleza, o si tenemos la salud y la auotestima que deseamos.

Y, de pronto, decidimos replanteárnoslo todo: nuestras prioridades, nuestras convicciones, las decisiones que hemos tomado, los vínculos y la profesión que hemos elegido. Todo. Quizás no todos hagan esto, pero yo creo que todos, en algún punto, tenemos que considerar mirar la vida desde un lugar distinto.

Cuando era pequeña, mi madre me enseñó a rezar; quería que aprendiera a creer en Dios. Todas las noches pedíamos para que nuestros seres queridos estuvieran a salvo. El tiempo transcurrió, y Dios también fue objeto de cuestionamiento para mi. Por fortuna, llegué a mis propias conclusiones acerca de este tema, y he constatado que en nuestro interior reside una chispa de Divinidad.

Así, me formé un concepto de Dios. Hoy, ese Dios de mi entendimiento lo concibo como una luz amorosa a la que me acerco para poder ver este mundo con más comprensión y compasión.

Pienso que más que creer en Dios, hemos de sentirlo. Ahora, cuando rezo, pido valor para elevarme por encima de las circunstancias, y confianza para saber que no hay nada qué temer. Sé que he sido provista de todo lo necesario para hacer frente a las adversidades y, por eso, he podido renunciar a muchos de mis miedos.

Ahora comprendo que nada puede, en verdad, dañarme. Cada experiencia, por dolorosa que sea, tiene un propósito trascendente; y he comprendido que, en realidad, todos estamos bien. Puede ser que nuestra visión humana no nos permita verlo así, pero al nivel del alma, no hay correcciones qué hacer.

He aprendido a ver la perfección en cada situación y cada persona, y sé que el dolor humano proviene de ignorar que todo es idónea tal y como es. Por eso, elegí creer en una Fuerza Superior que se manifiesta en todo y en todos: en las experiencias desafiantes y dolorosas, en las que nos llenan de gozo y de paz; en aquello con lo que estamos de acuerdo, y con lo que no; en las personas que amamos, y en las que creemos que no amamos; en lo banal y en lo esencial. Si, yo pienso que Dios está en todo, porque todo nos enseña y porque somos Unidad.

Ahora entiendo la vida como una escuela; con asignaturas, maestros y lecciones a la medida. Cada persona que es parte de nuestra vida tiene algo que mostrarnos. Ninguna de ellas está de más. Esos seres son el espejo donde podemos reflejarnos, una luz que ilumina nuestras sombras para que podamos verlas y ajustarlas, y podamos conocernos mejor.

Hoy sé que este cuerpo físico es el vehículo a través del cuál experimentamos la vida, pero que es el alma lo que realmente nos hace vibrar. Es maravilloso que así sea, porque el alma es inmortal; lo que significa que es eterno aquello que nos une a los que amamos. Sé que con ciertas almas he viajado muchas vidas, y por eso tengo una especial predilección por ellas.

Me siento inmensamente agradecida por su compañía, sus corazones apasionados y sus singulares personalidades. Me enseñan, me confrontan y me ayudan a ser una mejor versión de mi. Su sola presencia le da sentido a mi vida, y ha permitido que me descubra y me permita ser quien soy.

La balanza está equilibrada. Aprendí a resignificar mis recuerdos para darle una percepción más justa a mi pasado. Menos a menudo me permito albergar nostalgia o remordimiento por lo vivido. Sin embargo, confieso que, ocasionalmente, me invade el deseo de regresar al pasado con la ilusión de tomarme menos en serio algunos episodios, vivir con mayor consciencia algunos otros, o lo que sería glorioso, revivir algunos aspectos de mi maternidad, como tomar a mi hija en mis brazos, arrullarla, y sentir su suave y delicado olor a bebé. Sí, algunas veces quisiera volver el tiempo, pero como eso no es posible, me quedo con la satisfacción de tener el discernimiento que tengo hoy de la vida.

Ahora sé que todo lo sucedido fue perfecto. Nada pudo haber sido diferente. Hacer las paces con mis vivencias me ha permitido valorar la vida como jamás imaginé. Ahora sé que la felicidad verdadera proviene de conectar con nosotros mismos a un nivel más profundo, y que el éxito es vivir a la altura de quiénes realmente somos: Hijos de Dios. Creo que todo lo que necesitamos saber está en nuestro interior y que el propósito de nuestro andar es descubrir lo que nuestra alma ya sabe; esa sabiduría que todos llevamos dentro. Ahora sé que solo tenemos una encomienda: sanar para regresar a la fuente de nuestra creación.

Me deseo un feliz cumpleaños.— Mérida, Yucatán.

gabrielasoberanismadrid@gmail.com

Coach Profesional y Acompañamiento Espiritual. Podcast Gabriela Soberanis

 

 

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán