En El hombre que mató a Liberty Valance (John Ford, 1962) el político Ransom Stoddard —un James Stewart abrumado por el peso de la culpa— confiesa al director de un periódico actos que, de revelarse, darían un golpe mortal a su heroico prestigio y a su ascendente carrera política.
El periodista, tras escuchar los hechos que constituyen el grueso de la trama, destruye sus apuntes y concluye la entrevista con la frase: “Esto es el Oeste, señor. Cuando la leyenda se convierte en hecho, se imprime la leyenda”.
La utopía del poder que descree de los contrapesos se ubica en un sitio parecido a ese Oeste que sepultaba con una épica formidable el despojo y los crímenes que se cometieron en aras de un bien mayor. Y sueñan (con un sueño de alto presupuesto que se paga con nuestros impuestos) que los medios continúen imprimiendo solamente la leyenda. Su leyenda.
El político que es adicto a los aplausos termina siéndolo del dinero que los genera. Y que es, por lo regular, nuestro.
Los poderes de hoy le apuestan ingentes recursos públicos al control del relato. Hoy se apuesta a tener cargos públicos, usar dinero público, decidir el destino de los asuntos públicos… pero no tener sobre sus actos el ojo público.
Una prensa libre e independiente descoloca el andamiaje de esa costosa épica. El poder que suele obsesionarse con su propio reflejo concibe a la prensa como una lisonja sincronizada. En consecuencia, le apostarán a una prensa dócil, celebratoria, hagiográfica y les incomodará aquella que escruta, documenta, mide, recuerda, vigila, denuncia, cuestiona y critica.
Una sociedad respira a través de los poros de un periodismo que transpira. Que camina, observa, escucha, olfatea, pregunta, escudriña, hace sumas y restas, contrasta, escarba en los archivos y tira de las cortinas para que la claridad intente llegar a los rincones donde la opacidad hace sus nidos en silencio.
Todo dinero público requiere del escrutinio de los contribuyentes. Y lo reconozca o no, el poder también necesita de la vigilancia y la observación ciudadana. El periodismo le recordará cada tanto los términos del contrato social vigente: el óptimo manejo del dinero de todos depende de la vigilancia de todos.
Una comunidad sin prensa independiente es una aldea indefensa en las afueras de feudos amurallados.
Y a la hora de silenciar cuestionamientos, solicitudes de información y voces críticas es tan malo el garrote como el chayote. Ambos dinamitan el puente entre el ciudadano y su derecho a estar informado en un contexto de máxima pluralidad.
El periodismo es la voz de muchas voces. Su fuerza radica en la forma como percibe y procesa la complejidad y diversidad del colectivo del que quiere ser su reflejo, su micrófono, su altavoz, su tribuna, su crónica. La diversidad de posturas y la saludable confrontación de ideas no es opcional. Y las posturas críticas son igualmente obligatorias.
La caricatura política revienta la burbuja de la autocomplacencia narcisista de políticos, funcionarios y gobernantes. Grita que el rey va desnudo, rompe el cristal de la bruja de Blanca Nieves y le muestra a Dorian Gray el retrato de su verdadero rostro. Rasga la burbuja de lo sagrado. Humaniza a plumazos. Le añade salud a la relación entre gobernantes y gobernados y normaliza pedir cuentas a empleados, no milagros a iluminados.
El cartonista político es una variante del Memento mori. El recordatorio en la cara de los gobernantes de la finitud de su poder, de su falibilidad, de su corruptibilidad, de su debilidad. De que algún día se sabrá la verdad.
Pero no se hace caricatura política para los gobernantes. Los cartones nacen para llegar al ojo y la mente del lector.
Porque un gobernante puede sonreír mucho y al mismo tiempo repeler la carcajada crítica que permite que el ciudadano revele sus verdaderas dimensiones.
La risa colectiva es quizá una señal, un cotidiano y sutil recordatorio de que estamos despiertos como ciudadanos.
Por eso mi pluma se siente muy orgullosa de estar junto a un joven periodista de 98 años que se levanta de su asiento, guarda sus apuntes y le dice a Ransom Stoddard: “Esto, señor, no es el Oeste. Cuando los hechos desnudan la leyenda, en Diario de Yucatán seguiremos imprimiendo los hechos”.— Mérida, Yucatán.
Cartonista
