La vida es una secuencia de obstáculos por superar y metas por cumplir. Esto es cierto para cualquier persona, aunque, desde luego, cada mujer u hombre tendrá desafíos particulares que afrontar y sueños específicos por hacer realidad.

Desde la niñez —idealmente— se nos inculca la cultura del esfuerzo, a través de la cual aprendemos que, para lograr resultados y obtener lo que deseamos, hace falta trabajo y perseverancia. Esta enseñanza universal es el motor que nos impulsa a dar lo mejor de nosotros mismos, y constituye el pilar de la realización personal.

Sin embargo, la era contemporánea ha acentuado una serie de elementos que, lejos de motivar a los individuos a esforzarse para alcanzar sus metas de manera íntegra y honesta, distorsionan el concepto de éxito, lo cual es sumamente riesgoso.

La saturación de contenido basura en internet y redes sociales; la exaltación a supuestos líderes que no aportan sino cosas negativas; y la llamada “ley del mínimo esfuerzo”, son algunos de los fenómenos presentes en el siglo XXI.

El peligro consiste en que las nuevas generaciones —que son las más vulnerables a este respecto— se convenzan de que, para ser considerados como exitosos, lo único importante es el dinero, el poder y la fama que consigan acumular.

Por supuesto, de extenderse dicho modo de pensamiento, la decadencia social sería inevitable. Ahí donde nada es relevante más que ostentar una condición de superioridad sobre otros, ya sea por tener mayores recursos, influencia o reconocimiento, no queda demasiado espacio para valores humanos ni principios morales.

Peor aún, cabría la terrible posibilidad de regresar al comportamiento salvaje y primitivo según el cual el fuerte pasa por encima del débil anulándolo, con tal de convertirse en el sujeto dominante y aprovechar todas las ventajas.

Como dijera el gran pensador francés Voltaire: “quien piensa que el dinero lo puede todo, termina haciéndolo todo por dinero”. Lo mismo aplica para el poder y la fama.

Aquí cabe precisar que, de ninguna manera es ilegítimo aspirar a una mejor situación económica, ni pretender ocupar posiciones de poder e influencia. Por el contrario, los seres humanos estamos llamados a superarnos día con día de la mano de los talentos y cualidades propios.

La perversión se da cuando la ambición se torna desmedida y exige a la persona actuar sin escrúpulos ni cargo de conciencia, abusando de las circunstancias y perjudicando a terceros, con tal de satisfacer expectativas trazadas.

Por otro lado, más allá de la riqueza, el poder y el reconocimiento, existen aspectos clave para llenar los vacíos existenciales y sentirnos cada vez más plenos.

A fin de cuentas, ¿qué es el éxito sino el bienestar producto de la armonía que nos hace sentir felices?

Considero que, como sociedad, hace falta revalorizar el concepto de éxito. Una y otra vez, será necesario recordar que lo esencial, por ser invaluable, es lo único que puede satisfacernos.

La familia, las relaciones interpersonales, el compromiso social y el pensamiento ético: sin estos pilares el éxito es una ilusión efímera.

Por ello es un error asumir que cuando acumulemos un monto determinado de dinero, accedamos a una posición específica u obtengamos cierto número de seguidores en Instagram, entonces seremos felices.

El éxito y la felicidad —que, bien entendidos, van de la mano— pasan por aprender a disfrutar del recorrido por el que nos conduce la vida, con sus altas y bajas, con sus retos y adversidades.

La trascendencia consiste en trabajar permanentemente para generar un impacto positivo en el entorno. Es exitoso en verdad quien consigue que cada persona que se cruce por su camino se lleve algo que le ayude a superarse y ser feliz.

Cada persona tiene la vocación de ser exitosa; no obstante, la plenitud depende mucho más del interior, que de las circunstancias del exterior. Creer en nosotros mismos siempre será el primer paso.— Mérida, Yucatán.

fournier1993@hotmail.com

Licenciado en Derecho, maestro en Administración

 

 

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