Cholyn Garza (*)
Parecería increíble todo lo que nuestro corazón atesora con el tiempo; no digamos nuestra mente donde se guardan sucesos vividos. Les comparto.
Aprovechando el periodo vacacional y dejando atrás las actividades cotidianas, me dispuse a reorganizar algunas cosas en casa, mismas que por alguna razón fui dejando para después.
Empezaré por decirles que me encontré una caja con fotos familiares, algunas colocadas en sobres, otras, en álbumes. Todo ese material ya lo conocía porque perteneció a mis padres y al morir ellos, lo conservé.
Entre esas pertenencias me encontré un bello álbum que contenía fotografías de un solo evento: mi primera comunión. Ahí estaba yo, con mis maravillosos padres, con mi madrina y tía a la vez; mis adorables y consentidoras abuelas, mis amiguitos, la iglesia, el desayuno con un delicioso pastel que preparó mi tía, hermana de papi; en fin, una serie de lindos recuerdos capturados por una cámara fotográfica.
Obviamente me emocioné porque fluyeron los recuerdos de mi niñez verdaderamente dichosa con momentos muy agradables. Enfoqué la mirada y el pensamiento en el día de mi primera comunión.
Mi vestido, mami lo mantuvo guardado y con exquisita delicadeza lo conservó largos años sin decir nada. Hasta que se llegó el momento; cuando estaba cerca el día en que haría su primera comunión la mayor de mis hijas, su abue se lo mostró, se lo probó y a mi niña le gustó desde el primer momento.
Expresó su deseo de usarlo en su evento y no aceptó nuestro ofrecimiento de comprarle otro vestido para que ella lo estrenara.
Excuso decir cómo estaba yo; imaginé que al lavarlo se iba a desbaratar. ¡Tantos años guardado! No había certeza de lo que iba a ocurrirle al trajecito. Lo que más me angustiaba en ese momento era cómo iba a reaccionar mi niña si algo sucedía y no podía usarlo.
Gracias a Dios el vestido sobrevivió, como si contribuyera a complacer a mi pequeña en su deseo de portar el vestido que su mami usó en fecha importante. Obviamente el trajecito solo fue utilizado en ese día especial donde las niñas reciben por primera vez y con emoción a Jesús, en el Sacramento de la Comunión.
Y por años, después de ser cuidadosamente lavado, se guardó. Dos años después de haber hecho su reaparición, el vestido volvió a la escena; la “peque” de la familia, mi bebé, dijo que ella también quería vestir el traje de primera comunión de su mamá. Y se le concedió porque a pesar del tiempo transcurrido, el vestido seguía sobreviviendo.
Sonrío al recordar la historia del vestido, mi vestido de primera comunión, los años transcurridos después de su estreno y su resistencia a desaparecer. Tres fotografías de tres niñas que, cada una en su momento, lucieron el mismo atuendo.
Sencillamente me encantó. Aunque he de decir que hay otra historia similar para ser compartida.
Al nacer nuestra primera bebé y al decidir la fecha del bautizo, fuimos a tiendas con el propósito de buscar el ropón que usaría en tan importante fecha. Por una causa u otra no nos decidíamos y el tiempo transcurría.
En uno de esos días de indecisión, hojeando una revista de tejido apareció un ropón que al menos a mí me agradó. Era lo que andaba buscando; porque los que había visto los consideraba muy grandes para mi niña. Sin pensarlo dos veces compré la revista y tomé la decisión de hacerlo yo.
Me llevé a casa el material que necesitaba y empecé a trabajar, muy emocionada, en el ropón de mi bebé. No recuerdo cuánto tiempo empleé en hacerlo, pero tuve el tiempo suficiente para tejer, además, una capa con gorro, consciente del clima del DF hoy CdMX.
Cuando la madrina me llamó para ir a comprar el ropón, ya todo estaba listo y así se lo hice saber. Ante su insistencia, por cortesía y agradecimiento fuimos al Palacio de Hierro (ya habíamos ido nosotros) y a una tienda de españoles donde se compró el “moisés” pero no había un ropón apropiado para mi bebé. Mi comadre tuvo que aceptar que mi decisión había sido la correcta y hasta vio hermoso (así lo expresó) el ropón que yo le tejí a mi hija.
Tal y como hizo un día mi mamá con mi vestido, yo, guardé el ropón para otra ocasión, lo que no sucedió pronto.
El tiempo transcurre sin sentir y cuando menos lo imaginamos, se llega el momento en que los hijos emprenden el vuelo con sus propias alas, para formar su propio nido. Es la ley de la vida.
Empezaron a llegar los nietos. Y un día, mi niña mayor me preguntó por su ropón; se lo entregué; afortunadamente estaba en perfecto estado. Me comentó que quería que lo usara su bebé el día de su bautizo. Años después llegó otra bebé y se repitió la historia del ropón; el mismo que años atrás tejí para mi niña, al tomar la decisión de hacerlo yo misma por no encontrar uno que realmente me gustara.
Bien decían las abuelas que lo bueno, perdura. Es muy cierto. Y lo que se hace y se da con verdadero amor, no desaparece tan fácilmente.
Es increíble como de unas fotografías pueden surgir historiasque se construyeron en un momento determinado .
Afloran los recuerdos, más no se vive de ellos porque no nos podemos ni debemos quedar estancados en el ayer. Hay que seguir adelante porque la vida es corta y hay que vivirla y disfrutarla para seguir construyendo hasta que Dios lo permita.— Piedras Negras, Coahuila.
Periodista
