Rodrigo Llanes Salazar (*)
Imagine vivir todo el día con el mal olor de las excretas de los cerdos. Con el ruido de enormes camiones transportando miles de marranos y su alimento. Camiones que pasan por la puerta de su casa, no sólo haciendo ruido, sino también levantando polvo, haciendo baches, esparciendo las suciedades de los puercos.
Esa es la realidad cotidiana que vive Santa María Chí, subcomisaría del municipio de Mérida, pero también de cada vez más pueblos en los que se han instalado mega granjas porcícolas, como Chapab y Sitilpech.
“Los cerdos pasan día y noche y no dejan dormir”, me comenta un vecino de Santa María Chi. “Toda la noche están gritando los cerdos. Cuando amanece está todo el estiércol en la calle. Los niños que van caminando a la escuela pisan y huelen el estiércol”.
Otro vecino comenta: “siempre están pasando los camiones, dejan re feos los caminos, llenos de huecos, incluso en la nueva carretera”.
La contaminación por olor y por ruido son algunas de las manifestaciones más notables de la presencia de la granja porcícola San Gerardo en Santa María Chí, pero no son las únicas.
El pasado mes de mayo, en la Facultad de Química de la Universidad Autónoma de Yucatán se realizó un análisis de una muestra de agua de pozo de esta comunidad para determinar la presencia de coliformes fecales. El resultado fue que la muestra “se encuentra fuera de los parámetros del límite máximo permisible para el agua de uso y consumo humano” de la NOM-127-SSA1-2021. El resultado superaba ocho veces el límite de la norma oficial (“>8.0 NMP/100mL”).
“Es un caso muy alarmante, que se ha salido de control”, me comenta una ingeniería bioquímica con respecto a los resultados de la muestra. “Las coliformes fecales se desarrollan en el sistema digestivo de mamíferos”, explica. “De humanos, ganado (bovino, porcino, pollos…”. Aunque las coliformes fecales también provienen de la población humana, la ingeniera bioquímica aclara que el nivel de contaminación no se puede explicar por una población de menos de 500 habitantes. En cambio, el resultado tiene sentido en una localidad en la que está asentada una granja de más de 43 mil cerdos.
Aunque, ciertamente, una sola muestra no es representativa de la totalidad de la situación, diversos estudios sobre la zona metropolitana de Mérida han documentado la presencia de coliformes fecales, plaguicidas organoclorados, metales pesados, entre otros contaminantes, por encima de las normas oficiales (ver, por ejemplo, Pacheco, Cabrera y Marín 2000, sobre coliformes fecales; Polanco et al. 2021 sobre plaguicidas organoclorados).
Particularmente, como reportan Polanco et al. (2021), plaguicidas como el heptacloro, endosulfán y lindano fueron los más detectados en la zona metropolitana de Mérida, incluyendo localidades cercanas a Santa María como Cholul y Xkuyún. Estos plaguicidas son clasificados por la Agencia Internacional de Investigación sobre el Cáncer como cancerígenos y probablemente cancerígenos para los seres humanos. Al respecto, un vecino de Santa María expresó su preocupación por casos de cáncer de estómago y de hígado en el pueblo.
Para los vecinos de Santa María Chí, el mal olor inició con la granja, cuando los trabajadores comenzaron a desechar las aguas negras en el monte. Años atrás, como en el resto de Yucatán, la población tomaba el agua de los pozos. “Al mediodía el agua de pozo estaba fresca”, me comenta un vecino de mayor edad. Ahora, el agua de los pozos tiene mal olor y mal color. “Está amarilla, apesta”, menciona un vecino. “Las plantas se están muriendo, no dan fruto”, comenta una vecina, apuntando hacia varios árboles sin hojas. “Los limones ya no crecen”, agrega otro. “Las abejas se están acabando. Antes los apicultores sacaban dos o tres tambores de miel, ahora sólo dos o tres cubetas. Un día vas a ver que va a caer una persona muerta por la contaminación”.
“Esa agua ya no se puede utilizar para nada”, comenta un vecino con respecto al agua de pozo. Por otra parte, el agua potable se siente cada vez más clorada. Los vecinos atribuyen la creciente cloración al hecho de que el agua está cada vez más contaminada. “Si tomas esa agua te enfermas”, advierte una vecina. “Ahora pura agua purificada (comercial) tenemos que tomar”.
La situación de la contaminación se ha agravado con los incendios. Primero, relata una vecina, quemaban a los cerdos muertos, “era un olor a carne quemada, a hueso quemado”. Después, comenzaron a quemar estiércol. Ese era un olor nuevo para la población, muy diferente al olor del humo cuando se quema el monte, o cuando se incineran a los cerdos.
“Huele a químicos”, señala un vecino. “El estiércol tiene mucho químico, por tantos químicos y antibióticos que les dan a los cerdos, en tres meses ya crecieron [los cerdos] y les dan salida. Los cerdos están contaminados con pura química”. “Siempre están quemando de noche. Salimos de nuestras casas y se siente el apeste”.
El incendio del pasado 3 de abril generó numerosos problemas de salud a la población. Lo primero que sintieron fue picor en la garganta. También dolores de cabeza que duraban todo el día. Entre 30 y 40 personas se enfermaron, incluyendo bebés, niños pequeños y adultos mayores. Con preocupación, me comentan el caso de un bebé que “puro toser hacía en las noches” y de otro que tuvieron que nebulizar.
A pesar de que el gobernador de Yucatán, Mauricio Vila, y el alcalde de Mérida, Renán Barrera, han declarado que la salud es una prioridad de sus gobiernos, en Santa María Chi no hay ningún centro de salud. El más cercano es el del poblado vecino, Sitpach, que cierra alrededor del mediodía. “Sólo puedes ir en la mañana, y no tienen medicamentos”, explica un vecino. Para atender su salud, los vecinos de Santa María Chí asisten a los consultorios de las farmacias de Mérida.
Ciertamente, después del incendio de abril, el Ayuntamiento de Mérida envió a un médico a Santa María Chí, el cual, de acuerdo con algunos vecinos, solo pudo atender alrededor de diez personas. Realizó varios diagnósticos de rinitis y faringitis, pero no entregó medicamentos. Sólo asistió una vez.
Los vecinos adultos observan que los bebés y niños ahora se enferman más. “Todos los niños de ahora tienen alergias”, señala una vecina. Recuerdan que ellos, cuando eran niños, casi nunca se enfermaban. Cuando llovía, salían a jugar en el agua. Ahora, si los niños hacen eso, se enferman, además de que, con las lluvias, aumenta la pestilencia de los cerdos, el pueblo se llena de mosquitos y moscas. Con enormes camiones cargando cerdos y alimento para el ganado, resulta muy peligroso que los niños jueguen en la calle (el parque de la subcomisaría se encuentra abandonado, a pesar de los llamados del subcomisario de que el Ayuntamiento realice deshierbe). Así que ahora los niños pasan el tiempo frente a la televisión y el teléfono.
Por la pestilencia y la constante frecuencia con la que pasan los camiones que van y salen de la granja, los vecinos de Santa María Chí se sienten privados de su libertad. Ya no pueden salir a tomar el fresco. “Queremos tener agua limpia, aire limpio”, expresa una vecina. Un vecino mayor expresa con gran preocupación: “a nosotros ya nos contaminaron, pero no queremos que contaminen a nuestros hijos y nuestros nietos”. Todas estas pueden considerarse afectaciones a la salud mental de la población.
A pesar de diversas solicitudes de la subcomisaría al Ayuntamiento de Mérida y al Gobierno de Yucatán, las autoridades no han atendido el problema de la contaminación del agua, suelo y aire; tampoco han explicado el origen y los efectos de los incendios. Aunque la granja tiene un sello de “CLAUSURADO” (sin folio), sigue operando. Las autoridades deben garantizar la salud y seguridad de la población, exigir rendición de cuentas a la empresa, reparación de daños y garantizar que incendios como los de los últimos meses no vuelvan a repetirse.
Además del olor y los enormes camiones, hay otro elemento que inmediatamente salta a la vista en Santa María Chí: la oposición a la granja y la defensa del agua y de la vida. Desde el pasado 15 de mayo, un grupo de vecinos instaló un campamento a la entrada de la sub comisaría. Se trata se una protesta pacífica, que no obstruye el paso de personas ni de vehículos (por el contrario, desde el campamento se puede apreciar el constante desfile de camiones). Gracias a esta protesta se ha logrado que los camiones de cerdos no entren en la madrugada.
Santa María Chí quiere agua limpia, aire limpio, seguridad y tranquilidad para sus familias. Como parte de este llamado, las y los vecinos, junto con el Consejo Ciudadano por el Agua de Yucatán y la organización Agua para Todxs, están organizando la “Kermés en defensa del agua y de la vida Santa María Chí”, que se celebrará el próximo 20 de agosto, en la que esperan que personas de Mérida y el resto de la región puedan conocer la situación que vive la comunidad y solidarizarse con ella. Aunque es un problema que vive directamente Santa María Chí, finalmente afecta a toda la región.— Mérida, Yucatán.
rodrigo.llanes.s@gmail.com
Investigador del Cephcis-UNAM
